POR QUÉ TENEMOS EN EL PERÚ CADA VEZ PEORES CONGRESOS
18.03.08 @ 23:02:47. Archivado en Angulo Agudo
Escribe Manuel Cadenas Mujica
No seamos hipócritas: política e hipocresía son parientes en primer grado. Por eso mismo, cuando a ese vínculo que proviene de la naturaleza misma del poder se suma la incestuosa voluntad del vínculo marital, íntimo, no puede esperarse sino monstruosidades. Obsérvese, sino, cómo gran parte de sus “analistas” en los medios de comunicación ensayan alambicados argumentos, sinuosos razonamientos con los que tocar apenas la superficie del asunto político, nunca demasiado a fondo, jamás el corazón de esa materia. Y de eso no escapa la infausta realidad de los parlamentos peruanos.
Ayer leía con atención y pasmo uno de estos “análisis” en el decano de la prensa peruana, “El Comercio”, que con lenguaje equilibrado pero enérgico aparentaba tocar la médula del porqué se suceden conformaciones parlamentarias en el Perú cada cual peor que la otra. Al Congreso lacayo de Fujimori le sucedió el Legislativo frívolo de Toledo y, a éste, le ha tomado la posta el Parlamento patético de Alan García. Los tres, con las respetables excepciones de siempre, plagados de sujetos que son el colmo de la ignorancia, la ineptitud, la corrupción y la desfachatez.
Seres voraces y reptilíneos en lugar de rectilíneos, ubicados en su curul con el único y exclusivo propósito de servir de intermediarios para todos los apetitos políticos y económicos, lobistas al servicio del mejor postor capaces de engendrar, defender y llevar a buen puerto cualquier ley a favor o en contra de lo que sea, principalmente de aquello que ha de generar jugosos dividendos para algún sector o personaje.
Todos, eso sí, sagazmente asesorados y secundados por quienes conocen cada una de las artimañas del reglamento parlamentario, como en el caso de aquella ley orgánica del Poder Ejecutivo a la que astutamente se añadió el artículo “una” en su versión publicada en el diario oficial El Peruano, que no existía en el original aprobado por el Pleno, para abultar la planilla de asesores de los ministerios.
¿Qué sesuda opinión, lapidaria, honesta, profunda, acuñó este “analista” para una verdad que conocen y condenan los treinta millones de peruanos que sufren tal calamidad política? ¿Cuál fue la explicación y, por tanto, el remedio para acabar con ella?: Ninguna que no se haya machacado durante los últimos treinta años hasta la saciedad, promulgándose leyes de partidos y demás mamarrachos para tratar de frenar el vulgar mercado de leyes en el que se ha convertido el Congreso peruano, sin resultado alguno.
Según este “análisis”, es un asunto de “selección” al interior de los partidos, ya que si éstos presentasen mejores listas de candidatos, los electores no tendrían que verse obligados a elegir entre los malos y los peores, porque es responsabilidad de las instituciones partidarias estimular la confianza pública en el sistema democrático y blablablá. Pero, ¿es que acaso no existen peruanos capaces y probos interesados en participar en la tarea parlamentaria en las listas de los partidos? Claro que los hay, llegan a integrar esas listas parlamentarias y en la mayoría de los casos salen elegidos, pero son tan pocos, estadísticamente hablando, que su trabajo brilla pero no alumbra. En realidad, la mayor parte de la inteligencia nacional prefiere mantenerse al margen de esa cueva de ladrones.
Hoy no parece muy decoroso para quien desarrolla una intachable trayectoria y ostenta gran solvencia profesional contarse en este hato insufrible para los peruanos. La pregunta tendría que girar más bien a indagar qué puede llevar entonces a alguien a tal “sacrificio” sino la plena certeza de que bien vale la pena exhibir ignorancia, ineptitud, corrupción y desfachatez cuando se posee inmunidad para convertir en mercancía los destinos de la Patria e impunidad para enriquecerse a costa de la desgracia colectiva.
En otras palabras, el sistema está hecho a la medida de la corrupción. En una democracia sana, el Parlamento no tiene función más importante que la representativa, es decir, ser los ojos y oídos del electorado fiscalizando la labor de Ejecutivo. La función legislativa no tiene mucha razón de ser cuando las leyes (las reglas de la sociedad) son pocas, universales y justas; a lo sumo las actualizaciones que nuevos contextos hagan necesarias. Y eso solamente ocurre cuando el Estado es mínimo y el gobierno está concentrado en las labores que le son propias: administración de justicia, seguridad y desarrollo de infraestructura; no cuando malgasta su tiempo y el dinero ajeno (el nuestro, el de nuestros impuestos) en ser juez y parte, creyéndose empresario, educador, médico y hasta banquero, labores que pertenecen estrictamente al ámbito privado.
Como se entromete en todo, como es omnímodo y omnipresente, viciando la dinámica social y económica, tal cual los fariseos diezmaban la menta y el comino también el Estado quiere decidir cada minúscula actividad legislándola en su afán de que nada se escape a sus decisiones y a su criterio. Y en ese entrampamiento normativo es que el Legislativo se convierte en la pera en dulce de la política para aquellos sectores sociales o empresariales que necesitan una ley que los favorezca (léase privilegios). Por eso y no por otra cosa –ni siquiera por el sueldo que se despachan– es que ser congresista es el apetito mayor de todo inescrupuloso.
Si la labor parlamentaria volviera a la normalidad, si el sistema político no le impusiera la tarea de empachar la vida nacional con leyes y códigos, si la eficacia del Congreso no se midiera como se hace absurdamente por cuántos proyectos de ley se presentaron y aprobaron –estúpida carrera hacia la mayor cantidad de leyes en el menor tiempo posible–, si quien se hace congresista no supiera que tiene la posibilidad de ser el intermediario para que un sector empresarial o social le encomiende “su leyecita”, si con el respiro que produciría en el estrés parlamentario esta desintoxicación legislativa se redujera el tiempo dedicado y los Padres de la Patria pudieran ocuparse también de sus labores profesionales trabajando ad honorem para el servicio público, ¿querrían los ineptos, los ignorantes, los corruptos, hacerse congresistas? Yo no lo creo.
Y creo más bien que, entonces, esa labor sería un honor para los mejores ejemplares cívicos del país. Dejémonos de hipocresías.
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