LA SEÑORITA BETTY
09.01.08 @ 04:15:09. Archivado en Narrativa
(CUENTO)
MANUEL CADENAS MUJICA
Tú la veías y caías en la cuenta de que nada en su vida era cierto. Te lo digo en serio. No; no es una fijación haber notado desde el primer día que esa sorpresa suprema frente a la supuesta extraordinaria nueva copa llegada al club, oh, maravilla no la tengo en mi colección, era más falsa que el home teather que sus amigos, todos bien colocados en altísimos cargos de importantes empresas transnacionales (el énfasis es suyo), le obsequiaron por la sola buena ventura de contarse entre su selecta compañía finisemanal. Yo no exagero, te lo pueden confesar ahora, con más libertad, todos los que trabajaban con ella. Y es que Betty, hay que decirlo, tenía la más inquietante vida nocturna, los viernes y sábados, que cualquiera pueda imaginar o preparar, aunque también es necesario aclarar, como ella insistía en hacerlo, que todo muy bien siempre y cuando se desenvuelva dentro de los cánones de la decencia y las buenas costumbres, porque estaban ante una verdadera se-ño-ri-ta, escúchenlo bien, se-ño-ri-ta.
La señorita Betty era, pues, un dechado de virtudes. Y tú te preguntarás entonces porque ese tonito de sarcasmo, por qué esa malevolencia que se filtra en cada palabra al hablar de ella, pero no desesperes que de todos modos sabrás lo que pasó. Por el momento, debe bastarte con las virtudes cuasi teologales de la señorita Carpio, como insistía que la llamase Alfonso, corrigiendo la dejadez de un igualado, imagínate, llamarla a ella por su nombre de pila como si hubiesen jugado juntos en Chacarilla. ¿En Chacarilla? Sí, ahí mismito, donde era una dulzura de niña, la vieras tú. No, yo tampoco la conocía entonces, pero así nos contaba en los momentos en que nos permitía la licencia de escuchar sus intimidades, gesto por el cual nos debíamos sentir más que privilegiados.
Entre los principales atributos de la señorita Carpio (no vaya a molestarse si la tuteo) se contaba como uno de los más admirables la sacrificada atención que dispensaba a sus padres, aquejados por los dolores y males más extraños e inimaginables, enfermedades de las que nunca habíamos escuchado hablar y que nos escarapelaban el cuerpo de sólo oírlas mencionar. Betty, Dios te va a retribuir todo lo que haces por tus padres, solía decirle la señora Silvana, administradora del club, convencida como estábamos nosotras de que la señorita Betty podría ser una santa o algo así, si no fuera porque tenía novio. ¿En verdad tenía novio? Sí, y hasta daba fecha para la boda, pero una súbita recaída de su señor padre, cuya irreprimible costumbre de –con el perdón de la palabra– cagarse en cualquier rincón de la casa había tomado visos dramáticos el día en que dos transeúntes recibieron literalmente del cielo cada cual un pastoso mojón de mierda en la cabeza excretado desde el balcón del tercer piso de su departamento de San Borja (porque los gastos médicos obligaron a ciertas restricciones como mudarse a ese barrio de medio pelo nomás), que pronto discurrió por el traje de cada cual. ¿Y qué hizo, señorita Betty, qué hizo? ¿Cómo que qué hice? Inmediatamente envié a mis empleadas y a mi nana a que los ayudara con el aseo y luego fuimos al Jockey Plaza a comprarles un traje completo para cada uno, el que ellos quisieran.
Dos veces aplazó su boda la señorita Carpio, así que no hubo oportunidad de conocer a tan distinguidas familias como la suya y la del novio. Porque, eso sí, no vayas a pensar que Humberto era cualquier cosa. Él era harina de otro costal, no faltaba más, a la altura de lo que ella merecía. No, no; pretendientes no le faltaban, pero había sabido esperar a quien colmase todas sus expectativas y exigencias, pese a no ser lo que se llama una Cindy Crawford ni una Alicia Machado cuanto menos, era muy consciente de eso. Y sí, una se preguntaba entonces qué clase de artilugios guardaba bajo siete llaves como para haber encandilado a un tipo que según su descripción era lo más parecido que había a George Clooney, con esa sonrisita capaz de derretir el Huascarán más rápido que el calentamiento global, pero con un ligero aire a Brad Pitt, engendro masculino inimaginable que seguramente sería fabuloso a tenor de los ojos en blanco que ponía nada más de nombrarlo. Realmente debía traérselas la señorita Betty para atrapar un espécimen así y conservar, a la vez, su castidad impoluta. Porque además de todo era virgen. Y me vas a disculpar, fea y virgen (y ya casi me entran ganas de tutearla).
De eso no te había hablado. Beatriz Carpio Sosa sería todo lo distinguida y refinada que quisiese, pero nadie le enderezaba esas piernas torcidas que tanto la molestaban al caminar con tacones altos aunque le echase la culpa al dueño de la zapatería, porque ya ni a la medida hacen bien los zapatos, aunque no importa si una tiene al menos cien pares en su colección y cualquier día me regala alguno; como tampoco era factible impedir que el toque de sus manos dejase una sensación francamente cadavérica; y mucho menos aliviar con las mejores lociones y cremas de origen fraaaan-ceeeés –que sólo ella podía conseguir a través de la sobrina de la vecina de una amiga de su cuñada a precios de remate: apenas doscientos dólares por frasco– aquella languidez lazarética de sus mejillas y sus párpados. Así empecé a sospechar, tú sabes cómo soy, y nada más esperaba una oportunidad para abrir esa cajita de sorpresas que, estaba cada vez más segura, era la señorita Carpio.
Como la ocasión hace al ladrón, sólo tuve que seguirle la pista más detenidamente, por algún lado tenía que rompérsele el dique, reventar los broches y mostrarla en su real dimensión, la carnaza de su humanidad común y corriente. Desde entonces, sólo tenía que mirarla para caer en la cuenta de que nada en su vida era cierto. Ella, virgen y casta de pies a cabeza, inmaculada en sus costumbres; a quien se le subía el rubor a las mejillas hasta correr al baño de la vergüenza ajena si algún ordinario de esos que siempre hay en las oficinas se atrevía a realizar comentarios impropios como aquello de que ¿en verdad está cero kilómetros señorita Betty?, o, todavía peor, la virginidad es contagiosa, ¡yo la vacuno!; la doncella incorrupta que no toleraba en su presencia chistes de doble sentido o la más ligera alusión a las zonas pudendas como si se tratase de salchichas colgadas en el mercado; nada menos que ella me dio el primer indicio de pertenecer como nosotras al mundanal ruido cuando, en un arranque de ira, escupió en el rostro del consternado pero siempre torpe Alfonso un ¡me llegan al clítoris tus excusas! cuando el pobre malentendió una de sus órdenes.
Lo que no sospechaba, te lo digo en serio, es a qué profundos abismos de la humanidad se había asomado la señorita Carpio. Porque una cosa, querida, es estar hechas del mismo barro y otra embarrarse hasta el cuello. Ya sé que estás desesperada porque vaya al grano, pero la cosa no se entiende si no te lo cuento por cucharadas. En principio, era imposible que solamente yo me hubiese dado cuenta que la señorita Betty era un invento de Beatriz Carpio Sosa. Cautelosamente, qué cosa crees, me preparé para deslizar entre las conversaciones del almuerzo una que otra interrogante. Quién como la señorita Carpio, ¿no?, qué lindos amigos tiene para que le hagan regalos tan caros, ahí no más saltó la liebre. “¿De veras estás creyendo eso?”, Cecilia no tenía pelos en la lengua y me soltó un primer bocado: “¡Si yo le he escuchado decirle a la señora Silvana que no podía aceptar esa película que le quería prestar porque no tenía DVD! ¿De dónde sale con que le han regalado un home teather?”.
Así, la siguiente tarde resultó que la colección de copas de cristalería europea exhibidas en la vitrina del comedor no podía existir porque en casa de la señorita Betty apenas si habían bancos para sentarse. Luego de unos días, que el novio solamente tenía de George Clooney algunas canas y de Brad Pitt los pómulos salientes pero por la vía cobriza. Al cabo de una semana, la señorita Betty había descendido todavía más en la lista de top ten del club, con peligro de que la hiciéramos desaparecer en unos días más, como efectivamente ocurrió en el momento en que ya ni siquiera había novio, ni boda pendiente ni cremas francesas, según la fidedigna versión de la vendedora de Unique a quien ya no le importaba perder una cliente que pagaba mal, tarde y nunca. ¿Pero no gastaba doscientos dólares en cada loción? Y de veras que había sido una ingenua, como dicen las chicas, siempre me lo creo todo, ¿no?
Hasta eso podíamos pasarle por alto. Incluso descubrir que todos nuestros comentarios sobre el club (y sus retrasos en los pagos, los vanos esfuerzos de sus administradores por aparentar una prosperidad que se decoloraba cada semana cuando eran menos los socios que asomaban a la puerta) iban directos y sin escala a la oficina de la señora Silvana con nombres y apellidos. Hasta le habíamos perdonado enterarnos que jamás firmó la carta de queja que presentamos al tercer mes de estar impagos, que sólo hizo un garabato en el aire y con razón se ofreció a entregarla a la junta de accionistas. ¿Qué crees? Sí, todavía hubo algo peor. Al fin y al cabo cada quien podía fantasear con su vida lo que quisiera, hacer la voz ronca por el teléfono para faltar al club o contar las historias más lacrimógenas cuando las cuentas no cuadran, pero otra cosa muy diferente es enfermar a su madre y ponerla al borde de la muerte repetidas veces, ¡te imaginas! No es que la haya envenenado ni estrangulado, pero a nadie le quedó duda que lo hubiera hecho de ser necesario cuando llamé de parte de la Clínica Italiana a informar que estaba enviando una ambulancia para recoger a la señora que estaba infartada. ¿Cómo dice? Aquí no hay nadie con infarto, señorita, ¿ha marcado bien? Era su voz, la voz de la madre de Betty, que había salido del club preocupadísima para atender a su mamita. No, mi hija está trabajando y discúlpeme, debo terminar de cocinar y arreglar mi casa, hasta luego.
Así que tampoco tenía dos empleadas y una nana para que la señora de Carpio, postrada en cama todo el tiempo, no tuviese que hacer nada, porque no estaba acostumbrada a los quehaceres del hogar. Y seguramente tampoco había un padre cagándose en todos los rincones del planeta Tierra, ni balcón en ningún departamento de San Borja, ni cientos de pares de zapatos, ni infancia en Chacarilla ni fines de semana divertidos pero decentes con selectos amigos inexistentes. ¿Sería posible? Sí, amiga. Era posible, aunque la señora Silvana nos despachase de su oficina muy rapidito aconsejándonos que en lugar de andar intrigando contra compañeras de trabajo nos dedicásemos a lo que nos tocaba, que bastantes quejas tenía de nuestra falta de dedicación y compromiso con el club. Ya le tocaría en su momento abrir los ojos sobre la señorita Betty, aunque después tuviese que cerrarlos desmayada de la pura impresión que le dio encontrarla a esas horas de la noche, a Beatriz Carpio Sosa nada menos, en el mismísimo baño de su despacho, de cúbito ventral, las manos apoyadas en el inodoro, recibiendo la vacuna prometida e inaugurando kilometraje gracias a su propio marido.
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