La suprema tentación del poder
26.09.07 @ 01:24:43. Archivado en Angulo Agudo
Nota del autor: Escribí este artículo hace cinco años, en circunstancias políticas y sociales en el Perú distintas a las actuales en la forma, pero no en el fondo. Juzgue el lector si hay actualidad en las palabras que se dijeron en medio de batallas periodísticas que hoy algunos prefieren olvidar.
Escribe Manuel Cadenas Mujica 
El ogro de Córcega ha desembarcado en el golfo Juan
El tigre ha llegado a Gap
El monstruo ha dormido en Grenoble
El tirano ha atravesado Lyon
El usurpador se halla a cuarenta leguas de la capital
Bonaparte avanza a pasos agigantados, pero no entrará nunca en París
Napoleón estará mañana ante nuestras murallas
El emperador ha llegado a Fontainebleau
Su majestad imperial entró ayer en el palacio de las Tullerías, en medio de sus fieles súbditos...
Ese fue el camaleónico comportamiento del diario oficial francés Monitor después que Napoleón Bonaparte abandonara la isla de Elba, adonde fue confinado, en compañía de doscientos mil soldados, rumbo a París, en 1815. De “ogro” a “majestad imperial”, medió el cinismo más descarado, el acomodamiento embustero y lamentable de una forma de hacer periodismo que no conoce de mayores principios que el favor de los poderosos, un falso realismo frente a los hechos consumados capaz de disfrazar con palabras cualquier atropello o abuso.
Desde su origen, el periodismo ha tenido como su enemigo más peligroso al poder, ese “mecanismo por el cual un hombre o mujer se sienten investidos o se ven investidos del derecho de mandar sobre los demás y castigarlos si no obedecen”, al decir de Oriana Fallaci en el prólogo de su “Entrevista con la historia”. Un enemigo en función no de quien lo detente, sino adversario por antonomasia, de fondo, desde la raíz. Un antagonista no para atacarlo o vilipendiarlo gratuitamente; más bien para tenerlo a raya conscientes de su inmensa capacidad para aplastar a los seres humanos y convertirlos en guiñapos.
Puede parecer extrema esta observación. Pero no lo será a la luz de los hechos, de las tristes experiencias del pasado y del presente. ¿Dónde más podrían cifrar sus esperanzas los desesperados si no en los hombres libres que escriben con libertad? ¿En quién, en dónde, cuándo, cómo? El llamado “Cuarto Poder” solamente lo es por yuxtaposición: del lado de los oprimidos o contra los oprimidos. Esto es cierto tanto en una dictadura como en una democracia, en el capitalismo como en el socialismo, porque mientras el ejercicio del gobierno esté en manos de seres humanos que han empeñado la vida para ponerse al frente de todos los demás, entenderemos que la amenaza respira al acecho.
Las tristes experiencias del pasado y el presente. En la década de los 90 fueron pocos los que en el Perú mantuvieron la pluma en ristre. Los más claudicaron por voluntad o por inercia, muchos abotagados por el efecto perturbador del terrorismo sobre las conciencias peruanas. Ahora, ¿dónde están esos pocos? El pendular histórico ha colocado a la mayoría precisamente en el espacio que antes señalaron con dedo acusador. Y con las mismas artimañas de quienes defendieron a los opresores de antaño se coluden con los opresores del presente para dorar la píldora, maquillar las tropelías.
¿Conveniencia? ¿Extravío? Solo ellos lo saben. Seguramente ambos elementos se entremezclan y permiten confirmar una vez más cuán peligrosa es para la prensa la cercanía al poder, la convivencia con quienes lo detentan. Cómo brotan en esa circunstancia los apetitos más escabrosos, las componendas más vergonzosas, y cómo los angustiados ciudadanos comunes y corrientes ven estrellarse contra gruesas murallas de impudicia sus anhelos y reclamos, sus denuncias y padecimientos.
Lo vemos a diario, es la comprobación cotidiana. Sobre todo ahora que se debaten temas relacionados con la libertad de expresión. Sólo la hipocresía de quienes han olvidado su primer deber como hombres libres y como periodistas puede hacer callar o manipular la certeza de estos hechos El tiempo demostrará una vez más, cuando venga el desenlace, qué torpe, débil y vulnerable es la prensa que dobla la cerviz ante los poderosos. No valen los lauros ni pesan las vergüenzas del pasado. En el juicio histórico y popular sólo cuenta lo que se haga en el presente. Porque lo injusto puede enmendar el rumbo, como también lo justo desviarse de la senda. Cuentan los actos del ahora, el valor con que los periodistas den su testimonio presente de la verdad y se resistan a sucumbir a la suprema tentación del poder.
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