Pura Letra

Memoria de Luis Felipe Angell: La vejez consiste en alejarse de uno mismo

24.08.07 | 23:22. Archivado en Crónicas periodísticas

Entrañables amigos desde días antediluvianos, el escritor Guillermo Thorndike escribió para Sofocleto una pieza de antología a la muerte de éste, ocurrida en marzo del 2004. Siempre es momento para recordar y celebrar al humorista mayor de la lengua castellana, con la nostalgia de quien también trabajó con él en el extinto diario La Mañana y compartió más bien sus años de veteranía periodística (Manuel Cadenas Mujica)

No iba a llegar el día y ya se hizo. Y es que cierta imposible inmortalidad impregnaba la existencia de Luis Felipe Angell de Lama, llena de genialidad y contradicciones. Todos parecíamos de acuerdo. No iba a morir nunca. Así de simple. Sin embargo, nos ha enmendado la plana. Él mismo lo había escrito: La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo.

Escribe Guillermo Thorndike Losada

Sofocleto se parecía mucho a Luis Felipe. Eran casi la misma persona. Uno era obra del otro, creación que de pronto echó a andar y se fue por los rumbos de la imaginación nacional, adquiriendo vida propia y poniendo a su autor en gravísimos problemas, pues Sofocleto, no Luis Felipe, era rebelde, contestatario, andaba endeudado y tenía el alma justiciera en una época de precavido contentamiento.
A veces Luis Felipe parecía el revés de Sofocleto. Era un embajador, un clubman, un ser monógamo apegado a las tradiciones, un peruano con árbol genealógico y sello familiar para estampar el lacrado de la correspondencia.
Procedía, es cierto, de estirpes piuranas adineradas y extravagantes. Los yacimientos de petróleo en La Brea y Pariñas habían sido una de las propiedades familiares, lo mismo que algunas haciendas célebres por su dimensión superlativa. Tuvo que ser Luis Felipe quien escribió: Lo bueno de la carroza es que todos morimos con chofer.
Sofocleto, común, popular, aventurero, no siempre encajaba en el molde de su autor. Sofocleto pagaba letras el último día, era piropeador desenfadado, caía en súbitos estados de amor y no tardó en escribir por su cuenta. A él se debe esa declaración asombrosa: ¡Desear a la mujer del prójimo es un pecado inmortal!
A partir de esa primera época, fines de los años 50, resultaba difícil precisar quién era, si Luis Felipe o Sofocleto, derecho y anverso, conservador o rebelde, de arriba o de todos, de muchos y de abajo. No tardó en imponerse Sofocleto, ojos como anteojos, dos pinceladas de bigote lacio, dos metros de humanidad, alguien con quien empezaban las mañanas, la porfiada lectura de su columna y el constante acierto de sus sinlogismos.
A fines de esa década, Sofocleto se adueñó de Luis Felipe. El conservador se hizo socialprogresista. Dejó las páginas de El Comercio para dirigir una publicación memorable, Libertad. Después saltó a las filas de la revolución latinoamericana. Fueron los años del amor por Matilde y de la amistad con Fidel Castro. Otro Luis Felipe se marchó a París, Praga y La Habana. Y no volvió en varios años...
Daba vueltas y vueltas la rueda de su fortuna. Lo habían encarcelado y deportado. Ingresó a esas listas negras reservadas a quienes piensan por su cuenta. Ningún periódico se atrevía a abrirle sus páginas. Escribió entonces para la televisión en sociedad con Raúl Villarán Pasquel -en verdad disfrazado de Villarán pues él no aparecía- con quien compartió un departamentito en la avenida Arenales y la rotunda pobreza de alimentarse con sopas de sobre que Villarán escondía bajo el colchón.
Estábamos en plena década de los 60. Lucho Banchero obró el prodigio de llevarlo a Correo. Ahora, que miro al pasado, compruebo que está ahí, mañana y noche en mi memoria. Eran dos en uno, claramente definidos. Frente a la máquina de escribir, Luis Felipe contaba sus historias a Sofocleto y reía, mostrando los incisivos a través del bigote lacio. Cuando miraba al interior de su imaginación, se le achinaban los ojos. Reía bajito de sus propias ocurrencias, muchas de las cuales no llegaban al papel.

La genialidad se le desbordaba. Abelardo Oquendo no olvidó la vez que se estaba sirviendo hielo con unas pinzas y Luis Felipe comentó: “Abelardo hielo-iza”. (Eloísa, para los que no entendieron.) Otra vez le presentaron a una novia bien fea, feísima, y dijo que no era noviazgo sino noviasco. Al rato se le oyó: “No hay mujer fea sino mal escogida.” Y con una nuez en la mano, después de mirarla, dijo simplemente: “Sí es.” Humor casi tan perfecto como la otra frase que le pertenece: “Amo, luego insisto.”
Así era, constante, incontenible. El más grande humorista de su época en la lengua castellana. De como la pulquérrima y estricta vecindad de Matilde nos controlaba, habrá de quedar para otra ocasión. También las andanzas de quienes constituimos un escuadrón inseparable, Werner Lang, Ricardo Müller, y, a veces, Julio Romero Visconti, en ese tiempo tumultuoso -y acaso desperdiciado- pero feliz, del que fuimos protagonistas bajo la bienhumorada rectoría de Enrique Agois Paulsen y el innegable liderazgo de Lucho Banchero.
Pues Luis Felipe o Sofocleto, ya no sé quién era, vivía en Correo: su casa, su oficina, su centro de operaciones. Su espíritu de aventura lo hizo acompañarnos en toda clase de historias y noticias y se convirtió en redactor deportivo, encargado de la crónica central la noche inolvidable en que Alianza Lima goleó al Real Madrid, y aún en seguidor taurino, bajo la guía de Gonzalo de Bethencourt, en un extraño grupo que incluía a Oriana Fallaci, a Raúl Villarán y a Frejol Diez Canseco.
Alguna vez, de madrugada, cuando solíamos caminar por la vieja Lima, Luis Felipe se detuvo en un callejoncito próximo al teatro La Mutua y señalando una puerta me dijo: “Ahí viví yo cuando mi familia se arruinó”.
No siempre lo habían invitado a la fiesta, ni lo habían arropado la celebridad y la fortuna, ni había sido lo que aparentaba ser en la mayoría esplendorosa de su existencia. Después de la catástrofe imaginable, la caída a un pozo de pobreza, su familia debió remontar su mala suerte y ascender a una callecita de mejor vivir en Santa Beatriz, donde unas tías insistieron en que debía “relacionarse” y asistir a un baile infantil en el Club Lawn Tennis en carnavales.
Como hubiese un corte o retazos de raso rojo -pero rojo infierno, vivísimo e inocultable- las buenas señoras decidieron disfrazarlo de diablo, para lo cual fue dotado de unos cuernos con alma de alambre y de un rabo espectacular, también alambrado y tieso, con final de flecha, que le subía bamboleante desde el trasero. Así, a edad en que había echado a crecer sin llegar a adolescente, larguirucho y tímido, había salido rumbo a una fiesta a la que no quería ir.
Peor todavía, a último momento surgieron inconvenientes y debió ir solo, a pie, un diablo encarnado por una vereda limeña, a través de un barrio difícil y lo que no era difícil anunciar, sucedió. Ahí, a mitad de viaje, lejos aún del club, se le cruzó una pandilla de esas que preferían jugar con agua, con seres ínfimos y sin compasión que se burlaron de la calidad artesanal de la diabólica vestimenta.
Desde luego el rabo, tan tieso y puntiagudo, llamó la atención de los jóvenes degenerados y Luis Felipe, aún no Sofocleto, debió salir disparado, diablo en estampida, mientras la cola chicoteaba como un relámpago rojo al fin atrapado por la turba.
Pobre Luis Felipe, sujetado por el rabo, se rompió. Cayó inerte, mostrando su interior de alambre ahora flácido y dejando al descubierto un fundillo apenas encarnado. Como si hubiesen perpetrado un asesinato -de hecho daba lo mismo, parte de Luis Felipe moría en ese momento- los palomillas huyeron y Luis Felipe recogió su rabo, en verdad lo mejor del disfraz hecho por sus tías, y así, derrotado y resignado, siguió hacia el Lawn Tennis, ya no a bailar, que no tenía ganas, sino a esperar a sus parientas que querían verlo feliz...
Una vez escribió: Lo bueno de la muerte es que no se repite.
Pero la muerte llega en cuotas. Nos vamos llenando de ella, aceptándola mientras ocupa el espacio de la existencia gastada. No hay una sola muerte operática y final. Vamos llegando a ella en capítulos, un poco muertos o muertos en aumento, con difícil resignación y rara vez con alegría. Luis Felipe no era la excepción. Lo habían abierto, casi para cambiarle el corazón. Estaba de regreso, con rostro sorprendido. Más de una vez difunto y devuelto el que escribió: La vida es una muerte lenta.
Estuvo muriendo lleno de sabiduría y dueño de su ingenio hasta el final. Todo lo había conocido: felicidad y penas, cárcel y aplausos, la soledad del destierro y el afecto de la muchedumbre, desvaríos y arrogancias, de todo, superlativo.
Se me viene la pena -no por Luis Felipe Angell, que ha de hallarse, por fin, a salvo de la tristeza, en la pradera azul de quienes completan el viaje con honor- sino por una época que acaba, por los amigos que no están, por los amores que fueron, por un mundo que quedó sin cumplir.
Quizá convenga recordar a quien marchaba con los estudiantes de La Cantuta y que iba por las plazas del país defendiendo la peruanidad del petróleo y el derecho de millones de compatriotas -entonces clasificados como indígenas, una raza degenerada- a la justicia, la educación y a la igualdad política, en suma, a ser peruanos libres y ciudadanos en ejercicio.
Si los muertos descansan, ¿por qué los entierran en posición de firmes?.


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