Todas las pieles del lobo
05.05.06 @ 02:43:08. Archivado en Poesía
Amé la desmesura hasta dejar
las palabras agotadas.
Amé el alquiler de los días,
la precariedad del absoluto dibujado
en ruinas de papeles extraviados,
el frágil reinado de los sueños,
y amé, asimismo, a mi enemigo más querido,
al que me doblaba las esquinas del letargo,
al destructor de la paz desesperante.
Amé el destierro de las ideas luminosas,
las razonables razones de mi estirpe,
amé la ostensible falta de criterio
y su gobierno sobre mi escritorio,
su tiranía sobre mis horas muertas,
pie vandálico en la espalda
enllagada de la cordura.
Amé, por tanto, como un gran corcel,
galopar entre relincho y relincho,
amé perder los estribos, devastar
pastizales y hundir
la pezuña en peñascos afilados.
Cómo amé la desmesura, cómo
sequé los manantiales, cómo
quebré los cántaros.
Yo amé, entre otras cosas, la tibieza
de los cuerpos inabarcables,
los amores excesivos que se nutren de tedio,
amé en horas extras la condición
de cordero vestido de lobo entre los lobos,
de pájaro entre pájaros
y de insecto
entre insectos de toda especie.
En días en que por toda
habitación hubo dos brazos extendidos,
amé vestir camisas de once varas,
amé beber el agua que no ha de correr,
amé abarcar lo poco y apretar lo mucho.
No importaban entonces ni las llaves
ni las puertas.
Amé desproporcionadamente agitar
en frascos diminutos las grandes tempestades.
Y así es que en medio del amor,
amé vivir de prestado, de ajenas manos
preparando sombras para el deseo.
Amé, confieso, sobremanera,
recorrer a ciegas el borde de los acantilados;
desbocado, poseer el vértigo en sus saltos mortales,
abrazar el desatino sin riendas ni vacilaciones.
Toda proporción, toda gravedad circunspecta,
toda simetría huyó rauda de mis manos.
Amé la insensatez, la cama destendida,
el café frío derramado
sobre el mantel de las mañanas grises,
las sábanas revueltas,
el lento despertar amargo
de los buscadores de pesadillas,
amé la extrema unción del vino.
Y sólo por ver el revés del horizonte amé
a plena luz del día
el brillo de las horas negras.
Cuántas veces amé
hundirme sin reposo en mí mismo,
no darme un instante de tregua,
llevar a fronteras inaccesibles esta sed de mirar
que me acosa, me subleva, me desarma.
Amé procaz, desastrosamente
juntar leños para hogueras húmedas,
exasperar hasta la cordura
el nervio mayor de la angustia,
corroer los cimientos
de las buenas costumbres animales.
Amé las zonas francas del delito largamente deseado,
la sinrazón paradisiaca,
el hilo conductor de la incertidumbre.
Amé amar
los días podridos, arrendados a mejor postor.
Amé el fracaso,
amé dulce, humanitariamente,
el sabor acre de la derrota, de la cabeza gacha,
de los brazos caídos,
la tarde magra de los sueños derribados,
el abismo de la desgracia y sus invitaciones resabidas.
Y entre tanto amaba, amé sin contemplaciones,
más que ningún otro, las visiones réprobas,
las falsas ilusiones.
Por amar los garabatos, las colillas marchitas,
las calles sin salida de la ausencia,
el ojo de la tormenta me dio con su furia
en los talones de la huida.
Pero eso no me importó nunca, porque yo amé
todas las rayas de mi piel de tigre,
todas las risas macabras de mi boca de hiena,
toda la carroña de mis vuelos de buitre,
cada cópula callejera de mi perra vida.
Amé tozuda, caprichosamente,
el desenfreno ilustrado, el milagro profano,
la duda ciega. Amé las hilachas del pensamiento,
los apartados de la conciencia, amé borronear
las lecciones pulcras, los cuadernos intachables,
las moralejas indelebles.
Y así, en absoluto silencio,
amé orinar los pantalones
caídos de la decencia.
Amé a mucha honra,
y de qué manera descosida,
los vaivenes frenéticos de la memoria,
los trenes sin destino del recuerdo
traicionando a la noche, trepando en borrascosas cumbres,
cargando y descargando en estaciones de silencio
en que pasajeros turbios arriban sin ser
ni reconocidos ni esperados por nadie,
la identidad perdida en itinerarios descarriados.
Amé abandonarme en tales viajes de esperpento,
ensopado hasta la garganta de lluvias de melancolía,
las plazuelas desiertas, los faroles encorvados,
parsimoniosos transeúntes de la niebla recorriendo
las migajas de esplendores antiguos,
territorios del olvido que amé y conquisté,
y arranqué de manos de la nostalgia.
Pero también amé, para colmo de bienes,
mi corazón derramado en mágicas vertientes
de éxtasis cotidiano.
Cómo habría de ocultarlo,
cómo no reconocer también que amé, obnubilado,
la luminosidad enceguecida,
la esbeltez acrisolada regando soles
y amaneceres apocalípticos en el ojo del alma,
sabias cortezas estremeciendo
la humildad de mis tierras,
invernaderos floreciendo al primer soplo divino
cuando el caos amenazaba con transformarlo todo
en tinieblas y asperezas.
Cómo no decir que amé rabiosa, frugalmente
la inocencia,
no la de maría madre mía santificado sea tu nombre,
sí la que sabe cagarse limpiamente
en los semáforos de la vergüenza, la impúdica
y doméstica
-no la angélica-, clara como un grito en la noche.
Te amé, oh fuego primitivo. Te amé
y se quemaron mis manos en tu pelvis.
Comentarios:
Gracias por este extenso sorbo de lunas y arlequines, de fardos e ilusiones...y de musa
Gracias
http://poesia-letras.blogspot.com
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Manuel Cadenas Mujica
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