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PATIO DE BESTIAS (FRAGMENTO)

Permalink 03.05.06 @ 17:56:45. Archivado en Narrativa

ESAS Y OTRAS CAVILACIONES. Sólo cruzar la calle, sólo integrarse de nuevo, mansamente, al hormiguero de seres que al cruzar el portón metálico de la puerta lateral ingresan a un orden de horarios y preocupaciones y reglas y claves y pasiones y liviandades comunes, como si respirar el aire no más de ese cubículo de paredes enrojecidas les confiriera un pasaporte a la irrealidad por unas cuantas horas. Adentro, el mundo ha muerto, hasta los buenos o malos son otros, el cordón umbilical con el exterior se ha cortado y apenas si se mantiene un leve vínculo a través de los libros y las disertaciones y las cátedras.

¿Es esto lo que le interesa? ¿Para pelear qué los amigos le insisten y le piden su afirmación categórica, el sí rotundo que ha de acabar con el reinado de qué tinieblas, para salvar a la universidad de cuál hecatombe? Hace un año de aquello. Se arrepiente de sus palabras. Cómo pudo no haber visto más allá de esas cuatro paredes, y cómo decirles ahora que están ciegos, que estamos viendo fantasmas, caballeros, que hemos caído en la trampa de este espejismo malévolo que nos tejió la cotidianidad, que no hay ninguna comunidad de nada, que estamos aquí de paso, que no hay policías ni ladrones, que quién nos ha dicho que somos los héroes de la película, que no somos diferentes ni mejores ni especiales, que no jueguen, cómo venir con tales discursos cuando me tocó a mí ser el estallido, ser el detonante, el pez por la boca muere. Qué tuve yo que abrirla y alimentar sueños absurdos. Cada paso es un acercamiento a este mundo enajenante. Todos están locos, y ni bien pise el umbral de esa puerta yo también voy a volverme loco y voy a pensar que es necesario, absolutamente necesario para nuestras vidas. Esas y otras cavilaciones. Frente al guachimán, sólo le queda mostrar nuevamente el carné que le otorga ciudadanía en ese país de juguetería.
Mientras bordea el patio se la ha dado por pensar que alguna vez este edificio albergó un colegio religioso de mujeres, que el pudor oxigenaba las mismas bancas, el mismo patio, el mismo descuidado jardín, las mismas aulas de altos techos y ventanales oxidados. Qué paradoja. En sus años escolares, don Juan Bazalar solía explicarle cada recodo de la ciudad. Aquí estuvo la Recoleta, y la Católica, y el Belén, y aquí se podía salir a caminar por las noches con toda tranquilidad y encontrarte en esta esquina, ¿ves?, con Arguedas o con Salazar Bondy como si nada, y yo me mudé aquí porque era la zona residencial. Y yo mismo guardaba la imagen de avenidas desiertas donde ahora el aire es esclavizado por el comercio ambulatorio, como le llaman los diarios. No ha bastado que se prohiba circular a los microbuses y sus estelas de humo y contaminación que tanto preocupan a los ecologistas. Algo como un sopor acuoso ha quedado impregnado en el asfalto que cada agosto se enlodaza con la garúa invernal y pervierte las pisadas distraídas. Y yo mismo hago un esfuerzo y encuentro en algún lodazal mi pisada pervertida y distraída una mañana de mayo de mil novecientos setenta y tantos, cuando había que tomar ese bus que a las siete y quince exactamente llevaba a las alumnas del Fanning. Y aunque la línea 58 B me dejaba en 28 de Julio con Paseo de la República, a muchas cuadras del San Carlos, yo igualmente me trepaba para conseguir, después de sostener la mirada sobre su indiferencia durante veinte minutos, un repaso rápido y frío y enhiesto de sus ojos de gata. Ella tendría trece años a lo mucho, llevaba los cuadernos pulcros bajo las manos blancas y también pulcras, más que sus cuadernos aun. Hasta el año anterior el cabello le llegaba a la cintura, ocultando el cruce del tirante de su falda de colegiala inevitablemente aplicada e insinuando en los meses de sol, cuando no usaba chompa, su cintura de apretados contornos. Pero cuando llegó el año siguiente, se lo había recortado hasta la altura de los hombros, destacando con mayor inquietud de los que viajábamos en la 58 B el felino aire de sus ojos. La insegura presión de mi vistazo perenne se sostenía, a veces sin suerte, los veinte minutos que duraba el trayecto. Después, a bajar jovencito. Sólo una vez, cómo olvidarlo jamás, mientras el bus se alejaba del paradero, ella –que estuvo, serísima y melancólica, con la cabeza gacha todo el tiempo– alzó su rostro y miró hacia mí, siempre esperando ese momento en la vereda, la sangre corriéndome de un lado para otro en las venas a velocidad vertiginosa, la garganta atragantada de estupidez. Quería decir algo, estoy seguro, sus pupilas se habían enternecido, apretó la mirada levemente, pero el vehículo se esmeró en marcharse. Quiso decirme algo, me repito hasta ahora esperanzado, pero nunca más la vi. Igualmente seguí viajando en la 58B y bajando en ese paradero. Yo mismo hago el esfuerzo y veo mis zapatos humedecidos por el recuerdo de esas avenidas y la plaza Francia, donde concluía mi periplo. El verde dominaba los montículos que circundaban la plaza. Las bancas se escondían al centro, bajo árboles de fantasía, y unos pocos ancianos aburridos de las sábanas y la nostalgia devoraban las noticias de La Prensa antes que nadie. A partir de las siete y treinta la ciudad empezaba a quitarse la modorra y los uniformes grises empezaban a correr de un lado para otro. Señal de que había que cruzar la calle para integrarse mansamente a las aulas.
Si algo tiene en común el San Carlos con este ex colegio religioso de mujeres convertido ahora en universidad eran los techos altos y las puertas de vieja usanza. Ya ha abandonado los recuerdos, ya ha presentado su carné, ya se ha instalado en el hormiguero, ya está sentado en su banca, ya es uno más. Son las once y cincuenta, ya está viniendo Rebeca, ya es hora de tomar esa decisión. A las cuatro de la tarde van a conversar con él nuevamente. No podrá evadirlo más tiempo. Tendrá que acabar con el reinado de qué tinieblas, salvar a la universidad de cuál hecatombe. Cuando le da el beso a Rebeca, ya ha notado que intentarlo, de cualquier modo será un fracaso. Tiene que serlo. Esta vez las bestias lo salvarían.


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Comentarios:
me gusta lo del óxido, y lo del "aire esclavizado"
Enlace permanente Comentario por Pepe 31.07.09 @ 02:01

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