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La victoria de Leoncio Luque sobre el anecdotismo - Presentación de las Crónicas de Narciso

Permalink 02.05.06 @ 22:43:04. Archivado en Ensayos

A este Narciso que conocí hace casi veinte años buscando la palabra en el espejo de su vida, en estas aulas que alguna vez fueron nuestro universo circunstancial, no me ha sido posible abordarlo tomando distancias que no existen ni pretensiones de crítico literario, a las que, felizmente para todos, no he sucumbido.

Más bien he querido aproximarme a él como quien pregunta “Por los años que nos faltan vivir en el desarraigo”, de los que habla en Monte de cilicio, el poema que abre las Crónicas de Narciso. Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, y Leoncio (o Narciso, como se prefiera) me ha de perdonar que haya hecho de la lectura de estas Crónicas una oportunidad para llenar en mi memoria los bolsillos vacíos del tiempo que no alcanzamos a malgastar juntos, como Dios manda y la nostalgia exige.
“Si yo pudiera amar / los poemas serían como almas gemelas”, ha dicho Narciso, con esa sobrecogedora desesperación que ha caracterizado su poética desde los días de Por la Identidad de la Imágenes, su primer poemario. Si Narciso pudiera amar (lo que se dice amar), si Narciso hubiese nacido para las certidumbres, para trazar sólo líneas rectas en su camino, para calzar en algún molde al uso, entonces se tendría a la vista la perfección empalagosa y no la terrible belleza. “Y alguien dijo: Qué terrible / Pero lo bello es eso, lo terrible / ese caos que confunde y que es la razón de nuestra vida / de nuestra bella vida”, me he apropiado de estos versos que Leoncio (Narciso) publicó en 1990 en la plaqueta de Noble Katerva, los he atesorado en el espíritu como testimonio de esta visión suya –ciertamente compartida– en que lo tremendo es piedra angular del equilibrio vital.
Narciso (Leoncio) se ha jugado el pellejo por la poesía con una voluntad a prueba de todas las indiferencias y de los amigos más o menos ingratos, como yo. Pero hay que vivirla no solo escribirla, ha insistido siempre, y en eso nos lleva varios cuerpos por delante. “Existir es ser nada / y ser nada es nada / es ser uno mismo / menos uno / el no nacido / el no habido / todavía nada / el vacío / sólo vacío / sólo canción de humo / sólo murmullo / sólo espejo”, su reflexión ontológica (hilo conductor de las Crónicas de Narciso, a diferencia de En las grietas de tu espalda, su segundo poemario) nace del encuentro de las palabras y sus reverberaciones, no al revés. Materia viva que colisiona en imágenes y deslumbra por su potencia comprobatoria. “La belleza se pierde en lamentos, en palabras”, es una confrontación a la mera aglomeración de versos como cortinas de humo para la poesía.
“Yo soy un día indeciso”, dice “que jura fidelidad al atardecer / y más tarde se acerca a la esquina del burdel / pensando setenta veces siete / en poesía”, certifica la vida excesiva, aunque no exagerada; Narciso (Leoncio) la propone como vía efectiva para constatar el tránsito terrenal, un pellizco permanente en el brazo de aquellas existencias adormiladas, embotadas de horas insulsas por la mecánica voraz de la rutina. Son Crónicas precisamente porque testifican, porque “examinan la costumbre / de tomar café en silencio”, porque corren por los pasadizos de la memoria y palpan con excitada angustia que “Duele lo inevitable”. Poesía que acompaña la vida como un tercer ojo, la de Leoncio (Narciso), que interpela al tiempo y a sus moradores, no la ensimismada.
“Antes entonces pensaba / El camino es fácil / como disparar una pistola de agua / en el carnaval de la vida”, risueños los días en que la katerva entusiasta lanzaba largos chorros de palabras, inconsciente, despreocupada. Nos agobiaban los momentos, pero preferíamos beberlos a borbotones a exponernos a su baño de agua fría. Antes, entonces, nos resistíamos divertidamente a toda gravedad, apenas si alcanzaba el ceño a fruncirse, preferimos decididamente el cinismo al patetismo histriónico de aquellos inventores de hazañas y mitos improbables con que sublimizar el absurdo de una época anodina. Pero “Los ebrios descansamos en vano después de la contienda” y “Los abandonados en la palabra no entendemos la soledad como piensan”, nos enrostra Narciso. Estamos jodidos, entonces, Leoncio. No fue un carnaval la vida. Vaya que no lo fue.
A este Narciso (Leoncio) que conocí hace casi veinte años, el espejo de su vida le ha ofrecido esta imagen mucha más nítida de sí misma y que él entrega en una poética enriquecida de precisiones, luminosa. Sus Crónicas constatan la victoria sobre el anecdotismo, que es a mi juicio el mal poético del siglo. “Debajo de la angustia una luz insepulta”, el ejercicio escritural que no se disuelve en el suceso pueril, que no se ahoga en grafoterapias ni renuncia al destino superior al que ha sido llamado.


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