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LA MUJER EN LA IGLESIA

Permalink 02.05.06 @ 23:03:50. Archivado en Teología

LA MUJER EN EL MUNDO HEBREO
Cuando se aborda cualquier discusión en torno al rol y participación de la mujer en la iglesia, suele olvidarse un tema importantísimo para la comprensión cabal del pensamiento bíblico neotestamentario: que éste no se produjo ajeno al entorno de los escritores inspirados, sino que aquéllos estaban envueltos en el contexto social y cultural de su época y de su nación.

Esta observación ha sido motivo de escarnio por cuanto se pretende acusarla de relativizar la autoridad bíblica. Nada más equívoco. Lo que no se puede es desconocer que al escribir el texto inspirado, los autores hacen uso de un revestimiento lingüístico y cultural que de ninguna manera es normativo para la vida del creyente: no por el hecho de estar mencionada, muchas veces a modo de ilustración, una costumbre social de hace dos mil años tiene que ser practicada hoy en la iglesia. Si lo hiciéramos con todas las costumbres mencionadas en la Biblia, caeríamos en el más franco ridículo.
Dicho esto, se hace necesario entender cuál fue el desenvolvimiento de la mujer en la sociedad hebrea, contexto en el que se ubica la mayoría de referencias sobre su rol en el Nuevo Testamento.
La Torá, calificada injustamente de machista, contiene varios preceptos orientados al respeto y protección de la mujer. Los hijos debían honrar a la madre (Ex. 20: 12), temerle (Lv. 19: 3), y obedecerle (Dt. 21: 18ss). Era tenida en cuenta en el seno de la familia, a diferencia de lo que pasaba en el mundo pagano, participando de la elección del nombre de los hijos y siendo responsable de su educación inicial.
No había diferencia tampoco en cuanto a la ofrenda de purificación si el recién nacido era varón o mujer (Lv. 15: 5s). También participaba de las reuniones religiosas de adoración y en llevar las ofrendas para el sacrificio. Lo mismo, podía hacer el voto de nazareato si se dedicaba con esmero en el culto de adoración al Señor (Nm. 6: 2).
Para su protección, se le eximía de tareas en el día de reposo (Ex. 20: 10). Si era vendida como esclava, podía salir libre al sétimo año, como el varón; y si no había herederos varones, podía heredar y hacerse terrateniente. También se establecen para su protección una serie de exigencias en cuanto a las causales de repudio y las circunstancias en que el marido de ningún modo podía abandonarla. En cuanto al adulterio, hombre y mujer recibían la misma penalidad.
Bajo este clima, no es extraño que Israel haya tenido mujeres notables en su historia; así tenemos a Miriam, la hermana de Moisés; Débora, la gran jueza; Hulda, la profetiza; asimismo, también es conocida la influencia de mujeres pérfidas y contrarias al culto al Señor, como es el caso de Jezabeel y de Maaca.
Sin embargo, luego del exilio, el papel de las mujeres comienza a disminuir en la vida judía y empieza a gestarse, más bien, una tendencia de influencia rabínica que le da preeminencia al varón y le otorga a la mujer un papel inferior. Este talante prejuicioso llega al extremo de excluir totalmente de la participación en el culto de la sinagoga a la mujer y no permitirle siquiera el ingreso, sino sólo espectar de pie desde las graderías circundantes a la nave principal.
El Talmud registra este estado de cosas en la oración de acción gracias que todo judío debía levantar diariamente, según el rabino Juan Ben Elai: «Gracias, Dios, porque no me has hecho ni gentil, ni esclavo, ni mujer» . Así, pues, ningún rabino tenía entre sus seguidores a mujer alguna, y aún hablar a una mujer en público era considerado un hecho vergonzoso. Es en estas circunstancias que Jesús de Nazaret vino al mundo.

IGUALDAD Y SUBORDINACIÓN
¿Era correcta la postura rabínica acerca de la subordinación de la mujer? ¿Estaban ellos interpretando fielmente el texto bíblico?
Como afirma Jones, no es necesario enfatizar las naturales diferencias entre ambos géneros, eso está fuera de toda discusión . Pero también afirma que hay que alejar de esas diferencias naturales aquellas que nos vienen a partir de estereotipos culturales impuestos por la sociedad y por los medios de comunicación. Igualmente, debe evitarse que todo feminismo -tan nocivo como el machismo- vicie la discusión al respecto.
La mayoría de eruditos concuerda en que la enseñanza bíblica sobre la mujer se remonta a Génesis 1: 26-27 y no recién a Génesis 2: 21-24, como prefiere Horacio A. Alonso . Ahí, el término «hombre» es usado en su sentido genérico (como anqropoV en el griego), incluyendo a varón y hembra; ambos entonces llevan en sí la imagen de Dios, y no sólo el varón. Resulta extraña la interpretación que hace Alonso de esta cita en el contexto de 1 Corintios 11: 7-9: la mujer es imagen de Dios, pero sólo el varón refleja esa imagen . Aunque algo atenuado, Charles Hodge presenta el mismo argumento, señalando que sólo el hombre refleja la imagen de Dios como soberano . Pero este tipo de exégesis parte de una forzada delimitación de lo que implica la imagen de Dios en el ser humano.
En Génesis 1:26-28 queda claro que ambos reflejan la imagen de Dios y que aquella se expresa en la orden de señorear, de dominar ambos sobre la tierra y las criaturas . El hecho de que la mujer fuera creada después que el hombre, como se ve en Génesis 2, no implica subordinación, sino ser complemento, contraparte , para lo cual es ayuda idónea o «idealmente adecuada» . Como lo expresa la sentencia medieval:

«La mujer fue hecha de una costilla del costado de Adán; no hecha de su cabezas para gobernar sobre él, ni de sus pies para ser pisoteada por él, sino de su costado para ser igual a él, bajo su brazo para ser protegida, y cerca de su corazón, para ser amada».

Para tal efecto, el matrimonio representa el ideal divino , pero no quiere decir que el estado de soltería sea óbice para que cumpla con su rol ni disminuye la imagen de Dios en ella, puesto que a pesar que en la resurrección desaparecerá el matrimonio, no obstante mantendrá su sexualidad como parte constitutiva de su ser (Mc. 12: 25) .
Vemos entonces que la asignación de un papel inferior a la mujer y, por qué no decirlo, el desprecio por el género femenino propio de la enseñanza rabínica , no encuentra sustento en una hermenéutica sana de los textos pertinentes del Antiguo Testamento. Sin embargo, en honor a la verdad, hay otro grupo de textos en el Nuevo Testamento que aunque no apoyan de ninguna manera la postura del judaísmo, si hablan de una subordinación de la mujer. ¿Hay contradicción, entonces?
Podemos contestar que no, que en Cristo «Ya no hay ni judío ni griego, ni exclavo ni libre, ni varón ni mujer», pero hay que admitir una tensión teológica que no ha sido resuelta. Se señala que en la familia el hombre es cabeza de la mujer (Ef. 5: 23), y que en la iglesia también lo es (1 Co. 11: 3), con el añadido de que no debe tener autoridad sobre él (1 Ti. 2: 12), sino más bien callarse, someterse al esposo (1 Pe. 3: 1) y estar en sumisión frente a los varones en la congregación (1 Co. 14: 34) .
Nada se resuelve eliminado unos textos en favor de otros para zanjar la evidente tensión. En ese caso, sólo se conseguirá aliviarla momentáneamente. La única salida válida es aceptar ambas aseveraciones bíblicas como eso, como verdades bíblicas ineludibles.

LA MUJER EN CRISTO
En el capítulo 1 terminanos viendo cuál era el pensamiento rabínico acerca de la mujer cuando Jesús de Nazaret vino al mundo. Una mujer que no tenía esposo en el mundo del primer siglo, era una mujer desesperada; no tenía cómo vivir, ni con qué comer. Muchas veces era arrastrada así a la inmoralidad . Pues bien, al llegar el Señor, las cosas cambian radicalmente.
Él nunca tuvo reparos en entablar amistad con mujeres. Los evangelios abundan en relatos de encuentros con varias de ellas, a las que perdonó, sanó y -a diferencia de los rabinos- enseñó. También fueron protagonistas de varias de sus lecciones y parábolas. Éstas, a su vez, se convirtieron en sus más fieles seguidoras, sirviéndole y suministrándole todo el apoyo logístico necesario, sin temor a los peligros y riesgos que esto podría acarrear . Lo sirvieron hasta su crucifixión y su tumba, mientras los discípulos estaban escondidos y temerosos .
Después de ocurrida la resurrección, se unieron a los discípulos para perseverar en la oración y ruego, colaborando en la elección de Matías y recibiendo el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hch. cap. 1 y 2). Luego encontramos la presencia de notables mujeres en la iglesia del primer siglo, tales como Lidia, Priscila, Febe, Evodia y Sintique, Junia, Trifena y Trifosa, Pérsida y las hijas de Felipe, todas ellas involucradas en el ministerio.
Es, pues, el evangelio, el que rescata a la mujer de su situación oprobiosa para ponerla en el plano que le corresponde: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois unos en Cristo Jesús» (Gal. 3: 28). Las distinciones raciales, sociales y de género caen con estas palabras inspiradas. Pero como anota David Jones, eso no implica que ya no existan judíos ni griegos, esclavos ni libre, varones ni mujeres, sino que tales diferencias ya no son relevantes.

«En Cristo, los resultados de la caída empiezan a ser contrarrestados. Uno de ellos es precisamente el antagonismo entre el hombre y la mujer. Aunque la mujer nunca perdió su igualdad con el varón, al desobedecer a Dios fue condenaa a sentir los efectos de la dominación de hombre y su inseguridad aparte de él (Gn. 3: 16). Algunos han sugerido que la sujección de la mujer es netamente el resultado de la caída, y que la mujer no estaba sujeta al varón en el principio. Pero el contexto de Génesis 3 sugiere que las maldiciones son una agravación de lo que existía antes... El nuevo hombre en Cristo empieza a experimentar la armonía de los sexos como Dios los creó» .

En ese sentido, es pertinente tener en cuenta la indicación que hace Leslie E. Maxwell acerca del texto de Gálatas 3:28, haciendo notar que mientras entre judío y griego y esclavo y libre se utiliza en el griego la partícula negativa oude = «ni», entre hombre y mujer el texto griego utiliza la conjunción kai = y. Esto podría significar que mientras las distinciones sociales son alterables y por ello se contrastan con el «no... ni», las de sexo son inalterables y por ellos se reconocen, pero se subraya que el sexo no hace ninguna diferencia espiritual .
Entonces, ya en el cuerpo de Cristo, la condición de género no establece diferencias. Todos somos miembros los unos de los otros, varones y mujeres, y no hay membresía de segundo orden. Hechos 2:27-18, citando la profecía de Joel, habla de siervos y siervas, hijos e hijas. Es notable que aquí se hable del derramamiento del don profético en ambos sexos. Y cuando en el Nuevo Testamento se habla de hermanos, el lenguaje es inclusivo, refiriéndose tanto a varones como a mujeres.
Esta es la base de cualquier discusión acerca del rol y participación de la mujer en la iglesia y en el culto público.

LA MUJER EN EL CULTO PÚBLICO
Sin duda, entramos a uno de los terrenos más controversiales de la eclesiología y la ética cristiana. ¿Qué enseña el Nuevo Testamento acerca de la participación de la mujer en el culto público? Las posturas se diversifican como en abanico, pero básicamente se puede distinguir entre aquellos que postulan la absoluta o relativa pasividad de la mujer, y entre los que no ven impedimento alguno o muy pocas restricciones para su participación plena en el servicio.
Para esta difícil dilucidación se apela básicamente a tres pasajes: 1 Corintios 11: 2-16; 1 Corintios 14: 33-36; y 1 Timoteo 2: 11-15. Los criterios exegéticos que se utilicen para abordar dichos textos determinará cuál postura habrá de adoptarse. Sin embargo, es sumamente complicado decidir cuál de las interpretaciones es la que mejor refleja la intención del autor (en este caso el apóstol Pablo), cuál identifica con más certeza los factores contextuales y qué peso habrá de otorgárseles.
Sobre el primer pasaje, 1 Corintios 11: 2-16, hay básicamente dos posiciones: una apela al contexto en el cual se desenvuelve el lenguaje paulino; la otra, sólo a factores netamente teológicos. Pero es interesante conocer que en esta segunda postura, en la que vamos a seguir a Horacio A. Alonso, se ha tomado el esquema contextual propuesto, en el que apelaremos a David Jones, sólo que se ha eliminado toda referencia a los factores circunstanciales .
No se va a detallar todos los argumentos que expone Horacio A. Alonso, porque son muchos y amplios, pero hay que notar que se centra básicamente en el significado que el velo y el cabello tiene en relación al orden establecido por Dios: Cristo -no como Verbo, sino como Dios-hombre- sujeto a Dios, el varón sujeto a Cristo y la mujer sujeta al varón. Pero extiende su explicación página tras página sin mencionar un ápice de cuál es la clave de esa relación entre un elemento externo, como es el velo, y el cabello y los principios espirituales a los que Pablo alude. Y eso es sólo posible si se estudia a profundidad el referente cultural dentro del cual Pablo se está manejando. No es una desestimación casual: «El tema del velo de la mujer debe ser considerado dentro de este contexto que le da la Escritura» , y punto.
Jones realiza una exégesis técnica antes que dogmática. Primero, establece que es difícil establecer las costumbres sociales y la situación de la iglesia de Corinto en esa época, pero que es probable a partir de la respuesta que da Pablo que se haya estado suscitando un comportamiento desafiante de las mujeres para con las prácticas culturales de la época, sobre todo después que son permitidas de estar en los servicios, cual no se permitía en la sinagoga.
Luego, Jones menciona el consenso que existe con respecto al «velo» que se menciona en dicho pasaje. Es muy posible que no se esté refiriendo a un velo en sí, sino metafóricamente al cabello de la mujer, que entre las mujeres judías y grecorromanas se llevaba arreglado en moño cubriendo la cabeza como señal de sujección al varón. De manera que tener el cabello suelto, corto o rapado era señal de desgracia, arrepentimiento o luto, y por eso las mujeres «liberadas» de la iglesia de Corinto daban la impresión de ser mujeres de mala fama, descaradas, escandalizando a la sociedad y a la iglesia .
Por otro lado, examina el término kefale = cabeza, y aunque reconoce que el sentido en el griego es de «fuente» (de vida, principalmente ), menciona que aquí el sentido es jerárquico-funcional (Cristo sujeto a Dios Padre pero como Salvador, sin menoscabo de su igualdad divina; tampoco estar sujeta le significa a la mujer menoscabo de su igualdad en Cristo). No cubrir la cabeza es una señal de insujección para el contexto en el que vive la iglesia de Corinto.
Y a continuación presenta los argumentos teológicos que el texto propone para establecer la sumisión de la esposa en el culto. Lo que se rescata básicamente de este análisis es que el principio de la prioridad del varón es indiscutible teológicamente, pero que la expresión cultural que revela el respeto o irrespeto a esta prioridad no es un asunto relevante: ayer fue el asunto del velo; hoy puede tratarse de formas de vestir inmodestas o demasiado sugerentes, por ejemplo . Es inaceptable la posición de H. A. Alonso en el sentido de que el tema del velo y el cubrirse la cabeza no es cultural, sino doctrinal .
Acerca del segundo pasaje, 1 Corintios 14: 33-36, la discusión se centra en torno básicamente a lo qué Pablo quizo decir con «callen» = sigatwsan, «hablar»/«hablen» = lalein, y «la ley lo dice» = kaqwV kai o nomoV legei. No es un asunto fácil de dilucidar; se disparan diferentes argumentos: sobre no permitir que hablen se dice por un lado que se relaciona al hablar en lenguas, mientras que también se afirma que está en relación al cuchichear o interrumpir con comentarios desordenados; para «callen», lo mismo; y para «la ley lo dice», unos lo remontan a Génesis 3 y otros a la tradición judía.
No hay acuerdo a la vista y todos parecen tener la razón. Sin embargo, es bien cierto que aceptar a rajatabla una prohibición de hablar en todo sentido en la congregación ocasiona más problemas que soluciones, puesto que implicaría que la mujer no pueda orar, decir amén, cantar, instruir a niños o saludar a visitantes. No hay razón para pensar, como lo hace H. A. Alonso , que la mujer sólo pueda hablar en reuniones de damas y enseñar a niños y niñas en la Escuela Dominical; eso es un anacronismo. Además, en 1 Corintios 11: 5 (cf. Hechos 2: 17-18; 21: 8-9) se permite a la mujer orar y profetizar en el culto. Es absurdo pensar, como lo hace Hodge, que la mujer puede recibir y ejercer el don de profecía, pero que no puede ejercerlo públicamente .
En cuanto al tercer pasaje, 1 Timoteo 2: 11-15, Jones advierte que es el más difícil de interpretar de los tres, no importa el punto de partida del intérprete . Como en el caso de 1 Corintios 14: 33-36, tomado aisladamente, prescindiendo de toda la enseñanza neotestamentaria, parece significar que la mujer debe aprender en silencio y no debe enseñar. Pero también como en ese caso, debe atenderse el contexto literario, los textos paralelos y el contexto histórico-cultural.
Además, Leslie E. Maxwell hace notar que la palabra hsucia, traducida como «silencio» es vertida en otros pasajes como «tranquilidad» y «sosiego» (1 Tes. 4: 11; 2 Tes. 3: 12) y que no hay razones para no hacerlo aquí, salvo algún prejuicio.
John Stott, citado por Jones , propone -como en el caso del velo- que se distinga en este pasaje entre los principios permanentes y la expresión cultural de esos principios en aquel entonces: la sujección de la mujer se expresaría en aprender con tranquilidad, reposadamente, sin causar alboroto: en tanto que el que la mujer no ejerza dominio o autoridad sobre el varón se vería reflejado en no enseñar. Esta interpretación tiene la ventaja de armonizar mejor toda la evidencia neotestamentaria y permitir, sin menoscabar el principio de la primacía del varón, que la mujer pueda poner en ejercicio sus dones en el culto público, expresando su sujección como mejor lo acredite su contexto cultural.
Un aspecto que no se ha contemplado aún es si en 1 Timoteo 2: 11-15 el apóstol está refiriéndose al culto público o a la vida familiar. Hay sugerencias en el texto a favor de lo segundo, puesto que hay un cambio del plural «mujeres» de los vv. 8-10 al singular «mujer» de los vv. 11-15 (y gunh se usa tanto para mujer como para esposa) al final de los cuales habla claramente de la familia. Pero también, aunque con muchas restricciones, es aceptable pensar que se está refiriendo al culto público. Se ve, pues, esa dificultad en el texto de que hablaba Jones al comienzo.

LA MUJER EN EL MINISTERIO CRISTIANO
Si no hay varón y mujer en Cristo; si ambos reciben los mismos dones del Espíritu, incluido el de profetizar; y si el velo, el callar, el aprender en silencio y no enseñar son expresiones culturales de la primacía del varón; entonces, podríamos pensar que no hay impedimentos para que la mujer participe plenamente de los oficios de la iglesia, llámense ancianos, pastores o diáconos. Pero no hay que apresurarse.
Pero tampoco hay que aventurarse, como H. A. Alonso, a establecer un listado de lo que la mujer puede y no puede hacer en la Iglesia, transportando experiencias eclesiásticas denominacionales con revestimiento bíblico; establecer, por ejemplo, grupos de dones de los cuáles la mujer puede ser receptáculo: servicio, liberalidad, misericordia, y otros que no: profecía, enseñanza, etcétera .
Cabe aquí la distinción, pues, entre oficios y dones. Sobre los segundos, ya se ha expuesto en el capítulo anterior. Sobre los primeros, es necesario ser meticulosos con los conceptos y las evidencias bíblicas.
No se pueden negar las siguientes verdades: Cristo no tuvo a una mujer entre sus apóstoles; Efesios 4: 11 no menciona profetizas; los argumentos sobre Junia como apóstol y de Priscilla como líder más importante que su marido son ambiguos, débiles e insuficientes, porque como se ha visto en el curso Prisca y Aquila hacían el ministerio mayormente juntos; los requisitos de 1 Timoteo 3 tienen en mente a varones y no a mujeres; todo el libro de los Hechos enfatiza el ministerio en manos de varones. Ante esa enumeración de argumentos, cabe muy poca refutación.
Solamente el caso de los diáconos y diacónisas abren la posibilidad del ejercicio de un oficio en la iglesia por parte de la mujer. En todos los demás casos, queda entendido que ellas pueden ejercer sus dones, pero siempre que lo hagan bajo la autoridad de los oficiales de la Iglesia, todos varones. No obstante, esta interpretación también podría ser examinada a la luz del contexto cultural y responder que el argumento del silencio no es suficiente para establecer una doctrina bíblica.
Entonces, ¿podemos hablar de pastoras y ancianas entre los oficios de la Iglesia? Estrictamente no. ¿Es antibíblico levantar pastoras y ancianas? Estrictamente, tampoco; se trata de un caso extrabiblicidad. Como afirma Jones, «la solución aquí es pragmática» , aunque él preferiría siempre un liderazgo masculino. Reconocer los dones carismáticos de las mujeres en la congregación no tiene que significar necesariamente otorgarmiento de oficios para ellas, salvo que no haya varones idóneos ni dispuestos.

CONCLUSIONES
No hay entera satisfacción en todo lo dicho, es verdad. La brevedad del tiempo y del espacio no permiten tomar en cuenta todos los factores y todos los argumentos, para el análisis más concienzudo. Sin embargo, se pueden establecer algunas conclusiones respecto al material estudiado.
En primer lugar, el innegable estatus de igualdad entre el varón y la mujer en la enseñanza bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, aunque esta igualdad dañada por la caída es restaurada en Cristo Jesús. Lo contrario son rezagos del judaísmo rabínico misógino.
Segundo, la necesidad de contextualizar debidamente los pasajes a estudiar, que literalismo no significa exégesis sana en ningún caso. La necesidad también de distinguir entre el principio bíblico y la expresión cultural, el uno de cumplimiento decididamente obligatorio y el otro de sujeto a la realidad contemporánea.
Tercero, la innegable prioridad que le otorga las Escrituras al varón, prioridad que ha de ser respetada. En cuanto al culto cristiano y el ministerio cristiano, aquello significa que nunca la mujer deberá ejercer sus dones a espaldas de los oficiales de la Iglesia, quienes de ser posible han de ser varones y ante quienes la mujer ha de estar sujeta.
La pregunta sobre si debe o no existir pastoras y ancianas, queda a criterio, sin ser antibíblico, sino sólo extrabíblico, con lo cual el debate queda nuevamente abierto.

BIBLIOGRAFIA

1. ALONSO, Horacio A. El rol de la mujer en la Iglesia. Terrassa, Barcelona: Editorial Clie, 1994. 202 pp.

2. BIBLIA DE REFERENCIA THOMPSON. Miami, Florida, E.U.A: Editorial Vida, 1983. 1812 pp.

3. CONCORDANCIA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. Nashville: Editorial Caribe, 1997. 936 pp.

4. FEE, Gordon D. Primera epístola a los corintios. Buenos Aires y Gran Rapids, Michigan: Nueva Creación y William Eedmans Publishing Company, 1987. 989 pp.

5. FEE, Gordon D. y STUART, Douglas. La lectura eficaz de la Biblia. Deerfield, Florida: Editorial Vida, 1994. 224 pp.

6. FITZMYER, Joseph A. Teología de San Pablo. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1975. 202 pp.

7. HODGE, Charles. Comentario sobre la Primera Epístola a los Corintios. Londres: The Banner Of Truth Trust, 1969. Traducción de Miguel Blanch. 345 pp.

8. JONES, David. La mujer en la Iglesia. Lima, Perú: Ediciones Puma, 1999. 59 pp.

9. MAXWELL, Leslie E. La mujer en el servicio cristiano.El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1990. 144 pp.

10. NUEVO DICCIONARIO BÍBLICO. Barcelona, Buenos Aires, La Paz, Quito: Ediciones Certeza, 1992. 1479 pp.

11. ROBINSON, John. El cuerpo. Barcelona: Libros de Nipal, Ediciones Ariel, 1968. 99 pp.


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Comentarios:
que DIOS tebendiga, es un excelente trabajo, el todo poderoso te siga usando para su gloria.
Enlace permanente Comentario por JOSE QUITERIO ROMERO 18.11.09 @ 03:58
hola no lei nada de esto solo buscaba a una persona en especial y encontre su nombre es una chica ke publico su comentario joselyn gonzales quisiera saber si eres tu mi jossy ^^
soy de peru lima villa maria del triunfo si eres tu hasmelo saber nos vemos ^^
Enlace permanente Comentario por chamy 05.08.09 @ 05:23
Muchas gracias necesitaba un material como el entregado pues muchas veces se mal interpretael rol femenino y se nos quita importancia muchas gracias y fuerzas.
Enlace permanente Comentario por Natalia 16.06.09 @ 03:53
putos de mierda tarados gorada pansona
Enlace permanente Comentario por conchita 31.08.08 @ 18:44
muy buen tema de gran valor para las mujeres que aun no encuentran el proposito que Dios tiene para su vida, no deben dejarse llevar por comentarios machistas ni peyorativos sino rogar a Dios les use en gran manera , como el quiere bendiciones ,.-...JOS
Enlace permanente Comentario por jocelyn gonzalez 27.12.07 @ 16:27
Hoy tuve la oportunidad de ingresar en esta página Web y poder leer el artículo respecto al rol de la mujer en la Iglesia.

Me pareció muy bien elaborado y abordado, felicitaciones por el trabajo realizado, así mismo gracias porque lo pueden colocar en la Web, de tal modo que sea accesible para muchos.

Es posible que me enviaran una copia más completa, derepente tomando en cuenta si hay contradicción acerca del texto 1Co. 11:5 con 1Co14:34-35??
estaré esperando su respuesta.
Al final les deseo muchas bendiciones de Cristo nuestro Señor y Salvador.

Atte. Juan Carlos
Enlace permanente Comentario por Juan Carlos Huayta Baldiviezo 10.08.07 @ 17:27
Exelente trabajo de Exegesis muy completo, muy respetuoso.
quisiera conocer mas caerca de la exegesis de 1aCor 11 en la seccion acerca del velo
su exegesis es muy importante en muchos niveles del cristianismo y son escasas. por eso le agradeceria si tiene mas trabajo exegetico acerca de eso, me lo enviara
Gracias dios le bendiga
Enlace permanente Comentario por OSCAR RUIZ 13.07.07 @ 23:39
buena pagina, Resuelve algunas dudas. sigan a delante Huestes de la Fe.
se despide el Hermano Ruben.
Enlace permanente Comentario por ruben 19.05.07 @ 17:41

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