Un óvulo puede ser fecundado por millones y millones de espermatozoides. Piénsese en la cantidad de hombres que puede tener una mujer a su disposición. No es ninguna exageración, pues, afirmar que un óvulo contiene infinitas posibilidades de vida. Si finalmente es fecundado puede decirse que el individuo que surja representa a todos los que pudieron nacer en su lugar. Ello significa que ha de demostrar que estuvo bien que naciera él (o ella) y no otro, ya que es tan digno como los demás. Y de pronto vemos a Pepiño y pensamos que no es posible que éste represente a nadie. De la teoría a la práctica va un abismo.
Yo no te leo nunca, me dijo alguien por teléfono, sin que le hubiera preguntado nada al respecto. Llega un momento en la vida en que incluso los más obstinados acabamos por darnos cuenta de donde no hay no se puede sacar, de modo que pudiendo haberle respondido “es que yo no escribo para tontos”, opté por no decir nada. Quizá, también influyó en mi silencio ese pensamiento de Goethe que dice que la más cruel consiste en no vengarse. He sacado a relucir esta cuestión dado el destinatario no me lee, por aquello de la representatividad del principio y porque el susodicho procede de una tribu de sádicos.
¿Consistirá el infierno en la vida que llevan quienes han renunciado a toda esperanza, aunque alguna de las que lo hagan puedan llamarse Esperanza?
El ser humano, como se ha visto al principio, tiene grandes horizontes ante sí. Sin embargo, con alguna frecuencia, renuncia a ese espíritu lúdico que le llevaría a explorar todas sus posibilidades, para tratar de desarrollarlas y encontrar su utilidad y opta por convertirse en un ser sombrío y temeroso de volar por sus propios medios. Incapaz de buscar la luz, intenta tapar el sol con un dedo. Pero el ser humano libre, como fue Cervantes, y como lo han sido tantos otros, siempre ha intentado buscar su propio camino, que no es el que marcan los cenizos.
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