Punto de vista

El atraco

20.07.06 | 18:33. Archivado en Actualidad

El atracador accedió a la oficina bancaria; rápidamente se caló el pasamontañas, sacó su enorme navaja y atrapó al hombre que tenía más cerca,para llevarlo ante la puerta del recinto de caja. Allí, situó a su rehén contra la pared, sujetándolo con una mano, mientras hacía rápidos movimientos hacia delante y atrás con la navaja que tenía en la otra, haciendo como si fuera a clavársela en el estómago. Alternaba los movimientos amenazadores de la navaja con fuertes patadas a la puerta del recito de caja. Los empleados de ésta, permanecían sentados en sus sillas, sin demostrar ninguna intención de abrir. Algunos de los empleados de la oficina gritaban, llenos de pánico; otros estaban inmovilizados por el terror. Algunos clientes pudieron esconderse en el archivo. Pero uno de ellos se abalanzó por detrás sobre el atracador y ambos, atracador y cliente, cayeron al suelo. El navajero, demostrando buena condición física, se levantó de un salto y quedó con la navaja en la mano y lleno de furia frente a quien le había derribado y su rehén anterior. Surgió entonces otro cliente, sacristán de una parroquia de los alrededores, que, armado con una silla se arrojó contra el delincuente. Éste optó por huir.
Los sistemas de grabado del Banco permitieron identificar al atracador y detenerlo. En el juicio aceptó sin rechistar una pena que excedía de los diez años, puesto que ya estaba cumpliendo otra que pasaba de los veinte.
Ninguno de los dos héroes que solucionaron la papeleta recibió recompensa alguna. El sacristán ni siquiera figuró en el parte de la policía ni tuvo que ir al juicio. Ambos actuaron de forma totalmente desinteserada y con riesgo de sus vidas. El sacristán está acostumbrado a hacer frente a ladrones en su parroquia, pese a que no es joven ni destaca por su musculatura ni por su talla. Es, sencillamente, valiente.
Esta clase de personas, como el vendedor de pareos que salvó a la niña que fue mordida por un pez en la playa de San Juan, son muy útiles para la sociedad, pero no son estas cualidades que han puesto en evidendencia las que se demandan a la hora de seleccionar el personal en ningún sitio público o privado. Estas actitudes se alaban y se aplauden cuando suceden, para olvidarlas inmediatamente.

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