Punto de encuentro

Sartre y la Navidad

22.12.18 | 18:51. Archivado en Acerca del autor

Cuando nos referimos a Jean Paul Sartre, lo primero que nos viene a la mente es una persona que vivió a mediados del siglo pasado, gran intelectual y sobre todo filósofo existencialista ateo que, a partir de su libro El ser y la nada, sus temas recurrentes fueron el fracaso humano, la soledad existencial y la muerte. Trató de representar la angustia de un alma consciente de hallarse condenada a ser libre.

Nada hace pensar que el que fuera uno de los referentes del Mayo francés del 68 tuviera relación con la Navidad cristiana. Si nos vamos a la mayoría de referencias bibliográficas suyas, no aparece ningún escrito indicativo de dicha relación. Y sin embrago, existe. Se trata del libreto de Navidad, Barioná, el Hijo del Trueno (Vozdepapel, 2004), escrita por él en 1940 para una representación teatral en la Nochebuena con el objetivo de insuflar esperanza a sus compañeros de confinamiento en un campo de prisioneros nazi en Tréveris (ciudad natal de Marx).
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Sartre era, por aquel entonces, un militar con grado de oficial, prisionero de guerra. Un grupo de sacerdotes presos como él lograron que los nazis dejaran celebrar la Navidad. El permiso se vivió como un gran acontecimiento, y fue Sartre quien se ofreció escribir y montar un libreto dentro de las actividades navideñas. El auto de Navidad resultante se representó ante más de 12.000 soldados prisioneros.

Cuando Sartre consigue escapar del campo, reniega de la obra y no autoriza su publicación hasta 1962, año en el que permite que se haga una pequeña edición siempre y cuando aparezca una nota en la que se indique que él nunca coqueteó con el cristianismo al escribirla. Pero se ve la influencia de Georges Bernanos, que él mismo Sartre reconoció que había leído por entonces. Y el teólogo francés René Laurentin opina significativamente que “Sartre, ateo deliberado, me ha hecho ver mejor que nadie, si exceptuamos los evangelios, el misterio de la Navidad. Por esa razón le guardo un inmenso reconocimiento”.

A través de Barioná, protagonista de la obra, explica con una gran sencillez, cómo en la noche de Navidad, nació en Belén la esperanza para el mundo. Sartre utiliza la figura del protagonista para explicar el proceso de transformación que siente quien conoce la buena nueva que trae ese niño pequeño e indefenso al que todos adoran en el contexto del esperanzador triunfo de la fe. Barioná, el ardiente zelota que pretendía desvanecer la ilusión mesiánica de sus hombres intentando estrangular al niño Mesías, finalmente se encuentra con Él, tocado por su gracia y decide dar su vida para salvarle.

Durante la obra, el sabio rey Baltasar -representado por el propio Sartre- insta a Barioná a la esperanza: "Sufres y, sin embargo, tu deber es esperar. Tu deber de hombre. Es para eso para lo que el Cristo ha bajado a la tierra. Para ti más que para cualquier otro, porque tú sufres más que cualquier otro". El Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, el Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para escapar en él y por él, eternamente, de todos los dolores".

Y le reafirma la dignidad de todo hombre y su derecho a la alegría: El Mesías “viene a decir a los ciegos, a los parados, a los mutilados, a los prisioneros de guerra: no debéis absteneros de hacer niños. Porque incluso para los ciegos, para los parados, para los prisioneros de guerra y para los mutilados, existe la alegría".

El mismo Sartre que escribió esta obrita fue el que, al final de su vida, expresó su experiencia de Dios. El filósofo Rupert Sheldrake recoge esta reseña del diario Le Nouvel Observateur, poco antes de la muerte de Sartre: “No me percibo a mi mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el universo, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que solo un Creador pudo colocar aquí; y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios”.

Parece una declaración en toda regla de la conversión de Sartre. Gracias Dios, nunca mejor dicho, los recovecos del corazón anidan siempre un espacio para florecer la verdadera Navidad.


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