ISABEL PAVÓN
Aquel profeta era plenamente consciente de que había sido llamado a desempeñar una misión que sólo él podía hacer posible. Había llegado su hora. Sabía de hombres y mujeres necesitados de su gracia. Sabía que sólo él tenía poder para sacarlos del túnel de la muerte y devolverlos a la amplitud de la vida. Vida abundante.
Un amanecer, el profeta se echó a andar por los traicioneros caminos del mundo y, al acercarse a las puertas de una pequeña ciudad sin nombre propio, vio en su interior lo que parecía la figura de un hombre desalentado. Se acercó un poco más para certificar su sospecha. Antes de pronunciar sus palabras, dejó al descubierto la cicatriz de una herida que marcaba su costado. Entonces le dijo: “¡Levántate! Es necesario que camines”. Y por el poder del que hablaba, el que estaba enfermo de desidia, se levantó y caminó.
Aquél profeta descansó un rato antes de continuar su cometido.
Más tarde, en la misma ciudad, fue en busca de una mujer de quien supo que, por causa del miedo, permanecía muda desde hacía veinte años, y le dijo: “¡Levántate! Es necesario que hables”. Y aquella mujer, enferma del mal del silencio injustificado, por el poder del que hablaba, se levantó, humedeció sus labios y su garganta con los mensajes que el profeta le ofreció en el propio cuenco de sus manos y comenzó a hablar, sin miedo alguno, palabras buenas.
Puede leer aquí el artículo completo de esta escritora y miembro de una Iglesia evangélica en Málaga
de fe protestante titulado ¡Levántate!
Viernes, 17 de febrero
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