NOA ALARCÓN
En 1963 apareció un libro en Estados Unidos, un libro que con el paso de las semanas y de los meses empezó a colarse furtivamente en los hogares de clase media de los suburbios de las grandes ciudades, un libro que las amas de casa no colocaban junto a los demás en la librería del salón, porque no querían que los vecinos supieran que lo estaban leyendo. Más bien, ese libro se quedaba en las mesillas de noche, debajo de papeles o de otros libros, o de la misma Biblia, para que sus maridos tampoco hicieran demasiadas preguntas.
Un libro que se leía furtivamente mientras la cena se hacía en el horno, pasando la aspiradora o en el cuarto de baño. A pesar de los casi cincuenta años que han pasado, The Feminine Mystique, de Betty Friedan, es un libro que impresiona. Sin proponérselo, esta mujer sentó las bases de los movimientos feministas que un decenio después empezarían a recorrer las calles de Estados Unidos y del resto del mundo.
A Betty Friedan se la llama precursora del feminismo. Particularmente, no soy muy feminista, porque a partir de los años 80 ese movimiento lo abanderaron las asociaciones de mujeres que pretendían “derrocar el imperio del hombre” en vez de unirse en igualdad de condiciones a él, y yo nací cuando los derechos de la mujer ya estaban más que asegurados en este país (los derechos legales, aunque la desigualdad, hoy por hoy, sigue siendo más que evidente). Aún así, mi madre decía que el feminismo es lo mismo que el machismo, pero al revés, y nos enseñó que teníamos que tener respeto a todo el mundo, y que no teníamos que pretender ser buenas mujeres, sino buenas personas. Defender la igualdad de la mujer no es ser feminista, de la misma manera que defender la igualdad de todas las razas no es ser racista.
Puede leer aquí el artículo de esta escritora y filóloga de fe evangélica, titulado La mística femenina.
Viernes, 1 de junio
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal