ISABEL PAVÓN
Érase una vez Margarita, una linda flor que, con el poder de sus pétalos, designaba el sí o el no quiero a quien se acercaba a consultarle. Sus respuestas eran tajantes. Entre sus respuestas no cabía un “luego veremos”, un “voy a pensarlo”, un “ya decidiré...”. No. Las respuestas de Margarita eran tan afiladas como la hoja de un cuchillo que logra cortar de un tajo aquello que se propone.
Margarita, a la vez, exigía servidumbre. Era..., cómo decirlo..., ella era como la reina de un jardín donde no debía existir la sumisión, pero existía. Si el pétalo que Margarita mostraba llevaba escrito un “sí”, cualquier cosa se llevaba a cabo. Si llevaba un “no”, ¡para qué dar más explicaciones!
Tan grande y antigua era la tradición de supremo poder que rodeaba a Margarita que, la decisión de sus pétalos, no dejaba lugar a dudas.
Margarita, eso decían, había nacido para ser mandar. Cada mañana, al abrirse de nuevo, se vestía con su propia magnanimidad y se colocaba una gran corona de honor.
Puede leer aquí el artículo completo de esta escritora y miembro de una Iglesia evangélica en Málaga de fe protestante titulado La voz cantante de Margarita
Viernes, 1 de junio
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal