Protestantes

Crucifijos en las aulas

REDACCIÓN P+D

Ha saltado, una vez más (y van...) la cuestión de los símbolos religiosos en los espacios públicos, en este caso las aulas de los colegios. El debate, también como siempre, se ha interpretado desde el punto de vista católico como un ataque a su confesión, y ha sido respondido desde el laicismo con diferentes tonos, entre la acritud y la antireligiosidad. Los protestantes, como ocurre a menudo, nos encontramos entre las “balas” del fuego cruzado de ambos bandos.

En cuanto al catolicismo, quitando personas y entidades razonables, se hace un bastión de “Santiago y cierra España” a un hecho que es de simple lógica y justicia.

Antes de entrar en materia, queremos aclarar que el cristianismo evangélico no tiene símbolos religiosos, y por lo tanto carece de crucifijos por la imagen del Jesús clavado en el madero, pero sí es usual ver la cruz presidiendo los templos. Pero podemos afirmar que -sin existir identificación- sí que no hay animadversión contra el crucifijo; pero defendemos su ausencia de la misma forma que defenderíamos que no haya símbolos religiosos musulmanes en las escuelas públicas de los países islámicos. Una pretensión que tristemente parece lejos de la realidad tanto en la Europa católica como en los países árabes. ¿Por qué? Porque nadie renuncia a su cuota de poder fáctico.

Puede leer aquí el editorial completo de la Dirección de Protestante Digital titulado Crucifijos en las aulas

2 comentarios


De mayor quiero ser Ana Mª Matute

10.11.09 | 12:00. Archivado en Sociedad, Arte y cultura, 2.- OPINIÓN

NOA ALARCÓN

Estos últimos días me acompaña una sensación de congoja que toma la palabra en mi mente en los silencios previos a subirse al autobús o al metro, o justo antes de que el semáforo se ponga en verde para cruzar. Por un lado, he hecho mucho el vago esta última semana, y mi videoconsola es testigo de ello. Por otro lado, lo último que he leído me ha dolido un poco en mi amor propio.

Vuelvo a Henry James. Vagueando un día, remoloneando en vez de dedicarme a algo útil, entré en una librería y encontré un volumen perdido con tres obras menores del gran maestro, y me lo llevé a casa compulsivamente.

Uno de esos cuentos era La lección del maestro. Está escrito en 1888 y reeditado en 1892, y posteriormente, una y otra vez, reescrito y reeditado por ese afán compulsivo de Henry James que nunca daba una obra por terminada, ni aunque pasaran diez años. En su línea, lo que mueve la trama no son las acciones de los personajes, sino sus psicologías, en un delicado juego de ambigüedades y sutilezas.

Puede leer aquí el artículo completo de esta escritora y filóloga de fe protestante, titulado De mayor quiero ser Ana María Matute.


Viernes, 1 de junio

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Editado por

  • Pedro Tarquis Pedro Tarquis

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