ISABEL PAVÓN
Hubo un tiempo en que el deseo más grande de mi madre fue tener una escalera de mano. Estábamos recién mudados de casa y le venía muy bien, tanto para limpieza de altillos, como para quitar y poner cortinas, subir paquetes, colgar lámparas,... En fin, antes de conseguirla ya había buscado los mil y un usos que a cuatro peldaños de madera se le podría buscar. Era su ilusión.
Una tarde mi padre le dio la sorpresa. Apareció con el regalo tan esperado, y ella, loca de alegría fue llamando a algunas vecinas con las que había empezado a congeniar. Quería que la vieran:
-¡Venid!, gritó por el patio de luces, ¡Aurora!, ¡Loli!, ¡María!, ¡Antonia!,... llegaos a ver el regalo que acaba de traerme mi marido. (Hoy día, esto que cuento parecerá una tontería, pero en aquel tiempo una cosa así tenía su enjundia...). Las cuatro se acercaron enseguida, y ya in situ mi madre continuó:
-¿Veis como subo?, ¿veis como bajo?, pues ya sabéis, si algún día la necesitáis no tenéis más que pedírmela. (Me parece que la estoy oyendo) Una alcanza con esto hasta donde tenga que alcanzar, ¿queréis probar?Fue decir eso y estrellarse contra el techo. Pobrecilla. Verán por que lo digo.
Puede leer aquí el artículo completo de esta escritora evangélica titulado Escalera de mano
Martes, 14 de febrero
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