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Persona y Responsabilidad Social Corporativa

Permalink 21.02.07 @ 00:45:44. Archivado en Sociedad, Fundamentos

La realidad personal del ser humano está en el centro de cualquier aspecto vital que queramos abordar, tal y como debe ocurrir en la empresa.

“ Persona “ es relación, y toda relación humana posee un sentido ético, por lo tanto es importante recordar que las relaciones económicas y empresariales no escapan de este sentido ético que debe acompañar a cualquier relación humana.

Para mejorar cualquiera de las dimensiones de la persona, hay que tener en cuenta que entre todas ellas existe una conexión íntima y que el beneficio que se le proporciona a una de ellas influye en el resto.

Toda persona está dotada de una dignidad singular, plena e inalienable, por ello no se la puede reducir a cosa alguna ni tampoco ponderar su valor en comparación con otras, ya que en cierto sentido, podemos afirmar que su valor es absoluto.

Cada persona es única, insustituible e irrepetible; por lo que no puede ser empleada como mero objeto, sino que ella es un fin en sí misma.

La persona debe ser tratada siempre en función de esa dignidad que le es propia y que posee desde el momento de su concepción hasta su muerte, sin establecer distinción por razón de su etapa de desarrollo, raza, credo, procedencia, sexo o cualquier otra condición personal.

El ámbito natural en el que se desarrolla la vida humana es la familia y ésta se incardina dentro de una sociedad.

La persona tiene una capacidad social y transformadora de su entorno que le compromete en una serie de principios éticos como pueden ser: la ayuda a los demás, mejorar la sociedad en la que vive, extender la riqueza de una manera solidaria, dignificar el trabajo, mejorar el entorno medioambiental...

La realidad personal como base para cualquier estrategia en Responsabilidad Social Corporativa.

Las personas que participan en un proyecto empresarial, lo primero que buscan es ser felices y para ello la empresa tiene que atender a todas y cada una de sus dimensiones.

Si la empresa no es capaz de mejorar a las personas que en ella participan, no está cumpliendo con la función social que le corresponde.

Y esta mejora personal no se debe de producir sólo en su dimensión material, sino que debe enriquecer a todas sus otras dimensiones como son la física, la afectiva, la social y la espiritual.

Pues bien, partiendo de cómo trata una empresa esa realidad personal y su entorno, podemos distinguir tres niveles en el desarrollo de la Responsabilidad Social Corporativa:

Nivel de subsistencia: Lo primero que tiene que satisfacer una empresa es la dimensión material, tanto de sus trabajadores (facilitándoles recursos para poder vivir) como de ella misma (sacando adelante su cuenta de resultados para poder subsistir y seguir cumpliendo su función social). Lo más noble que puede hacer una empresa es ganar dinero, para de esta manera asegurar el trabajo futuro de todas las personas que viven de ella.

Nivel humanizador: una vez realizado lo anterior, la empresa tiene que satisfacer la dimensión física y afectiva de sus trabajadores y colaboradores. Destacar en este apartado, la importancia de la ética en la relación con los clientes y proveedores.

Nivel relacional:la capacidad que tenemos de salir de nosotros mismos para relacionarnos con los demás y con lo trascendente, es lo que configura nuestra dimensión social y espiritual. Esta capacidad transformadora de nuestro entorno y de nuestro ser, es lo que nos lleva a ayudar a los demás, a mejorar el entorno medioambiental y a relacionarnos con lo trascendente.

Joaquín Abellanas. Colaborador de Profesionales por la Ética

Esto si que es noticia

Permalink 24.12.06 @ 03:30:23. Archivado en Fundamentos

Se les presentó un ángel del señor y la gloria del Señor los rodeó de Luz; y ellos se llenaron de miedo. El ángel les dijo:

Dejad de temer, pues os anuncio una gran alegría, os ha nacido el salvador que el Cristo Señor, en la ciudad de David. Esto os servirña de señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales reclinado en un pesebre.
San Lucas 2,9-12

PROFESIONALES POR LA ÉTICA desea que Dios hecho Niño entre en vuestras casas, en vuestros corazones, en vuestras ciudades y en todos los rincones de España y del mundo, tan necesitado de fe, esperanza y caridad.

Feliz y santa Navidad para todos.

La inmolación de la ética en la pirámide de la ciencia

Permalink 02.12.06 @ 19:10:20. Archivado en España, Fundamentos

Caía la tarde en la ciudad azteca de Tenochtitlan, pero no decaía la angustia de los jóvenes padres. Desde que los españoles llegaron hace ya algunos meses, la enfermedad consumía a su joven primogénito. Las viruelas representaban una amenaza aún mayor que las armaduras invasoras. El tonalpouhque, sumo sacerdote y adivino, había recomendado ofrecer sacrificios a Huitzilopochtli, dios de la guerra, para que su hijo de cuatro años pudiera cumplir con su destino: sanar y convertirse en un guerrero. Nada honraría más a los jóvenes progenitores. Consultado el tonalamatl, o «libro de las suertes», el adivino había sentenciado que sus hermanos gemelos recién nacidos debían ser glorificados en la gran pirámide, en el momento del orto solar, para complacer a Huitzilopochtli. La ciudad sufría un asedio militar y para una pareja azteca, ningún destino podía ser mejor que contribuir a la curación de su hijo y a la liberación de todos sus vecinos. La madre, desesperada, gritaba su dolor e impotencia. El padre solo veía una solución: Entregar los bebés.

Solo la muerte repentina del hermano mayor salvó a los gemelos de su inmolación por la salvación de la ciudad y la honra de la familia. Las huestes españolas entraron antes de que pudieran concederle las honras fúnebres. Los pequeños salieron ilesos de la batalla.

Un episodio novelado de la historia antigua mesoamericana, acaso no tan disparatado, nos ilustra sobre el problema de la consideración debida a la vida y a la dignidad del ser humano inocente. Nos repugna pensar que dos jóvenes indios, buenos ciudadanos, amantes de la vida y la naturaleza, pudieran ser capaces de ofrecer sus gemelos recién nacidos en sacrificio, para salvar la vida de su hermano enfermo, y propiciar la complacencia o la intercesión beneficente de los dioses de la guerra.

Cuando observamos la barbarie de algunas costumbres en culturas tan desarrolladas como alguna civilización precolombina, nos escandalizamos porque nos parece aberrante que una madre sea capaz de sacrificar a dos de sus hijos para salvar a un tercero.

Sin embargo, nuestra avanzada civilización occidental, con todo su desarrollo y modernidad, no parece haber evolucionado mucho, al menos en lo referido a este punto: el estatuto y protección debida a la vida humana inocente.

La prueba la tenemos en la noticia de la prensa de hace algunas semanas en que se informaba de la resolución del Ministerio de Sanidad español por la que ocho familias españolas con hijos afectados por graves enfermedades, podrán ponerse en tratamiento para concebir un bebé sano que, a su vez, sea el donante “perfecto” para su hermano enfermo.

Desde que entrara en vigor la Ley de técnicas de reproducción humana asistida hace unos meses, - normativa que ya hemos comentado en este mismo blog-, es legal en España concebir por medio de estas técnicas el llamado «bebé medicamento», poner la técnica al servicio de un fin bueno, la curación de un niño enfermo.

Nada que objetar, en principio, a la finalidad de los padres y de los médicos. Los problemas, (los éticos, me refiero), sin embargo, están en el “cómo”. Porque, si los padres intentaran tener por vía natural un hermano que pudiera ayudar al otro, solo existiría el inconveniente de que algún día ese niño concebido para servir a su hermano, pudiera recelar de que hubiera sido querido por si mismo y recibido con el mismo amor y gratuidad que sus hermanos.

En el caso que nos ocupa, en cambio, los padres de los niños enfermos se someterán- sin que exista un problema de infertilidad o esterilidad-, a una fecundación in vitro (FIVET o ICSI ), por la que se producirán varios embriones. Solo el que los técnicos consideren mejor dotado para ayudar a su hermano será implantado en el útero materno. El resto se congelarán o se destinarán a investigación o se destruirán. En el mejor de los casos, el hermano más compatible, más sano, e idóneo llegará a nacer para servir de banco de tejidos u órganos a su hermano mayor. En el peor, será troceado en sus primeros días para obtener células madre útiles para la medicina regenerativa.

La ciencia hoy nos asegura que el embrión es un ser humano, desde pocas horas después de la fecundación y por tanto, también ya antes de su implantación en la madre. El problema bioético está planteado en la aceptación legal de la muerte intencionada de vidas humanas tras el diagnóstico preimplantacional; en la eticidad de la selección eugenésica de seres humanos.

Hay ocho familias dispuestas a sacrificar dos o más de sus hijos en edad embrionaria, para que pueda crearse uno que -quizá- podrá ayudar a curar a su hermano. Pero, ¿es aceptable éticamente, sacrificar una sola vida humana como medio para salvar a otra u otras?

Tratando de comprender la desesperación de unos padres que solo quieren salvar a un hijo, estamos repitiendo el caso de nuestra leyenda inicial: Como en el caso de nuestros indios, están dispuestos a inmolar a sus hijos que están sanos, para salvar al enfermo; o autorizar su muerte para el progreso de la ciencia, o por el bien de la ciudad. El fin bueno parece justificar su desangramiento en el altar de la ciencia, en la pirámide de la desesperación.

José Carlos Abellán Salort
Profesor de Bioética y Biojurídica

Lenguaje como medio de torsión de las instituciones sociales en la España actual(I)

Permalink 18.10.06 @ 20:08:17. Archivado en Sociedad, Fundamentos

Dr. D. Javier Barraca (Profesor de Humanidades)

La España actual asiste, a menudo perpleja, a la decidida voluntad política de hacer un uso abiertamente estratégico del lenguaje. Su meta estriba en alterar, así, ciertas figuras jurídicas y formas de convivencia, hasta ahora sólidamente asentadas como cauces fecundos para la relación humana. Desde la perspectiva técnica, lo que se hace es operar una modificación radical e intencional del lenguaje, que varía, confunde, intercambia o incluso suplanta sus significados y expresiones, en un abuso declarado de su alcance. Practica, así, el célebre “uso alternativo” del lenguaje y de las instituciones, predicado por ciertas derivaciones extremas del marxismo, el feminismo o el nacionalismo radicales. Dos ejemplos concretos de ello, que podemos examinar, desde este prisma, pueden hallarse en el llamado “matrimonio homosexual” y en el “divorcio express”.

La clave de esta estrategia socio-política radica en que, desde el mismo poder, se introduce en el seno de la institución, por la vía imperativa del corpus legislativo, una maraña de vocablos y conceptos, que pervierten el sentido genuino de tales instituciones. Se las metamorfosea o convierte (meta-noia), obrando en su propio interior lo que Nietzsche aplaudió como “la transmutación de los valores”. Esto, incurre ya, desde su origen, en un exceso inicial, pues, lo primero que cabe advertir aquí es que, de hecho, al actuar de este modo invasor en la sociedad, “se legisla, regula, norma u ordena en demasía”, y sin derecho alguno. A este propósito, sobre el vicio de la actual “incontinencia legislativa”, algunos han advertido que el populista o demagogo de las masas, de la época moderna, cuando queda solo, frente a un supuesto problema: “legisla”, acaso en un movimiento reflejo de su concepción estatalista de la realidad social. Mas, acerca de esto, ya nos previno en cambio Cervantes, quien, por boca de don Quijote, aconseja con sabiduría que, en lo tocante a leyes: “(a Sancho) (…), justas, claras y POCAS”.

En este sentido, lo primero que debe denunciarse es el fondo de “positivismo” o materialismo, de craso reduccionismo de lo humano, que laten en lo más hondo de tales métodos. Porque ni la sociedad, ni el Derecho, ni las instituciones humanas son “un puro voluntarismo”, ciego a lo real. Sociedad, instituciones, Derecho y, desde luego, lenguaje, deben, por el contrario, partir de la realidad. No es justo, en comunidad o en Derecho, lo que la gente quiere sin más, por el solo hecho de quererlo; sino “lo que corresponde, de manera proporcionada, a alguien”. Ciertamente, la ideología subyacente a este transformar las homo-parejas en matrimonio homosexual, o la aceleración geométrica de la capacidad de escisión conyugal, resulta, en cuanto consideramos la Historia universal, profundamente extraña. Esto, salvando ciertos tópicos, hoy descubiertos como falaces, como los de la licitud de la práctica homosexual greco-romana, que en el fondo desconocen su expresa prohibición jurídica tanto en Atenas, como en todo el ámbito veterotestamentario, etc. Lo cierto, por el contrario, es que estas ideas responden, ante todo, al deseo o voluntad expresos, de algunos ciudadanos actuales, integrados en ciertos colectivos, hasta ahora de hecho minoritarios.

Lo segundo, aquí, es algo tan sencillo, pero tan crucial, como poner entre interrogantes; es decir, cuestionar LA COHERENCIA o validez lógica interna de dichas transformaciones lingüísticas y conceptuales. Ello, porque tanto la noción misma de matrimonio homosexual, como la de divorcio express, se muestran, al menos en un principio, como lo que en filosofía llamamos un “OXÍMORON”. Es decir, se trata de expresiones que incluyen elementos que se oponen entre sí (como la expresión “círculo cuadrado” o “lleno de nada”, etc). Se trata de auto-contradicciones, que se invalidan a sí mismas. No necesitan a nadie, en fin, para su propia auto-destrucción lógica. Entiéndase esto bien: no decimos que estén “locos” quienes las utilizan o promueven, ni que se trate de seres perversos por definición, sino que incurren en un error de concepto. Ello, debido a que, tal como se ha denunciado, “matri-monio” quiere decir: “madre, y cuidado o atención a ésta” (“mater-monium”); cuidar “a la madre”, y velar su maternidad, proveer con celo a las necesidades y bienes de dicha madre “por parte del otro, del distinto de ella, del término opuesto, del padre”. Mas, del homosexual varón no se puede decir que sea madre en sentido auténtico (ser madre es más que hacer la función de la madre, es “serlo”, ya por naturaleza o adopción); y de la mujer lesbiana, en cuanto que lesbiana, no se origina hijo; y, si ya lo tiene, no cabe “cuidar o atender” a ésta como madre, por parte del padre, si no existe varón alguno, en su proximidad (no alguien que haga la función de padre, sino que “lo sea”). En cuanto al divorcio express, se trata aquí de la ruptura de la unión conyugal, un vínculo de tal intimidad y valor, de tanta importancia, tan extremadamente delicado, que no puede admitirse en él la forma “express” –como en un cafetito-, por la frivolidad o banalidad que ésta conlleva. Es decir, la metáfora denuncia un modo de hacer análogo o semejante al del tren expreso, sin pausa o estación en su camino, que no se para en ningún punto que se halle en su ruta, debido a la prisa o celeridad. ¡Cuidado, sin embargo, con las prisas!, aconseja la prudencia. y advierte el refranero popular español. Si se rompen ciertos elementos de una unión matrimonial, (lo cual habría también que cuestionar en su sentido filosófico), nunca podrá hacerse sin un “tiempo”, o pausa adecuados, sin atender a cierta cautela. Es decir, atropelladamente, y, además, “sin causa alguna”, como se pretende en esta figura (fuera de la pura voluntad individual). Por cierto, qué “trato” tan extraño, para el Derecho, el del nuevo matrimonio con divorcio express incluido, al menos en potencia: un trato que puede romperse por uno sólo, y sin más pretexto que su “graciosa” voluntad (viola el principio elemental de “pacta sunt servanda” -los pactos deben ser respetados-, e ignora los efectos de un perjuicio injusto en terceros).

Somos cristianos y somos ciudadanos

Permalink 02.10.06 @ 07:20:16. Archivado en Sociedad, España, Fundamentos

Decía De Gásperi que "en política debe regir el principio de laicidad: el creyente actúa como ciudadano en el espíritu y en la letra de la constitución y se compromete a sí mismo, a su categoría, a su clase y a su partido, pero no compromete a la Iglesia".

No le faltaba razón a quien fuera ejemplar cristiano y eficaz Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente del Gobierno de Italia, pero su tesis, buen antídoto para nuestra muchedumbre de aficionados al insano clericalismo, presuponía, para ser precisa, que el creyente es, de verdad, “creyente”. Y esto bien debiéramos saber los bautizados que no es precisamente un adorno. Antes bien, es una opción libre que, tomada en serio, transforma radicalmente toda nuestra vida haciendo que las realidades temporales en las que somos peregrinos tengan un significado diferente, ordenado a eso que nuestros mayores llamaban la “bienaventuranza” del hombre.

He aquí, pues, la tesis completa: el creyente actúa en la vida cívico-política desde su esencia religiosa, pero adopta en el espíritu y en la letra lo que es propio de la condición ciudadana, sabiendo distinguir las diferentes finalidades de la Iglesia y la sociedad civil.

Viene esto a propósito de la dolorosa y a la vez venturosa “crisis” a la que los católicos españoles nos hemos visto abocados merced a la brutal arremetida laicista de quienes nos gobiernan desde el poder político y mediático. Agresión que, en último término, pretende imponer a los españoles una falsa y absurda incompatibilidad entre catolicidad y ciudadanía.

“Crisis” porque, conforme a una de las acepciones del Diccionario, representa un “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. Si el Espíritu ha querido valerse de este medio, a nuestra libertad corresponde ahora confiar, discernir, aprender... y luchar para resistirnos al agravamiento y poder mejorar.

Muchos son los síntomas de la enfermedad, fuera y dentro de la Iglesia. Inmenso lo que todos tenemos que aprender y que, en cualquier caso, siempre comienza y culmina en la necesidad de conversión personal a Cristo vivo. Pero en lo que a los laicos toca, conviene también, con urgencia, volver sobre lo que proponíamos al principio de esta columna. Y es que uno de los síntomas ahora demasiado evidentes de nuestra enfermedad interna es que una buena parte de los seglares españoles nos hemos instalado en dos actitudes funestas: la mentalidad laicista de “los buenos” y la mentalidad clerical.

La mentalidad laicista de “los buenos” se caracteriza por su desdén hacia la dimensión pública de la fe y la importancia de la Cultura cristiana, hasta relegar, de hecho, el Evangelio a la vida privada. Una actitud que, sin apenas darnos cuenta, nos ha llevado a rehusar la participación, con pleno sentido apostólico, en los diversos ámbitos de la sociedad civil de la que formamos parte: comunidad de familias, centros educativos, barrios y municipios, empresa y trabajo, corporaciones profesionales, medios de comunicación, vida científica y académica, política de partidos, cargos públicos, etc. Silencio y cobardía, al cabo, que no representan sino un incongruente dualismo al que la actual imposición desde el poder de una Cultura abiertamente hostil a cualquier trascendencia y al verdadero sentido del hombre está haciendo saltar por los aires.

Y “enfermedad” también en nuestra genética mentalidad clerical: laicos que hemos renunciado a tener voz propia y a tomar la iniciativa; a asumir con todas sus consecuencias –incluida la posibilidad, nada remota, de equivocarnos- la libertad y la autonomía que, en comunión y fidelidad, la Iglesia nos reconoce; a ser protagonistas como nos corresponde y sin delegar cómodamente en nuestros valientes Obispos, sin por eso dejar de sentir con ellos... La “crisis” ha evidenciado lo que, en teoría, ya sabíamos: en la modernidad, la Cultura cristiana y el auténtico bien común no se pueden construir ni defender sólo desde las estructuras eclesiásticas; es indispensable la presencia real y la vertebración de la ciudadanía cristiana organizada.

Recordemos, en fin, lo que Juan Pablo II no ha dejado de repetir a lo largo de su “revolucionario” pontificado: “para animar cristianamente el orden temporal (...) los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política (...)”.

Y pásenlo: SOMOS CRISTIANOS Y SOMOS CIUDADANOS.

Jaime Urcelay, abogado. Presidente de
PROFESIONALES POR LA ÉTICA DE MADRID

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