Es difícil encontrar en el periodismo argentino historias como la de Ignacio Ezcurra. Un apasionado de la profesión y viajero incansable. Sus recorridos por Latinoamérica “a dedo” para llegar hasta Estados Unidos. Sus entrevistas con Martin Luther King y Robert Kennedy. Sus ganas de ir a Vietnam para “contar la verdad” desoyendo las advertencias de sus amigos y familiares sobre la peligrosidad de la misión. Su desaparición y muerte contadas por Oriana Fallaci. En exclusiva para DsD el testimonio de su hija, Encarnación Ezcurra. Un homenaje. Para que quienes lo conocieron, lo recuerden. Y para que los jóvenes periodistas de hoy, se deslumbren.

En mayo de 1968 la ciudad de París ardía. Grupos estudiantiles que habían comenzado pidiendo la reapertura de una facultad, pasarían a emprender huelgas y manifestaciones masivas contra el gobierno de Charles De Gaulle a las que luego se plegarían trabajadores y sindicatos de todos los rincones de Francia. La revuelta que la historia llamó “el mayo francés” desembocó en una convocatoria anticipada a elecciones por parte del presidente y la renuncia del primer ministro George Pompidou. En mayo de 1968 la Argentina vivía bajo la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía, líder de la autoproclamada “Revolución Argentina” que dos años antes había derrocado al presidente radical Arturo Illia. En mayo de 1968, tan lejos del glamour parisino y la efervescencia revolucionaria de la burguesía francesa, como de la interna del “partido militar” de nuestro país entre “azules” y “colorados”, un periodista desaparecía. Se llamaba Ignacio Ezcurra, era argentino, tenía 28 años y había sido enviado por el diario La Nación a cubrir la guerra de Vietnam. El 8 de mayo lo habían visto por última vez con vida en el barrio de Cholón, de la capital Saigón. Siete días después era declarado muerto e ingresaba en la historia del periodismo argentino.
No fue la muerte la que elevó a Ezcurra al firmamento periodístico nacional. Su desaparición, por el contrario, generó que se conociera su vida, su pasión por el oficio, sus crónicas, el fuego que lo movía a intentar comprender el mundo a través del periodismo. Fue su vida la que hizo que hoy existan calles, plazas, puentes, salas de prensa y premios periodísticos con su nombre. Fue su obra –breve, pero de calidad- la que, 40 años después, sigue generando que miles de jóvenes decidan estudiar periodismo, como atestigua su hija.
Diario sobre Diarios (DsD) decide hoy homenajear a Ezcurra contando parte de su historia. El objetivo es que quienes nunca escucharon hablar de él, lo conozcan en todas sus facetas. También para que se pueda encontrar en Internet un espacio en donde confluyan muchas de las cosas que se escribieron sobre él y que están dispersas en notas de diarios, sitios o blogs. Por primera vez, además, se incluye el testimonio de su hija, Encarnación Ezcurra, también periodista que al igual que su padre pasó por la redacción de La Nación.
DsD también recomienda a sus lectores el número 53 de la revista Sudestada que dedicó su tapa a Ignacio Ezcurra con el título “Crónicas bajo fuego”. En esa edición, el periodista Hugo Montero publicó un apasionante relato sobre el corresponsal y planteó algunas dudas sobre los autores de su muerte. En Internet sólo se puede leer un extracto de ese texto. La parte más jugosa, está en la versión papel. A quienes les interesa el tema, DsD recomienda que intenten conseguir la revista, que es sencillamente imperdible.
Hasta Vietnam
“Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo…”
Así empezó la nota que Ezcurra nunca pudo terminar. El último teclazo de la máquina de escribir fue para esos tres puntos que abrían el suspenso. Así la encontró el 10 de mayo el director de la agencia France Presse en Saigón, Françoise Pelou cuando fue a la habitación del hotel en donde se alojaba Ezcurra para ver si podía dar con alguna pista sobre su posible paradero. La pieza lucía como la de “alguien que ha salido apresuradamente para volver enseguida”, según la descripción de la italiana Oriana Fallaci, que había compartido unos días de cobertura con Ezcurra.
Allí quedaría para la historia esa sentencia con los puntos suspensivos, además de otros papeles que pertenecían a Ezcurra, un joven de 28 años, nacido en San Isidro en 1939. Era el quinto hijo de una familia de doce hermanos y descendiente de Don Juan Manuel de Rosas y del mismísimo Don Bartolomé Mitre, fundador de La Nación, el diario en el que había empezado a trabajar en la sección de Avisos Clasificados, sólo seis años antes de ese 1968 en el que conocería Vietnam, y el misterio de su propia muerte.
Su imprevista desaparición llevó a sus compañeros de trabajo a juntar la mayor cantidad de notas periodísticas que Ezcurra había publicado en La Nación. Querían dar a conocer la vida y obra de quien días antes había estado en la redacción, como siempre, discutiendo con pasión cada título, cada palabra, cada epígrafe. Ese libro, que se llamó “Hasta Vietnam”, fue el punto de partida obligado para todo aquel que quisiera acercarse a la historia de Ezcurra. Allí están condensados en formato periodístico, no sólo sus textos, sino los sentimientos que despertó en quienes lo conocieron. Un gran trabajo de compilación, aunque la tinta no alcanza para relatar las ganas que Ezcurra ponía en su trabajo.
Por América
Recibido de bachiller en 1956, en el colegio El Salvador de Buenos Aires, Ezcurra ingresó en la carrera de Letras de la UBA y logró que la familia le consiguiera trabajo entre ofertas de lotes, chacras y estancias en las sábanas gigantes del diario. En moto, llegó hasta Brasil, también se le animó al trayecto a Perú y, junto a dos amigos, (Marcos Carranza y Joaquín Llambías) recorrió miles de kilómetros “a dedo”, para atravesar “Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y México, hasta los Estados Unidos”, país al que arribó ocho meses después de la partida y donde se las rebuscó con un par de trabajos temporarios para mantenerse.
No hay datos de cómo llegó desde Colombia hasta la capital azteca. No hay carretera que una el país sudamericano con Centroamérica. Una selva, tan impenetrable que recibe el nombre de “Tapón del Darién”, separa Colombia de Panamá. En ella hoy aguantan los desplazados de los enfrentamientos entre guerrilla y paramilitares, entre grupos narcos y patrullas del Ejército.
En la época de la aventura de Ezcurra, sin esos actores, el escenario era el mismo: animales, calor, humedad ardiente, vegetación aplastante. No se sabe cómo pasó por ahí el argentino, pero algunos dicen que lo hizo a pie. Él mismo reconoce que en ese periplo estuvo “2 meses y 12 días” sin bañarse luchando contra todo tipo de alimañas como “los piojos de Machu Pichu” que, escribió, “parecían tener hambre de siglos”.
En Estados Unidos se quedó más tiempo del planificado, perfeccionó su inglés en la Universidad de Columbia y en 1960 logró que la Sociedad Interamericana de Periodismo le adjudicase una beca para estudiar Periodismo en la Universidad de Missouri.
Regresó a la Argentina un año después, cumplió con el servicio militar, y pudo seguir alimentando su pasión viajera, su búsqueda de personajes y territorios gracias a la tarea que le adjudicaron la Secretaría de Cultura de la Nación y en el Instituto Di Tella: visitar decenas de localidades del interior del país, ofreciendo espectáculos audiovisuales y películas documentales. Pero el periodismo le había picado fuerte.
Preparó su bolso y regresó en 1962 una vez más a Perú y Bolivia; buscó, miró, retrató, sacó fotos y armó un material periodístico que logró publicar en distintas revistas de Editorial Atlántida y, claro, en La Nación. Se reincorporó al diario familiar como “cronista volante” y también volvió a la Universidad, esta vez para recorrer páginas de la Sociología y de la Historia. Ya corría el ´63 cuando trabajó para el suplemento dominical de La Nación. Dos años después se casó con Inés Lynch y ese mismo año, visitó medio Oriente, cuando los fuegos de las diferencias empezaban a caldear los ánimos para la “Guerra de los Seis Días”.
Más de una vez, las coordenadas de la Historia le pasaron por la vida cotidiana. Por ejemplo durante su infancia en la Alta Gracia cordobesa, donde él, su montón de hermanos y sus padres vivían frente a una tal familia Guevara, en cuyo seno crecía, se formaba y soñaba, también con viajes y motos y américas, un tal Ernesto, 11 años mayor que Ignacio. En 1966, cuando se rumoreaba que su vecino, convertido en “Che”, andaba por las selvas bolivianas, quiso viajar, para rastrear su andar y su acción. Pero el periodismo le tenía preparado otro destino, mucho más lejano que, paradójicamente había dado origen a la consigna “Uno, dos, muchos Vietnam”, que levantara Guevara.
Un estilo particular
Joven, inquieto, Ignacio Ezcurra no alcanzó a producir una obra abundante. Apenas unas cuantas notas periodísticas en radio (Municipal) y revistas (Atlántida, Vea y Lea, El Reflector, Cristina, Autoclub y La Chacra), además de La Nación. Sin embargo, dejó marcado su estilo, ese que caracteriza a la raza de los periodistas-escritores, los que son serios a la hora de investigar y exigentes con el estilo a la hora de escribir. Para Ezcurra era tan importante buscar y encontrar los hilos profundos de la trama como hallar el estilo que atrape al lector, que lo ate a la historia, que lo apasione. Una característica que muestra ejemplos extraordinarios el pasado argentino, por ejemplo con el “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento o la “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh, y el continental, con el “A Sangre Fría” de Truman Capote o el “Relato de un Náufrago” de Gabriel García Márquez. Ezcurra no llegó a ese nivel, pero estaba hecho de ese barro.
“Saigón. Amanecer del 8 de mayo. Medio mundo de distancia de Buenos Aires. Columnas de humo negro se levantan en el camino de Cholón, en el sector sur, mientras se escuchan incesantes las ametralladoras y el cañoneo.”
Así escribe Ezcurra. A “medio mundo” de Buenos Aires, donde La Nación publica la crónica el mismo día en que “desaparece”.
Otra muestra de su estilo se puede leer en el primer párrafo de su relato de viaje por América Latina:
“Vi la rata cuando casi todo su repugnante cuerpo gris asomaba por debajo de la cocina y sus brillantes ojitos rojos espiaban con gula las migas desparramadas al pie de la mesa, en el centro del cuarto. Alerta, ella también me vio, pero sin temor se internó trotando en el campo de tiro, mientras su cola zigzagueaba en el suelo como una lombriz ciega. Me pareció novicia. No me acordaba de haberla visto esa noche, y decidí tratar de alcanzarla con una de las botas de Joaquín, más lentas, pero en caso de impacto mucho más contundentes. Ocupado con un pedazo de galleta, el animal ni mosqueó cuando desde la cama tomé puntería, y recién huyó con un chillido cuando la bota estalló a dos centímetros de su cabeza”.
Reportaje al poder negro
Un año antes de ese fatídico mayo del ´68, Ezcurra había viajado a Estados Unidos para hacer una extensa nota sobre los conflictos raciales que azotaban a grandes ciudades de ese país.
En esa crónica se puede ver el potencial y el arrojo que ponía en sus textos. Cobra mayor fuerza aún cuando se lo compara con las notas especiales que hoy se publican en la prensa. En aquella oportunidad, Ezcurra retrató de un modo exquisito “El Poder Negro” en los Estados Unidos.
Entre los testimonios hubo desde jóvenes negros del Harlem -a los que llegó luego de sortear amenazas por haberse metido en el barrio sin “permiso”- comerciantes anónimos de la “blanca” Manhattan, “cientos de norteamericanos negros y blancos” y periodistas de los diarios más importantes del país. Pero tampoco escaparon a su insistencia periodística figuras de renombre internacional como los líderes negros Martin Luther King, Rap Brown y Whitney Young o los “políticos blancos” de la talla del senador Robert “Bob” Kennedy o el intendente de Detroit. Todo eso, cuando nadie ni siquiera podría pensar en teléfonos celulares o Internet.
La entrevista con Martin Luther King terminó con una frase que el líder negro le dijo a Ezcurra: “Hasta pronto. Lo vuelvo a ver en Buenos Aires…es la capital, ¿no?”. Sobre su encuentro con Rap Brown también destacó el logro de haber obtenido una entrevista. Relató que luego de una conferencia de prensa, los periodistas se abalanzaron sobre Brown, quien los apartó diciendo: “No, men, voy a hablar con el periodista de la Argentina”.
La cita con la guerra
Cuenta Hugo Montero en el mencionado número de Sudestada:
"Yo voy", afirmó, convencido como nunca antes lo había estado en sus pocos años como periodista. A su lado, el editor lo miró escéptico, sin creerse demasiado las ansias de ese joven redactor que insistía con el tema y se ofrecía como voluntario a viajar a Vietnam en plena guerra. Varios intentaron convencerlo de cambiar de idea, pero con Ignacio no se pudo. Desde hacía tiempo que el tema lo había cautivado: leía, investigaba, se preparaba para un viaje que se postergaba cada día. ‘Quiero ir a Vietnam. Quiero ver qué pasa, porque ahí hay algo que no es lo que dicen. Quiero ir y traer la verdad’, le confesó Ignacio a su madre. Y de a poco, menos por convicción que por insistencia, le fue ganando la pulseada a editores, amigos y familiares y armó la valija para partir rumbo a Saigón como enviado especial del diario La Nación.
Llegó a publicar algunas notas desde el frente en los 14 días que estuvo en Vietnam. En la primera describió su llegada en avión a la capital vietnamita.
“El avión asciende a 12.000 metros. ‘Hay que impedir que nos alcancen los cañones comunistas’, dice la azafata con la misma cara sonriente con que había anunciado el cóctel. Y ya volando sobre los arrozales cuajados de cráteres rojos y grises, se desploma en el interior del avión el fantasma de la guerra. Los soldados, estirados en sus asientos, hacen como que dormitan, mientras piensan o recuerdan”.
En otra nota, titulada “Encarnizada lucha se libró ayer en Saigón”, Ezcurra narró:
“Todo el día de ayer fue continuo el fluir de despavoridos refugiados que cargando ropas y animales en canastas, bicicletas o motocicletas vinieron hasta el centro. Luego, las familias permanecían amontonadas y en cuclillas en veredas y plazas mirando hacia el Sur la columna negra que consumía sus casas”.
Esa nota fue publicada en La Nación el mismo día en que Ezcurra desapareció.
Hubo una que nunca concluyó. Aquella que comenzaba “Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo…”, la que el director de France Presse encontró en la habitación del hotel.
La muerte
La periodista italiana fallecida en septiembre de 2006, Oriana Fallaci fue la enviada a Vietnam por el diario L´Europeo de Milán. Compartió algunos días de la cobertura con Ezcurra y estuvo allí en Saigón cuando desapareció el corresponsal de La Nación. En el libro “Nada y así sea”, Fallaci brindó su testimonio sobre los hechos.
Escribió sobre ese 8 de mayo:
“Estamos preocupados por Ignacio Ezcurra. Ayer por la mañana se fue en busca de noticias con dos corresponsales de la Associated Press y uno de Newsweek. En Cholón, cerca del lugar donde mataron a Piggott y sus compañeros (se refiere a cuatro periodistas asesinados supuestamente por el Vietcong una semana antes), dijo de pararse para echar una ojeada. Se apeó del coche, echó a andar y por la tarde aún no había regresado al hotel. Tampoco regresó por la noche, y tenía una cita para la cena. ¿Lo habrán hecho prisionero? ¿Anda en pos de una noticia especial? ¿Se ha ido hacia el norte? Todos dicen que no; acaba de regresar del Norte precisamente. ¿Y qué noticias quiere saber después del toque de queda? Por lo demás, es un hombre demasiado educado para olvidar una invitación a cenar. Tememos que haya sido prisionero. O bien…no quiero pensar en esto”.
Luego relató lo que ocurrió dos días después, el 10 de mayo.
“Lo han matado. Esta mañana un fotógrafo japonés ha vendido a la Associated Press un rollo de fotografías hechas en Cholón y en una fotografía se ve el cadáver de un blanco. Yace tendido sobre una acera, junto al cadáver de un vietnamita. Lleva pantalones grises sujetos por un cinturón claro, camisa blanca de mangas largas y calza zapatos. Tiene los brazos atados a la espalda, se ve la cuerda a la altura del codo. El cuerpo está destrozado por una ráfaga vertical al estómago y al vientre, su rostro es irreconocible: hinchado, traspasado por las balas, cubierto de sangre. La nariz, por ejemplo, se ha vuelto aquilina y las mejillas parecen llenas. Han hecho una ampliación, y las mejillas son las de Ezcurra, los cabellos son los de Ezcurra y la frente es la de Ezcurra. También le dispararon en la nuca y por esto la cara está hacia delante. Un asesinato en frío. No sólo porque está atado, sino porque luego acabaron con él con aquellos tiros en la nuca”.
¿Quién lo mató?
En el mencionado número de la revista Sudestada, se lee en portada: “Era el enviado especial de La Nación en la guerra de Vietnam. Lo mataron en 1968. Hoy hay indicios que refutan la versión oficial que su propio diario se ocupó de imponer durante casi cuatro décadas”.
Sudestada incluyó en esa edición una entrevista a Delfina Caprile de Ezcurra, la madre de Ignacio, que realizó el periodista argentino Nicolás Doljanin y fue publicada en la revista Raíces de El Salvador, en septiembre de 2006, bajo el título “Restos mortales de La Nación”. Entre otras cosas, la madre de Ezcurra le dijo a su entrevistador: “La Nación se muere antes de decir que a Ignacio, mi hijo, lo mataron los americanos”.
En otro pasaje de la entrevista, “Chiquita” (como le dicen a la mamá de Ignacio) afirma que “a Ignacio lo mató la CIA”. También dijo que amigos y conocidos suyos le aseguraron que “el Vietcong no mata así”.
En la nota central de la revista, Montero afirma que “días después de la desaparición de Ignacio, el diario para el que trabajaba dio por buenas las versiones que responsabilizaban a los vietnamitas por el asesinato de su corresponsal de guerra” y se pregunta: “¿Por qué el diario jamás se preocupó por confirmar o refutar las acusaciones contra el Vietcong, si tampoco cuenta con pruebas fehacientes de su responsabilidad?”.
El recuerdo
Encarnación Ezcurra no tiene recuerdos de su padre. Había cumplido tan sólo dos años cuando murió. Afirma que en todos estos años se encontró de manera constante con jóvenes que le manifiestan que eligieron la carrera de periodismo luego de conocer la historia de Ignacio. Asegura también que desde todos los sectores ideológicos de la prensa de nuestro país recibió muestras de admiración permanentes.
“Si tuviera que destacar una cualidad excepcional sobre todas las cosas que escuché, leí y me contaron sobre él –dice a DsD luego de pensar varios segundos- no elegiría su costado ‘heroico’. Me quedaría con su pasión cotidiana. Esa que se ve en el ‘día a día’. Esas discusiones en las que me contaron que se obsesionaba por definirlas de la manera más profesional posible. Esas arengas a sus compañeros parado arriba de un escritorio”. Para Encarnación, “hoy en el periodismo se ven ‘actos heroicos’. Lo que es más difícil encontrar es ese apasionamiento por la profesión, que hace que cada día haya que ‘sacar las garras’ para conseguir una información, para escribirla de la mejor manera posible, para editarla incluyendo la mayor cantidad de detalles posible”.
El periodista Marcelo Mendieta (ex Ámbito Financiero) escribió en su blog “El Informatorio” sobre Ezcurra. Dijo que su padre (también llamado Marcelo Mendieta) lo tuvo como compañero en la redacción de La Nación. Afirmó que “Ignacio Ezcurra pudo haber llegado a ser un ejecutivo del diario La Nación, y no sólo porque su apellido estaba emparentado con la familia fundadora. Hubiera cumplido muchos más años que los 28 que tenía Vietnam. Hoy, ya tendría 67. Pero, ¿hubiera sido felíz?”. Añadió que “cuenta mi padre -al igual que otros colegas que lo trataron- que Ezcurra era un tipo extraordinario, un periodista único, además de un gran camarada y amigo”.
Pero la memoria de Ignacio no vive sólo en las personas. También en las cosas.
En la ciudad costera de Necochea se inauguró en 1969 el Puente Ignacio Ezcurra, que funcionaba como unión ferroviaria con Quequén. Unas fuertes inundaciones en 1980 lo derribaron y hoy sólo quedan restos de la construcción.
El 16 de mayo la municipalidad de la ciudad misionera de Oberá dictó una ordenanza por la que bautizó a una plazoleta “Ignacio Ezcurra”. Según la resolución, fue a pedido del Círculo de Periodistas (también llamado “Ignacio Ezcurra”) de la ciudad como “un justo homenaje a quién en vida fuera un periodista del diario La Nación que siempre estuvo en contacto con nuestra realidad local”.
El Ejército Argentino brinda todos los años el “Curso de Corresponsal Militar Ignacio Ezcurra”, que según afirma, “tiene como finalidad tratar los aspectos más importantes de la actividad militar, brindar conocimientos básicos que faciliten la comprensión de los temas relacionados con el Ejército y transmitir experiencia e información sobre la cobertura de conflictos bélicos”.
La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas, otorgó durante 15 años el premio en el “Concurso Nacional de Periodismo Ignacio Ezcurra”.
Y así, los familiares del periodista se sorprenden cada vez que les comentan que en ciudades y pueblos del interior fueron bautizadas calles, plazas o avenidas con el nombre de Ignacio Ezcurra. Afirman que en legislaturas y tribunales provinciales hay una decena de salas de periodistas así nombradas. Mientras que los homenajes, tanto de instituciones públicas como privadas, ligadas o no al periodismo, son una constante en estos 40 años de ausencia de Ignacio.
La sonrisa invulnerable
El prólogo del libro “Hasta Vietnam” lo escribió quien fuera su compañero en La Nación, el escritor Manuel “Manucho” Mujica Láinez. Dos de sus párrafos, resumen con mejores palabras, todo lo que se puede decir de Ignacio Ezcurra:
“Vivía velozmente, y sin embargo, pese a la experiencia que surgía de sus andanzas, conservaba intacta una especie de candor, de lozana pureza espiritual, que rechazaba las amargas lecciones aprendidas y que le confería un encanto innegable”.
“Tengo la certeza de que Ignacio Ezcurra vivió como hubiera deseado vivir y de que su fin, con lo que entraña de pródigo heroísmo, corresponde casi mágicamente a su fervoroso ideal. Su imagen, la del periodista absoluto, continuará siempre alerta, siempre activa, siempre impregnada de tensa juventud. No conocerá la bonanza de los años altos, pero no sabrá su melancolía. Y su clara sonrisa seguirá siendo invulnerable”.
Papá
Por Encarnación Ezcurra*
No conocí a Ignacio Ezcurra, pero lo encontré en la redacción de La Nación, cuando empecé a trabajar en los 90. Allí estaban Rafael Saralegui padre, Nieto Moreno, Carlos Correch, Fernando Sánchez Zinny y muchos otros que, entre sonrisas o carcajadas, me colmaban de relatos que lo describían como si todavía rondara por esos escritorios, los que habían sobrevivido a la mudanza del viejo edificio de San Martín.
Lo querían, es cierto; pero también me hablaban de su tesón, de su arrojo, de su pluma, su originalidad y picardía.
Hasta el gesto serio de Escribano se iluminaba cuando lo mencionaba. Y con la solemnidad que nunca le vi perder durante esos años soltaba un: “Le puse de nombre Ignacio a mi hijo por tu padre”.
Si bien papá había trabajado en otros medios también, fue en esa redacción donde entendí muchas cosas que ni mi abuela, mamá o mi hermano se habían podido contestar sobre qué decidió a un chico de 28 años, con una familia y una vida por delante, a lanzarse para cubrir la nota más peligrosa que se pudiera elegir en ese momento.
En el único video que tenemos de él, de no más de 3 minutos, responde en una entrevista acerca de la muerte de otros periodistas diciendo que ese riesgo “es el precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento”. Después desapareció.
¿Por qué se arriesgó tanto? En el diario lo comprendí, porque conocí el oficio de periodista. Vi la voracidad por la información, la curiosidad insaciable, la codicia por las fuentes, la obsesión por las palabras y los puntos, los “duelos” sobre historia, filosofía o sobre la última tapa de Clarín.
Había atajos y mezquindades, claro, eso hay en todos lados. En cambio, cuántos lugares hay en los que el trabajo se parece tanto a la vida de las personas, en que las historias individuales se funden en la de una historia común que se escribe diariamente.
Me fui del diario y seguí mi vida, a veces como periodista, a veces no. Pero en esa redacción de La Nación y en las redacciones que fui conociendo por diferentes razones -otros diarios, revistas, radios o TV, de Buenos Aires, de las provincias y alguna del extranjero-, en esos ámbitos aprendí a reconocer el valor de Ignacio Ezcurra y de tantos periodistas que admiro.
Todavía hoy, casi 40 años después de su muerte, cada tanto alguien me dice que definió su vocación por el periodismo por mi padre. No sé cuál será el mensaje que les llegó de él. Puedo decir qué me dejó a mí: no importa cuánto hayan cambiado los hábitos de los periodistas, cuánto hayan mutado su indumentaria y su marketing, que los invada la nostalgia o el cinismo, yo sigo creyendo que, sin toda la hojarasca, el motor de este oficio es ese impulso que lleva a buscar la verdad aunque cueste la vida.
* Hija de Ignacio Ezcurra. Trabajó en La Nación entre 1987 y 2001.
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Tengo 72 años, nací en 1937,el 12/9 los HE CUMPLIDO Y CADA NOCHE, YO NO REZO, PERO PIDO A ALGÚN ESPÍRITU DE LUZ, QUE LE HAGA SABER A SU FLIA Y AMÍ LALGO DE ESE HERMOSO Y GRAN MUCHACHO, NUNCA SUPE, DE SU DESCENDENCIA, CREO QUE KLLA ESPOSA ESPERABA UN NIÑO CUANDO ÉL DESAPARECIÓ ,ESA ESA NIÑA QUE HOY ESCRIBE O ESCRIBIÓ EN lA nACIÓN....YO PUDE COMPRARME EL LIBRO iGANACIO eZCURRA ,HASTA vIETNAM,PERO NO SÉ SI HAY OTROS QUE CUENTEN MÁS SOBNRE ÉL,NO SÉ ,DUDO,QUE A VECES ALGO DIVINO EXISTE, PORQUE JAMÁS LE VÍ, Y SIEMPRE TUVE ADMIRACIÓN POR ÉL, Y UNA GRAN AVIDEZ, DE CONOCIMIENTOS SOBRE SU VIDA, ....Y LUEGO.....oJALÁ NOS DIERA MUESTRAS DE SU PRESENCIA ESPIRITUAL,,,,,,GRACIAS ,Y SI ME ESCRIBEN,LO AGRADECERÉ ,YA TENGO MUCHA EDAD,AÚN NECESITO Y TRABAJO`PERO NO QUISIERA MORIR SIN SABER ALGO MÁS.sRA.rIOPEDRE m/17/09/2009A.lUJÁN.
Tengo 72 años, nací en 1937,el 12/9 los HE CUMPLIDO Y CADA NOCHE, YO NO REZO, PERO PIDO A ALGÚN ESPÍRITU DE LUZ, QUE LE HAGA SABER A SU FLIA Y AMÍ LALGO DE ESE HERMOSO Y GRAN MUCHACHO, NUNCA SUPE, DE SU DESCENDENCIA, CREO QUE KLLA ESPOSA ESPERABA UN NIÑO CUANDO ÉL DESAPARECIÓ ,ESA ESA NIÑA QUE HOY ESCRIBE O ESCRIBIÓ EN lA nACIÓN....YO PUDE COMPRARME EL LIBRO iGANACIO eZCURRA ,HASTA vIETNAM,PERO NO SÉ SI HAY OTROS QUE CUENTEN MÁS SOBNRE ÉL,NO SÉ ,DUDO,QUE A VECES ALGO DIVINO EXISTE, PORQUE JAMÁS LE VÍ, Y SIEMPRE TUVE ADMIRACIÓN POR ÉL, Y UNA GRAN AVIDEZ, DE CONOCIMIENTOS SOBRE SU VIDA, ....Y LUEGO.....oJALÁ NOS DIERA MUESTRAS DE SU PRESENCIA ESPIRITUAL,,,,,,GRACIAS ,Y SI ME ESCRIBEN,LO AGRADECERÉ ,YA TENGO MUCHA EDAD,AÚN NECESITO Y TRABAJO`PERO NO QUISIERA MORIR SIN SABER ALGO MÁS.sRA.rIOPEDRE m/17/09/2009A.lUJÁN.
Yo había leído el libro Hasta Vietnam y realmente Ezcurra asombra por su creatividad, su audacia, su capacidad para haber hecho tantas cosas a una edad tan temprana. Creo que fue un talentoso que merece ser reconocido, recordado y aplaudido por su gran obra
Domingo, 19 de febrero
Efrén Mayorga
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
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Karina Longo
Julio San Francisco
Asociación Cultural Vera Méndez
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Juan Eduardo Fernandez
Felix J. Tapia| Febrero 2012 | ||||||
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