Suplemento Prensa Argentina

Los medios recuerdan la guerra de Malvinas, pero olvidan analizar el rol que cumplieron

03.04.07 | 17:53. Archivado en Zona Dura

Un submarino nuclear que nunca existió; un teniente que ataca con su Pucará pero ya había fallecido; un combate terrestre sin tropas; y el hundimiento del Belgrano que nunca fue noticia. Las dos fotos de la revista La Semana. Todos mitos difundidos a través de la prensa argentina durante la gesta de las Malvinas. El DsD presenta los escasos textos inéditos, o libros sobre la guerra en el archipiélago –editados en nuestro país- que describen el rol que jugó el periodismo argentino en aquella época. Además el testimonio del periodista Diego Pérez Andrade, quien cubrió la guerra para la agencia Télam. Desinformación, manipulación, triunfalismo y acompañamiento a la dictadura.

Como todos los 2 de abril, los medios de comunicación, preparan notas especiales para recordar la guerra de Malvinas. Este año, la apuesta es superior, dado que se cumplen 25 años del desembarco de las tropas argentinas en las islas. Los medios ya están difundiendo informes de todo tipo, con textos emotivos, de recuerdo, de contenido político o de revisión histórica. Algunos incluso enviaron periodistas al archipiélago. La industria cultural tampoco se queda atrás y lanza novedades editoriales sobre el tema. Sin embargo, son escasas las producciones que ponen en el centro del debate el rol que los propios medios de comunicación cumplieron en la cobertura de la guerra.

Por eso, Diario sobre Diarios (DsD) presenta aquí algunos textos que se encuentran disponibles y analizan esos aspectos. Hay casos de “desinformación” o “manipulación informativa” que los diarios y revistas de la época llevaron adelante, según los autores. DsD presenta estos textos como ejemplos de crítica de medios en un contexto muy particular como lo fue la gesta de Malvinas. El objetivo no es hacer una imputación genérica a los medios y periodistas de aquella época, sino presentar un aporte que contenga los matices imprescindibles para comprender la complejidad de informar en una dictadura militar y en medio de una guerra.

Los materiales incluidos son los siguientes: Un pasaje del libro “Malvinas: el gran relato” de la profesora Lucrecia Escudero (publicado en 1996 por editorial Gedisa), algunos tramos de una tesina que el periodista Santiago Lozada presentó en facultad de Comunicación Social de la Universidad del Salvador en el 2000 que analiza el tratamiento que el diario Clarín y la revista Gente le dieron al conflicto armado y el testimonio del sociólogo y periodista Roberto Herrscher incluido en el libro “La noticia deseada” de Miguel Wiñazki (editorial Marea, 2004). Los tres materiales aportan una visión crítica de la cobertura que hicieron las distintas empresas periodísticas del conflicto.

En el recuadro lateral, un texto exclusivo para DsD del periodista Diego Pérez Andrade, quien cubrió para la agencia Télam la guerra desde las Islas Malvinas. Su testimonio, emotivo y en primera persona, entre otras cosas afirma que durante el conflicto “Volvió a repetirse la alianza entre los generales y los propietarios de los medios de comunicación que tan bien había funcionado durante la represión. Todos ellos supieron todo, siempre. Pero nunca dijeron nada”.

El submarino que nunca zarpó

En su libro “Malvinas: el gran relato”, la profesora Lucrecia Escudero cuenta, entre otras cosas, la historia del rumor en torno al submarino Superb. Escudero fue profesora de letras en la Universidad de Rosario, se especializó en Ciencias del Lenguaje en París y se doctoró en semiótica en la Universidad de Bolonia. El tutor de su tesis doctoral fue el semiólogo italiano Umberto Eco, de quien Escudero se reconoce discípula. El propio Eco es el autor del prólogo del libro.

Según el texto, la historia del submarino comenzó el 31 de marzo, cuando Clarín se hizo eco de dos cables de las agencias AFP y EFE que a la vez “levantaron” información del canal inglés ITV, según la cual “la marina británica habría enviado un submarino de propulsión nuclear a la región austral del Atlántico Sur”.

Dice Escudero que “el anuncio de la televisión británica lo hace el cronista de guerra del canal, que agrega que el submarino nuclear Superb habría dejado la base de Gibraltar con destinación desconocida”. Clarín tituló la noticia: “Londres habría enviado submarinos”.

Escudero afirma que “esta cadena inicial de reenvíos de medio a medio, que como hemos ya visto es una de las formas características de legitimación de la información mediática, tiene a los medios como fuente exclusiva de información, a tal punto que el Foreign Office encarga a su portavoz de anunciar que se abstenía de comentar la noticia: ‘No tenemos nada que decir sobre esta versión’”.

Al día siguiente, el 1° de abril, Clarín volvió a publicar información sobre el misterioso submarino nuclear inglés. Según comenta la autora del libro, en una nota titulada “Agravamiento de la crisis con Inglaterra: horas decisivas” el matutino “hace propia la versión del 31 de marzo” en el párrafo que afirmó: “Fuentes consultadas por Clarín han afirmado que Williams (el embajador británico) habría sido convocado por la Cancillería (…) En base a la versión que el gobierno británico habría enviado un submarino nuclear a la zona de conflicto, declara: ‘Puedo solamente responder en lo que respecta al terreno diplomático, no entro en cuestiones militares”.

Ese mismo día, Clarín en su página 4 insiste con el tema y titula “Se confirma el envío de naves británicas a las Malvinas”, en base a cables de AFP, ANSA y Latin Reuter. Para sorpresa de los lectores, la nota agrega que “un segundo submarino nuclear de la clase ‘Hunter-Killer’ y diferentes cazatorpedos y fragatas podrían sumarse al Superb”.

Escudero afirma que “en 24 horas las versión inicial de la noticia ha adquirido ya la categoría de certeza, no solamente por la cantidad de signos identificatorios adicionales que permiten al lector imaginar un submarino en todas sus características, sino también por la resonancia y el eco recibido en otros medios, reconfirmando de este modo al lector en sus abducciones iniciales”.

La historia del submarino, relata Escudero, continúa el 4 de abril, “pasado el shock político-militar de la acción argentina”. Dice la autora que “fiel a la orden que toda criatura parida en el interior de un mundo posible mediático debe ser alimentada y asistida”, Clarín publica que “un submarino atómico que podría ser el Superb ha sido visto navegar en las aguas internacionales frente a la ciudad de Mar del Plata (…) en dirección a las Islas Malvinas (…) según cuanto se ha sabido ayer de fuentes militares confiables, citadas por la agencia AFP”.

En la segunda semana que protagonizó el rumor, Escudero afirma que se “desdobla” porque “ahora los submarinos en juego son dos: el conocido Superb y el Oracle”. Según la autora, distintos cables fechados en Londres, Madrid y Nueva York, por las agencias AFP, ANSA, AP, EFE, Latin Reuter y UPI dieron cuenta de un “hijo” del Superb, llamado Oracle. El 8 de abril, Clarín publica entonces que, en realidad, “serían cuatro los submarinos atómicos de la armada británica que navegan hacia las islas del Atlántico Sur”, en una nota titulada “Continúa el avance de las tropas británicas”. Estos “nuevos hijos” del Superb se llaman Scepter, Spartan y Splendid.

El 10 de abril, Escudero dice que Clarín duda de la información y “deja las pruebas momentáneamente de lado para volver a la conjetura”. En una nota titulada “Refuerzan la infantería británica”, Clarín señala que “según informaciones de expertos, la mayor parte de las unidades podrían llegar a las inmediaciones del archipiélago de las Malvinas en diez días. Sin embargo, todo hace suponer que ciertos submarinos a propulsión nuclear ‘Hunter-Killer’ se encuentran ya en la zona y la prensa británica habla frecuentemente de cuatro”.

El 11 de abril, consigna la autora, Clarín vuelve a la carga, agregando ahora un nuevo submarino a los cuatro antes citados. En una nota titulada “La Thatcher ha ratificado el bloqueo”, el matutino publicó que “la prensa británica se hace eco de los análisis de algunos observadores militares que señalan que probablemente, Gran Bretaña iniciará un bloqueo con cinco submarinos de propulsión nuclear, cuatro de los cuales se encuentran en las aguas del archipiélago de las Malvinas. Estos submarinos actuarían solos, en espera de la ‘fuerza táctica’ británica compuesta por 36 naves que ha partido hace cinco días de Portsmouth y de Gibraltar”.

Los días 12, 13 y 14 de abril, Clarín continúa publicando información que asegura que submarinos británicos patrullan la zona de las Malvinas, aunque ahora dice que “sólo dos serían de energía atómica de la serie Hunter-Killer”. El 16 de abril, Clarín sigue atribuyéndole funciones de “patrulla” a los submarinos, el 17 de abril afirma que esos submarinos “no son localizables por los radares” y el 18 publica un cable de Télam que afirma que un piloto brasileño divisó al Superb en el Golfo de Santa Catalina, Brasil. El diario consignó que el aviador le sacó una foto al submarino, pero “se duda que se pueda efectuar una correcta identificación a causa de las condiciones meteorológicas adversas”. Escudero ironiza con “un caso raro: la fotografía de un rumor. La degradación del Superb a la categoría de monstruo del lago Ness”.

Al final, llega la muerte del submarino Superb. El 22 de abril, Clarín publica un cable de la agencia Reuter que afirma: “Un submarino que, como ha sido comunicado, habría patrullado el área de las Islas Malvinas, ha sido identificado en Escocia y parecería que nunca estuvo en la zona de guerra del Atlántico Sur. Fuentes del ministerio de Defensa, han afirmado que el submarino Superb de propulsión nuclear, se encontraba ayer de regreso en su base de Faslane, en el estuario de Clyde, desde el viernes”.

Escudero relata que “el 23 de abril el Daily Record, el diario de mayor tiraje de Escocia, denuncia, junto a la red de televisión regional, que el submarino Superb no habría salido nunca de su base. En este punto, Clarín publicó que el ministro de Defensa inglés “se vio obligado a admitir que se descubrió el ‘bluff’ británico”, en una nota titulada “El ‘bluff’ del Superb”.

Escudero incluye en su libro una opinión de Ricardo Kirschbaum, “en la redacción del diario durante la guerra y coautor de uno de los libros más incisivos del conflicto”, quien le dijo: “Había una intensa guerra psicológica. Los periódicos serios actuaron en modo moderado, las empresas tenían en claro cuál habría sido el final, pero tenían que cumplir parte de su papel. Fue un problema de fuentes de información. Por otra parte, la fuente de información era británica. No había confirmación. ¿Qué se podía hacer? ¿Llamar a Londres? ¿Cuál era la fuente que iba a legitimar el rumor? Se eligió la estrategia de publicar directamente”. Cabe recordar que el actual editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum, 25 años atrás no tenía responsabilidad en la edición final del matutino.

Tres casos de desinformación

Santiago Lozada es Licenciado en Periodismo de la Universidad del Salvador, escritor y conductor radial. En el año 2000 presentó su tesina sobre “La Guerra de Malvinas y los medios de comunicación”, en la que analizó la cobertura realizada por el diario Clarín y la revista Gente, de Editorial Atlántida. Se puede leer completa aquí.

En un extracto de su trabajo enviado a DsD, Lozada sostiene que “del lado argentino, se utilizó sistemáticamente el control de toda la información que salía de Puerto Argentino y del teatro de operaciones. La agencia de noticias Télam estaba controlada por el servicio de inteligencia del Estado Mayor Conjunto y fue la encargada de esta acción. Casi todas las noticias difundidas en los medios nacionales provenían de fuentes oficiales (Télam o por Comunicado). Toda la información fue controlada en gran medida y también las autoridades se ocuparon de difundir un documento que reglaba las nuevas acciones que se venían”.

Añade que “por otra parte, el gobierno británico realizó lo suyo durante la Guerra de Malvinas. En el libro Una Cara de la Moneda del Sunday Times Insight Team, de Londres, periodistas de ese país cuentan como fueron objeto de censura. Uno de los casos que más llamaba la atención por lo grotesco se produjo cuando un periodista encontró que le habían modificado el ‘fracaso’ de las acciones de los Vulcan, por un inefable ‘éxito’.”

En vez del hundimiento, la noticia es el rescate

Lozada sostiene que “el 4 de mayo de 1982 Clarín encabezó su primera plana con esta noticia que tanta congoja provocaba en los argentinos. ‘Rescatan náufragos del crucero hundido’, fue el titular elegido. Inmediatamente después, en un recuadro, se podía ver la posición exacta del crucero durante el ataque y un párrafo que aclaraba que ‘Argentina denunció que atacaron fuera de la zona de guerra’. Al profundizar la noticia en la pagina 2 y 3 titula con un ‘Rescatan a 123 sobrevivientes del Belgrano’. Sólo en la bajada, y con letras muy pequeñas, aclara que la tripulación total del crucero consistía en 1042 tripulantes”.

Según la tesis, “la noticia del hundimiento del General Belgrano se explica desde la prensa con dos intencionalidades bien definidas. En primer lugar la ubicación que tenía el barco al momento del ataque, es decir fuera de la zona de exclusión declarada por el Reino Unido. Cabe recordar la portada de Clarín del 4 de mayo de 1982 donde en una infografía claramente se observa que el crucero estaba fuera de la zona de guerra y se aclara que Argentina denunció el hecho a las Naciones Unidas. La intencionalidad es mostrar al país como víctima de un crimen de guerra. Lo cual era cierto, de acuerdo al derecho internacional”. Y agrega que “por otra parte, y en la misma portada, se puede ver que el titular principal dice que ‘Rescatan náufragos del crucero hundido’. Es decir, nada dice de los que no rescatan (que son la mayoría, teniendo en cuenta que la tripulación era de más de mil hombres). Se podría entender de esta portada, viéndola en su conjunto, que la Argentina sufrió un crimen de guerra y sin embargo hace todo lo posible para salvar a su gente”.

Lozada concluye que “el hundimiento del Belgrano es una de las muestras más claras de cómo la prensa juega un papel preponderante durante una guerra. En una sola portada se observa manifestación de política externa (Argentina víctima) y política interna (no se preocupen que vamos a rescatar la mayor cantidad de hombres posibles)”.

Un teniente que ya murió, atacó al Hermes

La tesis de Lozada incluye otro hecho publicado en la revista Gente. Con respecto a este semanario, el periodista afirma que “tuvo una participación periodística activa durante el conflicto del Atlántico Sur. El celebre ‘Vamos ganando’, fue rubricado con su firma y quedó para la posteridad como un ejemplo de la prensa exitista durante una guerra”.

Relata entonces “el supuesto ataque por parte de un solitario Pucará a la flota británica, realizando graves averías al portaaviones HMS Hermes”. Agrega que “esta noticia fue levantada también por otros medios pero Gente realizó un desarrollo digno de análisis”.

Sostiene Lozada que “el desarrollo de esta noticia cuyo origen fue la agencia de noticias DyN fue bastante peculiar. Mostró al teniente Daniel Antonio Jukic como un héroe que en su tarea había atacado al portaviones británico HMS Hermes, dañándolo gravemente, y retornado a su base en Darwin. En la información, con un desarrollo amarillista y sensacionalista, se puede observar una ilustración del supuesto Pucará atacante escapando indemne de las defensas británicas, dejando atrás fuego y destrucción sobre la cubierta del portaaviones”

Afirma que “la característica principal de la información que detallamos radica en el acento brindado a la acción heroica de un piloto argentino. Según Gente, éste había desoído todas las órdenes y había atacado solitariamente a un portaaviones británico (cuyas defensas aéreas son tremendas) y le había causado daños de consideración. Toda la editorial Atlántida se cuadró en esta política de triunfalismo que como ya veremos trajo consecuencias en la opinión pública argentina al finalizar la guerra”.

Sin embargo, el periodista asegura que “el Hermes nunca fue atacado por un solitario avión Pucará al mando del teniente Daniel Antonio Jukic (como dijeron algunos medios el 2 de mayo y profundizo Gente en días posteriores) puesto que lamentablemente el piloto del avión había fallecido horas antes de dicho ataque en otras circunstancias completamente diferentes”.

Asegura Lozada que “al producirse el ataque de aviones británicos Vulcan B-2 a Puerto Argentino/Stanley, en una base cercana (BAM Cóndor, Darwin) se ordenó la evacuación de los aviones Pucará que había en el campo de aterrizaje, ya que no existía refugio alguno allí frente a los ataques británicos. Sólo dos aviones habían sido evacuados cuando un tercero, como consecuencia del barro de la pista, rompió la rueda de nariz imposibilitando el despegue del resto. Eran las 07:30 hs”. Continua que “el ataque efectuado por tres Sea Harrier poco tiempo después sorprendió al personal de la base intentando remover al avión accidentado en la pista. Una de las bombas lanzadas por el Teniente Hale de la Royal Navy, dio de lleno en el avión matricula A-527 mientras los armeros y los mecánicos asistían al piloto, quien era en realidad el Tte. Daniel Antonio Jukic, oriundo de la ciudad de Bariloche. Como consecuencia de la tremenda explosión, Jukic y siete personas más fallecieron en el acto”.

La tesis incluye el testimonio del teniente Hernández, compañero de Jukic, quien le dijo al tesista: “Estábamos por despegar con la segunda escuadrilla del día, esperando en la pista que lo hiciese la primera, cuando un accidente dejó la pista bloqueada. El jefe de la misma, en plena carrera de despegue, metió la pata de nariz en un pozo y el avión dio de frente contra el suelo. Fue en ese momento cuando los vimos. Giré la cabeza y vi a tres Harrier en formación cerrada, volando a 10 o 20 metros y arrojando sus bombas. Sólo atine a arrojarme al piso, el que parecía flamear y rebotar con las explosiones. Luego del bombardeo levanté la cabeza y vi el avión de mi compañero incendiado y partido en dos. (...) Mi compañero de vuelo había muerto junto con ocho de nuestros mecánicos(...). Eran el teniente primero Jukic, (...)”.

Lozada agrega que “además el contraataque argentino a la flota británica (donde supuestamente fue averiado el Hermes y otras fragatas) comenzó en horas del mediodía. Mal Jukic podría haber participado de dicho ataque al encontrarse fallecido desde hacia más de tres horas”.

El combate terrestre en San Carlos, que nunca existió

Lozada afirma que “otro caso digno de análisis es la información dada por la revista Gente sobre los combates San Carlos. En una infografía a dos páginas se da cuenta de movimientos de tropas argentinas hacia el estrecho homónimo cuando esto nunca existió. Claramente la infografía muestra como tropas argentinas se movilizan hacia la zona de desembarco británico con el fin de neutralizar a las fuerzas invasoras”.

Añade que “Gente publicó una infografia que daba cuenta de cruentos combates en San Carlos; estos sólo existieron de modo aeronaval, es decir aviones argentinos que atacaban la flota británica. Titulando ‘Como fue la batalla del estrecho de San Carlos’, Gente dijo esto entre otros comentarios: ‘El frente de combate se mantiene estable y la situación bajo control de las fuerzas argentinas’. Esto no pudo ser cierto por la sencilla razón que en esa zona había una sola fuerza terrestre: la británica”.

Otro de los comentarios publicados por Gente fue: “efectivos terrestres argentinos comienzan a acercarse a la zona donde los ingleses habían establecido sus posiciones. El objetivo: cercar a las tropas ingleses”. Lozada afirma que “los británicos se extrañaron mucho de no encontrar resistencia terrestre argentina en la zona de desembarco”.

La tesis incluye otros datos que también dan por tierra la construcción de Gente de los combates de San Carlos. Uno de ellos fue brindado por el gobernador militar de las islas durante la guerra, Mario Benjamín Menéndez, quien al finalizar el conflicto declaró: “No nos movilizamos hacia San Carlos por que los medios que disponíamos no nos lo permitían (...) Sólo algunos comandos pudieron acercarse a la zona de desembarco pero sin causar mas daños que derribo de algún helicóptero o alguna trifulca menor. (...) A partir de allí, decidimos defender las islas desde Puerto Argentino y de manera estática, concentrando todas nuestras fuerzas en el lugar y en los alrededores”.

Además, Lozada añade que “difícilmente las fuerzas argentinas terrestres hayan podido acercarse a la zona de San Carlos cuando no tenían los medios para hacerlo. El suelo es de un material conocido como ‘turba’, cuya consistencia es pantanosa y solo sirve para calefaccionar las casas de los isleños. Esto impedía la acción de grandes vehículos de carga puesto que se enterraban en el barro. Por aire también era complicado. A la carencia suficiente de helicópteros se le sumaba la efectividad de los aviones Sea Harrier, dándoles a estos últimos una supremacía aérea solo vulnerada por los aviones cazabombarderos argentinos apostados en bases continentales”.

Qué hizo el periodismo

Roberto Herrscher (1962, Buenos Aires) es sociólogo (UBA) y periodista (Columbia University). Desde 1998 es Director Académico y profesor del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona. También es ex combatiente de la guerra de las Malvinas. Como se dijo antes, su testimonio escrito fue incluido en el libro “La noticia deseada”, de Miguel Wiñazki. Estos son algunos pasajes de su texto:

Cada año, aprovechando los aniversarios y las declaraciones más o menos altisonantes de autoridades civiles y militares, los medios vuelven a “contar” la Guerra de las Malvinas. Pero, salvo muy honrosas excepciones, siempre falta un personaje en el recuento de esa tragedia nacional: los mismos medios y los periodistas que fabricaron esa guerra, y, al hacerlo, influyeron en la forma en que los argentinos nos pensamos, nos sentimos y nos recordamos desde entonces.

No es un olvido fortuito, por supuesto. Los medios de hoy y muchos de los más respetados periodistas –desde los obvios Cacho Fontana y Pinky de la maratón televisiva donde la gente regalaba las joyas de la abuela para la causa patria hasta el sanguíneo Bernardo Neustadt o el flemático Mariano Grondona- participaron en la euforia de Malvinas. Hoy cuentan los errores de la guerra recortando prolijamente de la foto la figura del periodista. Ellos no estaban.

Pero sí que estaban. El 14 de junio cuando los medios anunciaron que se había producido un “alto el fuego” (nunca se mencionó la palabra “rendición”), una multitud desesperada llenó Plaza de Mayo sin haber sido convocada por nadie para gritarle al general Leopoldo Galtieri que por qué no seguían peleando si hasta ayer estábamos “ganando”. Fue en ese momento –como tal vez en ningún otro de la historia de la relación de los argentinos con nuestros medios- que los periodistas se hicieron visibles. Los periodistas habían ido como siempre y cumplían con pulcritud su trabajo. El pueblo, entonces, se dio vuelta y los increpó: “Ustedes también nos mintieron”, gritó una señora. Los fotógrafos y cámaras no tuvieron otra alternativa que registrar los gritos y los puños en alto de los manifestantes dirigidos a ellos.

¿Qué hicieron los periodistas durante la guerra?

Lo más sencillo es seguir las hazañas de los que estuvieron allí. Hubo tres periodistas argentinos en las islas: Nicolás Kasanzew de Canal 7, y Diego Pérez Andrade y Carlos García Malod, ambos de la agencia estatal Télam. Sus historias son fascinantes, pero muy poco de lo que averiguaron llegó a los argentinos durante la guerra. La historia se escribió en Buenos Aires. Desde las islas provenían declaraciones, fotos, imágenes, personajes, todo previamente censurado. Los editores ponían la guerra.

En Buenos Aires, el oficial a cargo de la censura de los medios reunió el 2 de abril a los directores de diarios para anunciarles que trabajarían a partir de entonces en el esfuerzo patriótico para ganar la guerra y que ya sabían lo que tenían que hacer. El director del diario centenario en idioma inglés, The Buenos Aires Herald, James Neilson, contó años más tarde que ese día le dijo al oficial que lamentablemente no sabía lo que tenía que hacer y que por favor le pusiera un censor en la redacción. “Los demás entendieron perfectamente. Hacía seis años que ellos mismos cumplían el triste papel de censores en sus propias redacciones”, terminó Neilson el relato.

(…)

Durante Malvinas no se inventó nada. Se siguió el mismo método de apoyo entusiasta que venía proponiéndose como contenido y tono en los medios durante toda la época de Videla, Viola y Galtieri. En algunos casos, el medio se hacía eco de las opiniones y posturas del Gobierno proponiéndolas como propias (es triste volver a leer en ese sentido los editoriales y los adjetivos editorializantes usados para asegurar que “los argentinos somos derechos y humanos”). En otros casos, un mínimo sentido de decencia llevaba a los periodistas a advertir que sus informaciones provenían de “fuentes habitualmente bien informadas”.

Creación del héroe en diarios y revistas

(…) El libro esencial para entender por qué y cómo perdimos desde el primer minuto es ‘Malvinas. La trama secreta’, de los periodistas de Clarín Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy. El libro lo publicaron en 1983, poco antes de la restauración democrática. En medio de una larga entrevista sobre el periodismo durante Malvinas, le pregunté a Kirschbaum si sabían lo que cuentan en el libro en el momento de la guerra. Sí, lo sabían. Le pregunté entonces qué proporción de lo que realmente estaba pasando pudieron publicar en las páginas de Clarín durante la guerra. La respuesta fue: “Nada”.

Durante tres meses, cinco revistas de actualidad (Gente, Siete Días, La Semana, Somos y Diez Minutos) llenaron el 90 por ciento de sus páginas con fotos, noticias y reportajes de Malvinas. Ninguna tenía ni un reportero ni un fotógrafo en las islas, ni mucho menos en la flota británica. El análisis de esas revistas es una fuente inagotable de maravillas para el estudioso del discurso de los medios.

A lo largo de los textos, los militares argentinos se despliegan en tres tareas: como fuentes oficiales, emocionados proveedores de historias humanas y entendidos expertos supuestamente objetivos. (…)

Las tapas de Gente, especialmente, quedaron grabadas en la memoria de las generaciones que vivieron la guerra.

6 de mayo: Estamos ganando.

13 de mayo: Gran Bretaña asesina. Las fotos de la guerra que usted nunca vio.

20 de mayo: Respuesta argentina a las agresiones británicas. Vamos a atacar.

27 de mayo: ¡Seguimos ganando!

Dos semanas después de la rendición (14 de junio), la tapa de Gente salió en rojo furioso con preguntas dignas de un periodismo opositor y de investigación.

1º de julio: Los soldados que pelearon en Malvinas responden estas preguntas: ¿Había comida? ¿Tenían ropa adecuada? ¿Qué pasó con las armas? ¿Cuántos muertos hubo?

Son 98 páginas de la revista, y ni en ese número ni en ningún otro hasta ahora Gente intenta responder, aunque sea con mentiras, por qué no hizo esas preguntas cuando hacía falta.

Se ha publicado mucho sobre la revista Gente y sus formidables títulos de tapa. Pero todos los medios de la época –salvo los ejemplos valientes de la revista Humor y The Buenos Aires Herald- se plegaron al estilo empalagoso que hacía propias las mentiras del gobierno y les agregaba mucho de cosecha propia.

Mi preferido es el número de La Semana de mediados de abril, cuando Alexander Haig vino a convencer a Galtieri de llegar a un acuerdo y retirarse de las islas y el Gobierno orquestó una manifestación en Plaza de Mayo para demostrar que no podía dar marcha atrás. A página entera (impar), un padre tres cuartos de espaldas, con camisa a rayas arremangada hasta el codo, sostiene a un niño rubio como el Principito. El niño, de unos dos o tres años, lleva en la frente una cinta con los colores de la bandera argentina. La mirada, entre semidormida y soñadora, mira directamente a cámara. Sus deditos regordetes se aferran al brazo del papá.

Este es el epígrafe: “Papá, ¿qué es la Argentina? Hijo mío: tenés una bandera en la frente y una verdad en el alma. Si no fueras tan niño te contaría todo lo que estás viendo. Estás viendo un país unido por la Justicia, a pesar de todos nuestros desencuentros. Cuando seas grande te vas a acordar de este día. Pero todavía eres niño. Duerme, hijo mío, duerme”.

Nótese que en su exaltación poética, el periodista que había empezado a hablarle al niño de vos, en “argentino” (“tenés”) termina imitando la verba inflamada de los tribunos románticos del siglo pasado (“eres”, “duerme”). En Argentina, el “tú” suena forzado, extranjero, solemne o antiguo. Sin darse cuenta, el anónimo autor del epígrafe se metió en el lenguaje de las arengas atemporales que le definieron en la escuela primaria la forma en que se habla de la Patria.

Los medios no aprendieron la lección de Malvinas

(…)La revista La Semana, la misma de “Papá ¿Qué es la Argentina?”, había seguido en los últimos meses de la dictadura el viento de la Historia y se había hecho más opositora. Sacó documentos críticos, la dictadura la cerró, su director se exilió en Venezuela y, apenas restaurada la democracia, entre la elección de Alfonsín y su asunción, publicó un número especial. Se llamó Libro Histórico 2.800 días del Proceso. Todo el horror del peor Gobierno de la Historia. Este es un recuento en la primera página: “Muerte, desaparecidos, inflación, endeudamiento, corrupción, ilícitos, terror, desocupación, deserción escolar, desnutrición infantil, una guerra sucia y una guerra loca”.
Las páginas que dedica a la guerra de las Malvinas son lapidarias. Empieza con el 2 de abril y, dos páginas más adelante, el gran día. Fue el 9 de abril, cuando Alexander Haig vino a ofrecerle a Galtieri lo que había podido obtener como compromiso de Thatcher. El Gobierno y todos los periodistas “transmitieron en cadena” (la frase es de Decíamos ayer )* llamaron a la multitud a manifestarse en Plaza de Mayo. “Si quieren venir que vengan” alardeaba Galtieri. Pero en esta edición de La Semana del 83, la foto está tomada desde el centro de la plaza. Al fondo, pequeñito, se ve a Galtieri entre banderas argentinas. “En la Casa de Gobierno, Galtieri se creyó presidente por muchos años”, dice el epígrafe.

¿Qué había dicho la revista de esa semana del 82, un año y medio antes? Ya en la elección de la imagen se ve que faltaba esa saludable “distancia”. La foto del General es de primer plano, tomada desde detrás de su hombro. Se ve la plaza llena y se la mira desde el punto de vista de Galtieri. El General sonríe, brazo en alto. El título: “Galtieri para todos”. La última página del Libro Histórico 2.818 días del Proceso es una foto a todo color. Al lado, un epígrafe: “Él espera. Nació cuando la Argentina se debatía en el caos. Crecerá en la Argentina que sobrevivió al Proceso de Reorganización Nacional. Por él tiene sentido este viaje que hicimos a través de 2.818 días de horror. Que este sea el primero y último Libro Negro de su vida”.

Pero la foto que ocupa toda esta última página es la misma del niñito rubio con el lazo de los colores de la bandera en la frente, en brazos de su padre, con la misma camisa a rayas arremangada. Es la misma foto. La misma revista. Un año y medio después.

La Semana y su director, Jorge Fontevecchia, no son excepciones ni portentos. Los que deciden por la sociedad argentina, decidieron que Malvinas ya no tiene que ver con nosotros. Fue la aventura loca de un general borracho. Y están dispuestos a usar, abusar y cambiar el pasado para recordarnos a todos como opositores.

Pero la verdad es que prácticamente no hubo opositores durante Malvinas.

* Se refiere al libro "Decíamos ayer" de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, de editorial Colihue.

“No fueron inocentes”

Esto dijo un periodista que sobrevivió al infierno. Es Rodolfo Braceli, en la revista Plural, en 1987: “La mayoría de los medios de comunicación y muchos notables periodistas, más que ser sumisos y salvar el pellejo, la pasaron bien. No fueron víctimas. Ni fueron inocentes. Decir que no fueron inocentes es una manera suavísima de decir que fueron, también, particularmente culpables…Y hay más para revisarnos: una cosa es la sumisión por pavura y otra cosa es la genuflexión azucarada y gozosa, la de la complicidad. De esto último hubo demasiado”.
Braceli está hablando de toda la noche de la dictadura militar, pero los días de Malvinas fueron especialmente provechosos para los cómplices y genuflexos: estábamos en guerra. Los periodistas nos enseñaron a todos que agachar la cabeza y sonreír era no solamente seguro, una garantía de preservación. Era bueno, era necesario, era la única conducta patriótica y valiente (frente al enemigo, Inglaterra).

(…)

A modo de conclusión

Todos los textos aquí aludidos merecen leerse por completo. Y en el caso de la tesina del periodista Lozada, bien merecería su publicación. Quienes fueron contemporáneos de la Guerra, podrán recordar y sacar sus propias conclusiones. Los más jóvenes también, pero para prevenirse: en una guerra, en cualquier país del mundo, la Verdad nace herida de muerte. ¿Podrá explicárseles a nuestros niños que una multitud en Plaza de Mayo vitoreaba por Malvinas frente a un dictador que la arengaba? ¿Podrá explicárseles sin precisar el rol que jugó el periodismo? ¿Podrán esos veteranos periodistas seguir escribiendo sin autocríticas? ¿Habrá autocrítica? Es necesaria para que todo no se explique –a los incautos- por la existencia de un Acta de la Junta Militar en el control de la información. Habrá que preguntarse por qué en casi 24 años de gobiernos constitucionales asociamos a Malvinas con “abandono”; “chicos de la guerra”; “dolor” y “tristeza”. Y casi nunca con “gesta”; “valientes soldados”; “coraje” ó “heroísmo”. Igual que en 1982, nunca nos dijeron que podíamos perder. Nadie nos dice ahora qué podemos hacer para ganar. Para recuperar la verdad en forma completa. Como dice en su testimonio, Diego Pérez Andrade, para que no nos saquen "todo lo que oliera a memoria periodística de la guerra".

Aportes de los lectores

EL ÚLTIMO HELICOPTERO
Por Diego Pérez Andrade*

La mañana del 17 de junio de 1982 pintaba ventosa y muy fría. Algunos nubarrones grises corrían por arriba nuestro, mientras observábamos las interminables maniobras de aterrizaje y despegue de los helicópteros sobre la cubierta del rompehielos Almirante Irízar.

Unos dos kilómetros delante teníamos, detrás de la franja de mar verde y revuelto, las costas de Comodoro Rivadavia. Volvíamos, ¡por fin! al continente, después de haber pasado toda la Guerra de Malvinas en las Islas. Derrotados. Pero contentos de estar de nuevo en casa.

Los helicópteros Bell del Ejército se llevaban de a cuatro, algunas veces de a seis, a los heridos que traíamos a bordo desde Puerto Argentino, que eran más de 300, y los depositaban en las ambulancias que los trasladarían a distintos hospitales de Comodoro.

El Irízar, tras el comienzo de las hostilidades, había sido convertido en buque hospital y cubierto su casco, habitualmente de color naranja antártico, con una capa de pintura blanca. La cuestión era evitar que los británicos lo confundieran con un mercante y lo echaran a pique.

Nos juntamos a proa a divisar con binoculares el gentío que se apiñaba sobre la costa de la ciudad. Son más de 50.000 personas, fantaseábamos con Carlos García Malod, quien como yo había sido cronista en la corresponsalía de Télam en Puerto Argentino.

Eduardo Farré, nuestro fotógrafo, trabajaba ensimismado con un teleobjetivo grande como un termo y no nos daba bola. El radiooperador, Juan Carlos Torlica González temía que se presentaran en el puerto las dos novias que había dejado al irse a la guerra, con lo que su desembarco amenazaba ser más peligroso que el escenario que habíamos dejado atrás.

Todos sabíamos que entre la multitud que esperaba a los primeros combatientes que volvían de Malvinas, tras la rendición, también había colegas nuestros de todo el mundo, cámaras de televisión y reporteros estrella. Y secretamente ansiábamos nuestros cinco minutos de fama luego de tanta censura, tanta tristeza y un frío que no nos abandonaba. Y de tantas muertes.

No lo decíamos, pero por dentro esperábamos vernos admirados como héroes y conseguir lo que rara vez logra un periodista: ser noticia por sí mismo. Brillar con luz propia y no por la habilidad de relatar los claroscuros de este o aquel personaje. Sí. Aquél sería nuestro momento, y nadie podría quitárnoslo. Pero debíamos tener paciencia. No habían dicho que nos llevarían a tierra después de que trasladaran a todos los heridos. En el último helicóptero.

…………………………

Mentalmente, mientras acodado en la baranda del barco oteaba el ir y venir de helicópteros, recordé como en un flash back cuando el gobierno militar, no bien comenzó la guerra, nos advirtió que Télam no difundiría en el servicio a sus abonados ninguna noticia originada en las Islas -esto es, escrita por nosotros- en las que se hablara de bajas propias o de combates donde las tropas argentinas hubieran sido derrotadas.

O sea, nada, ya que todo el conflicto armado fue una derrota para la Argentina, de principio a fin. Hubo excepciones, sí, alguna que otra incursión de los cazas navales o de la Fuerza Aérea. Pero que nunca fueron suficientes ni ocurrieron cuando verdaderamente los necesitábamos.

Nuestros conocimientos de estrategia eran mínimos, pero no se necesitaba ser un Clausewitz para darse cuenta que Malvinas es un escenario básicamente aeronaval. Bueno, pues no teníamos ni aviones ni barcos. Y sí 10.000 soldados enterrados en trincheras estáticas que rezumaban humedad, sin armamento, sin comida ni ropa de recambio.

Grandes y pequeños detalles que nosotros informamos a Télam central en nuestros diarios despachos, pero que eran minuciosamente grabados y llevados al estado Mayor Conjunto por un grupo de militares de Inteligencia que cumplían turnos de guardia junto al aparato de radio las 24 horas. Detalles, como digo, que no fueron nunca publicados.

Pero que eran fuente de comentarios que los jefes del Estado Mayor Conjunto hacían a los principales editores de los grandes diarios y revistas de alcance nacional, según el grado de cercanía que éstos tuvieran con la causa del Proceso de Reorganización Nacional.

Pienso que allí estuvo la clave para comprender cómo fue posible que millones de argentinos creyeran el Gran Engaño del “Estamos ganando” y “Hundimos al Sheffield”. O las tapas de revistas donde Margaret Thatcher salía con colmillos como si fuera la novia de Drácula. Volvió a repetirse la alianza entre los generales y los propietarios de los medios de comunicación que tan bien había funcionado durante la represión. Todos ellos supieron todo, siempre. Pero nunca dijeron nada.

Estas y otras cuestiones que en estas pocas líneas sería imposible narrar eran el meollo del speech que pensaba, aquella fría mañana embarcado frente a la costa patagónica, contar a quienes estuvieran dispuestos a escucharme. ¡Y qué quilombo se armaría! Seguramente me llevarían a entrevistarme a Europa y a los Estados Unidos. ¿Qué menos?

……………………….

Pasado el mediodía nos juntamos para almorzar en el comedor del buque y García Malod se preguntó si debíamos ocultar los cassettes con entrevistas que habíamos hecho durante los 74 días que pasamos en las Islas. “Y también los rollos de fotos, tengo como 60 y sería una cagada que nos los afanaran”, terció el Pollo Farré.

El miedo no es zonzo Sabíamos que el gobierno militar interceptaba y se incautaba de todo material periodístico que habíamos intentado introducir clandestinamente en el continente. Generalmente eran rollos de fotos, o en el caso de ATC cassettes de video, que enviábamos con las tripulaciones de los poquísimos Hércules C-130 o los Fokker que lograban burlar el bloqueo en su regreso a Comodoro, Río Gallegos o Río Grande.

No se supo cómo se enteraron los censores, pero a partir del 15 de mayo a los pilotos y acompañantes, al poner pie en tierra en el continente, los revisaban de pies a cabeza.

Lo curioso fue que muchas de esas fotografías, que nunca se publicaron en nuestro país, las vimos luego en las paginas de los principales semanarios del mundo: Stern, Newsweek, Time, Cambio 16, Paris Match y otros por el estilo. Farré calcula que con ese material, cuya obtención casi le costó la vida en muchos casos, los militares argentinos que lo comercializaron deben haberse forrado en dólares.

Entre el grupo de civiles que volvía con nosotros a bordo del Irízar no dudamos en elegir al jujeño Facundo Tolaba, un empleado de Vialidad Nacional que había manejado una retroexcavadora para horadar el suelo de turba y construir los pozos de zorro para los soldados.

Su aspecto rústico y su piel cobriza revelaban que era de origen colla, y su ropa de trabajo y zapatones con suela de tractor despistarían -pensamos- el olfato de los fisgones de la inteligencia militar en el hipotético caso de que nos requisaran. Pero…¿quién se atrevería con los primeros héroes que regresaban a casa?

De cualquier forma, escondimos los rollos de fotos en paquetes de dos kilos de café colombiano que habíamos comprado baratísimo en el West Store –el único supermercado de las Islas- ya que regía en todo el archipiélago el régimen de mercaderías libres de impuestos.

Cerca de las 18 nos tocó abordar el último helicóptero. La ansiedad era generalizada, y la preocupación de Farré era que llegáramos con luz para salir bien en las entrevistas televisivas.

Pero nunca llegamos a la zona portuaria donde se agolpaban los comodorenses y nuestros colegas. El piloto del último helicóptero sobrevoló la muchedumbre y encaró hacia un descampado en las afueras de la ciudad, donde nos esperaban tres camionetas de color verde oliva.

De allí a unos galpones en desuso donde funcionaba una unidad de Inteligencia a militar, al mando del coronel Esteban Solíz, que nos recibió con una arenga supuestamente patriótica según la cual “el particular momento por el que atraviesa el país torna inconveniente que ustedes cuenten lo que vieron en nuestras Islas irredentas”.

Y, por supuesto, al que primero revisaron fue a Tolaba y a su humilde bagayo, que era una valija de cartón atada con una soga. Cuando comenzaron a caer los rollos de los tajeados paquetes de café, el hombre de Vialidad nos miró en silencio, con cara de póker. No nos vendió.

Pero saltamos y nos hicimos cargo. Y eso dio pie a los uniformados para que nos ordenaran desnudarnos por completo y colocarnos de cara a la pared con los brazos arriba y las piernas separadas. Hacía un frío de locos, pero allí estábamos, en bolas y en silencio.

Los fisgones, encima, nos revisaban a las apuradas y se iban corriendo a otra oficina no lejos de allí. Otros venían a relevarlos con gesto de fastidio. Era como si no quisieran cumplir con esa ignominiosa misión. Después desculamos que era porque estaban viendo por TV un partido de Argentina en el Mundial de España.

Nos sacaron los rollos, los cassettes y varias libretas con apuntes. Todo lo que oliera a memoria periodística de la guerra. “Y ahora se van para la ciudad y cuidadito con lo que andan contando. Bastantes problemas tenemos ya los argentinos para que ustedes vengan a hablar boludeces”, rugió Soliz a modo de despedida.

Esto ocurrió hace 25 años en la Argentina, cuando el que firma era un joven periodista que confiaba en que las cosas cambiarían para mejor. Pero que ahora, a los 54 años, ya no está tan convencido de esa posibilidad. Pero seguramente está equivocado. No será la primera vez.

(*) Periodista, integró la dotación de la agencia de noticias Télam en Puerto Argentino, desde el 25 de abril al 15 de junio de 1982. Hijo de periodista y con un hermano, Julio, desaparecido en 1978.


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