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“Carta política”: la revista que nació con la dictadura, dirigida por Mariano Grondona

17.05.06 | 12:54. Archivado en Zona Dura
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Un mes de mayo, pero 30 años atrás, surgía la revista desde la cual Mariano Grondona haría público su apoyo a la última dictadura militar. ¿Sabía el conductor de Hora Clave sobre las desapariciones que estaban ocurriendo en nuestro país? Los argumentos que le dio al gobierno de facto para defenderse de la “campaña extranjera”. Su “secuestro” y el mensaje a los líderes de la Iglesia. Los periodistas confiables para el Gobierno de Videla. Un pequeño recorte de la vida de Grondona, que muestra no sólo sus acciones, declaraciones y artículos, sino también, el contexto en el que actuó. Extractos del libro “El Doctor” del periodista Martín Sivak.

A fines del año pasado salió a la venta el libro “El Doctor” (Editorial Aguilar), una biografía no autorizada de Mariano Grondona, escrita por el periodista Martín Sivak. El libro es un recorrido por la vida del conductor de “Hora Clave” desde sus días de estudiante universitario hasta sus actuales editoriales desde la pantalla de Canal 9. Uno de los capítulos más atractivos es el que se refiere a la salida de la revista “Carta Política”, según el autor del libro “la primera revista nacida en el Proceso”. El DsD presenta hoy los aspectos centrales de ese pasaje.

El libro de Sivak es el primero que reconstruye vida y obra de Grondona, luego de un intento fallido de la periodista de Página/12, Susana Viau. En su contratapa, presenta una enumeración implacable sobre la trayectoria de “El Doctor”. Dice que “todas las caras de Grondona van surgiendo en estas páginas: el dirigente estudiantil y comando civil, el seminarista, el profesor de la Escuela Superior de Guerra, el funcionario. También el hombre de familia y descendiente de inmigrantes preocupado por el ascenso social. Y, sobre todo, sus papeles durante la última dictadura: asesor de la Fuerza Aérea, contact-man de José Alfredo Martínez de Hoz, propagandista bajo seudónimo, analista favorito en la embajada norteamericana y partícipe de la mayor quiebra de la patria financiera”.

El libro tiene un doble valor: además de revelar aspectos desconocidos de la trayectoria de Grondona, es una excelente compilación de todo lo escrito y dicho por él a lo largo de su carrera. Cualquiera que quiera saber qué dijo, qué hizo o qué escribió en las distintas etapas políticas de nuestro país lo encuentra en “El Doctor”. El trabajo recoge más de 200 fuentes que el periodista consultó, entre orales y documentales. Tal como Sivak lo cuenta en el prólogo, Grondona nunca lo quiso atender. Una persona cercana le dijo al autor: “Dice que hagas el libro con absoluta libertad, con toda la libertad, pero que él no te va a recibir”.

Sivak trabajó en varios medios de nuestro país: los diarios Página/12 y Perfil (en su primera versión) y en las revistas Veintitrés (desde sus orígenes, cuando se llamó Veintiuno y Veintidós) y TXT. También publicó artículos en medios latinoamericanos como Brecha (Uruguay), Gatopardo (Colombia) y Surcos (Chile). En televisión participó de los ciclos de Jorge Lanata (“Día D” y “Detrás de las noticias”). Hizo radio en Nacional (“Supernova”), De la Ciudad y Del Plata. Publicó dos libros: “El asesinato de Juan José Torres” (1997) y “El dictador elegido, biografía no autorizada de Hugo Banzer Suárez” (2001). Actualmente se encuentra en Inglaterra, becado por el British Council para realizar estudios de posgrado en la London School of Economics and Political Science.

Mayo del 76

El mes de mayo no fue uno más para Mariano Grondona. Hace 30 años, en mayo de 1976, a dos meses del golpe que instauró la dictadura militar más sangrienta en nuestro país, Grondona se hacía cargo de la dirección de la revista “Carta Política”, según Sivak, “la primera revista nacida con el Proceso de Reorganización Nacional”.

Sivak cuenta en el libro que la publicación fue un emprendimiento del empresario Raúl Piñeiro Pacheco, a quien define como “el típico exponente del capitalismo aventurero argentino”. Relata que “cuando su familia se empobreció, trabajó como cadete, mayordomo en la estancia de un tío y vista en la Aduana de la ciudad de Buenos Aires; luego Onganía lo designó en la de Salta, desde donde lanzó una campaña en la prensa nacional contra ‘el control porteño’. Al interrumpirse su carrera en el Estado, lo contrataron los Patrón Costa, una familia tradicional salteña. Su audacia le permitió ofrecer cien toneladas de harina de trigo para vender en Bolivia, a pesar de no tener ni diez kilos; gracias a un crédito, un año y medio más tarde su empresa era la primera exportadora nacional en el rubro. Su segundo gran negocio también tuvo como insumo principal el atrevimiento: sin un contacto ni el más leve conocimiento del idioma inglés, viajó a los Estados Unidos para conseguir un cliente al que le pudiera vender azúcar desde el ingenio más grande de la Argentina, propiedad los Patrón Costas. Lo consiguió. Profundizó ese camino y de a poco se diversificó con la exportación de tabaco a España y la compra de campos”.

Sivak asegura que “tras acumular dinero, Piñeiro Pacheco necesitó darse a conocer ante el mundo empresario argentino. En 1973 comenzó a rumiar en la posibilidad de una publicación, acaso una revista. Discutió el proyecto con algunos de sus amigos: Hugo Martini, Juan Carlos Lynch y Roberto Durrieu, tres hombres ricos, conservadores y católicos. Así surgió Carta Política. Martini la dirigió en su primera etapa, que terminó en agosto de 1975 con una mesa redonda sobre cómo llegaría el país al 2000. Entre otros opinadores, participaron de ella los columnistas de Primera Plana Carlos Floria, Félix Luna, Rodolfo Pandolfi y Grondona, a quien el dueño del medio había conocido a través de amigos en común como el cadete Juan José Güiraldes, Nicanor Costa Méndez, el escribano Wenceslao Bunge (sólido representante de empresas estadounidenses) y Fernando Lynch (cuñado de Grondona y compañero de colegio de Piñeiro Pacheco). El columnista creció también en este medio: la segunda etapa de Carta Política tuvo como director a Grondona”.

El libro señala que el golpe que terminó con la presidencia de María Estela Martínez de Perón, precipitó la salida de la revista, en su segunda etapa. Piñeiro Pacheco le dijo a Sivak: “Mariano la puso en marcha respondiendo perfectamente a las pretensiones que yo tenía”. El libro dice que “Piñeiro Pacheco confiaba en que la red de relaciones de Grondona en el poder económico, las Fuerzas Armadas (FFAA), la Embajada de los Estados Unidos y la Iglesia Católica resultarían útiles a su proyecto”.

Carta Política tuvo a Grondona como director y a Miguel “Miqui” Alurralde como jefe de redacción. Además de contar con “artículos con pretensiones analítico-filosóficas, referencias académicas y notas firmadas por economistas, filósofos, sociólogos y columnistas de prestigio en ciertos círculos como Ezequiel Gallo, José Luis de Imaz, Manuel Mora y Araujo, Oscar Camillión, Nicanor Costa Méndez o Juan Carlos de Pablo. Todos cobraban por su trabajo, porque parte del negocio de Piñeiro Pacheco consistía en mullir su nombre con comentarios positivos”.

Apoyo al “Proceso”

“El Doctor” consigna que el primer número de la revista salió en mayo, y “en la primera columna el director de estreno alabó a Jorge Rafael Videla: ‘No ha habido golpe sobre la mesa. Quizás no lo haya. Sin embargo, hay poder. Un poder suave, discreto. Limitado hacia el futuro, pero concentrado en el presente, puesto que el Presidente es, a la vez, comandante general del Ejército y titular de la Junta Militar. Un poder institucional que se extiende hacia sucesiones programadas y encierra, por eso, la promesa de un sistema. Ante un país que viene de largos desencuentros, el agua fresca de una esencial innovación’”.

Sivak relata que “el alineamiento con la Junta provocó un pequeño susto a Carta Política. Un cadete de la empresa, vinculado a uno de sus directivos, militaba en Montoneros; fue detenido en uno de los tantos operativos delictivos del PRN. En su poder encontraron fichas con los detalles (domicilio particular, movimientos, fotos carnets) de algunos empleados de Piñeiro Pacheco. La novedad los alarmó. Pero los volvió más procesistas aún”.

Sivak cuenta una imperdible anécdota sobre el nivel de información y la postura de Grondona por esos días:

“Grondona tenía una idea clara de lo que sucedía en el país, y no sólo por el desafortunado asunto del cadete. A mediados de 1976, uno de sus columnistas, Ezequiel Gallo, doctorado en Filosofía en la Universidad de Oxford, lo invitó a una cena junto con su esposa, a la que también asistieron el director de The Buenos Aires Herald, David Cox, y su esposa, Maud Daverio de Cox.
–Mariano, ¿es cierto lo que se rumorea: que grupos armados entran a las casas y matan sin piedad? –le preguntaron.
–Sí. Y no me sorprende –contestó Grondona. Hace mucho tiempo que están haciendo esta clase de operativos. Yo mismo estaba al tanto, hace años, de todo eso.
– ¿Son paramilitares?
–Me han dicho que ahora la táctica que utilizan es diferente. Parece que llaman a cada oficial para que se actúe en determinado operativo. Hasta los de administración son convocados, de noche o de madrugadas. Así todos se comprometen a actuar en el sistema. Para que haya solidaridad, todos se tienen que manchar las manos con sangre.
Maud de Cox se sorprendió al escucharlo. ‘Me impresionó la frialdad con que contaba todo –recordó tres décadas después–, cómo aceptaba que se cometieran esas barbaridades. Las había convertido en una verdad que ya no era posible cambiar’.”

Antisemitismo

Sivak consigna en su libro otra faceta polémica que mostró Grondona al frente de Carta Política. Reseña que “la nota de tapa ‘Los judíos’, publicada en junio de 1977, disparó una fuerte sospecha de antisemitismo. En su ensayo ‘Los negritos del Dr. Grondona’, el filósofo Tomás Abraham escribió: ‘Seré breve: el doctor no traga a los judíos’. El verbo juega con lo que había escrito el director de Carta Política en aquel número: ‘¿Cuál es, de todos modos, el problema judío? Nos animaríamos a decir que es un problema de digestión histórica’. El argumento consistía en pensar a esa minoría como reciente y resistente. Su parte más interesante sostenía que se debía ‘atender’ a los pensadores judíos ‘congruentes con la tradición cristiana’, como Baruj Spinoza o Martin Buber, y no a los ‘impugnadores’ como Karl Marx, Sigmund Freud o Ferdinand Marcuse, ya que la nación todavía no había logrado la adultez. Una forma original de estigmatización, porque algunos de los intelectuales judíos eran lectura de la izquierda revolucionaria”.

Sivak recuerda que Grondona declaró años más tarde: “En ese artículo yo proponía una mayor integración entre la comunidad judía y el resto de los argentinos. Tuve una reunión con Marshall Meyer, que casi me mata, y con doce rabinos más. Él me dijo, al final: ‘He llegado a la conclusión de que usted no es antisemita’.”

Debate sobre el periodismo

En otro pasaje del libro Sivak señala que “desde Carta Política Grondona pretendió que era posible debatir sobres los medios de comunicación. Organizó una mesa redonda con Neustadt, Gambini, Alberto Borrini (codirector de El Cronista y Mercado) Ramiro de Casasbellas (subdirector de La Opinión) y el padre Agustín Luchía-Puig (Esquiú), en la que discutieron afablemente sobre ‘el futuro del periodismo’. La charla se publicó, como asimismo una sobre ‘cultura y libertad’, en la que participaron, entre otros, periodistas del staff de Carta Política como Ernesto Schóo y Martín Muller. La puesta en escena proclamaba un país en debate perpetuo, con democráticos intercambios de ideas”.

Para el autor del libro, “la confianza del régimen en Grondona resultaba tan categórica que no necesitó incluirlo –como tampoco a Neustadt– en una lista de ‘periodistas claves’ que aparece en un documento secreto de las FFAA sobre cómo difundir el conflicto limítrofe con Chile, cuyo pico de tensión estremeció el invierno de 1978”.

Relata que “en agosto de 1980, el cardenal Antonio Samoré le escribió a Videla para evitar que la trascendencia pública (del conflicto con Chile) turbase la mediación del Vaticano. Y el día 20 de ese mes el Principal Elemento de Comunicación Social (PELCOS), dirigido por el general Antonio Llamas, presentó el paper ‘La acción comunicacional sobre la mediación en el conflicto austral’, donde se fijan como objetivo que la población ‘comprenda’ el significado de una solución política, la importancia de la soberanía y el papel de la Iglesia. Para lograrlo, la dictadura aspiraba a que periodistas de ‘los principales programas informativos y/o de opinión’ dosificasen los argumentos indicados, sin mencionar la fuente”.

Sivak relata que “este ‘Documento del Estado Mayor Conjunto’, al pie de cuya primera página dice ‘secreto’, titula su punto 5.1 ‘Comunicadores clave’, y en la subanotación 5.1.1.1 enumera a aquellos que considera tales: Enrique Llamas de Madariaga (hermano del director del PELCOS), Julio Lagos, Magdalena Ruiz Guiñazú, Roberto Maidana, Mónica Cahen D’Anvers, César Massetti, Betty Elizalde, Raúl Garibati, Raúl Urtizberea, Silvio Huberman, Lidia Satragno (Pinky) y Rodolfo Aguirre Mencia. El nombre de Grondona hubiera sido redundante: mientras este documento se redactaba, ya asesoraba a la Fuerza Aérea.”

Política e Iglesia

El 8 de agosto de 1976, Grondona y su esposa Elena Lynch fueron secuestrados y llevados al campo de concentración denominado “Automotores Orletti”, que era operado por Aníbal Gordon y su banda parapolicial. Sivak recuerda que “cientos de latinoamericanos pasaron por Automotores Orletti, ya que se trató de uno de los centros de la Operación Cóndor, la internacional represiva que acordaron las dictaduras de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay. Pero también estuvieron nativos como el actor Luis Brandoni. A la mayoría de ellos los torturaron brutalmente; algunos detenidos uruguayos fueron trasladados a Montevideo; otros permanecen desaparecidos”. Sin embargo, Sivak asegura que “Grondona y Elena recibieron un trato distinto. Una vez adentro, por ejemplo, les quitaron la capucha con que los habían cegado durante el camino. Eso les permitió observar, entre otras cosas, que en las paredes colgaban imágenes de Juan Manuel de Rosas, Adolf Hitler y Primo de Rivera. Y ver la cara de sus captores”.

El texto señala que Gordon, luego de un largo preámbulo, “dictó a Grondona una serie de instrucciones. Primero debía convocar a una conferencia de prensa para denunciar que la Triple A lo había secuestrado y que el Ejército no atacaba a los Montoneros porque se había concentrado en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Después debía hablar con los obispos y pedirles que se deshicieran de los curas tercermundistas. ‘Si no, nos vamos a ocupar nosotros’, les mandó a decir. Un mes antes, el 4 de julio de 1976, cinco religioso palotinos habían sido asesinados en la parroquia de San Patricio, en Belgrano R. Tras cuatro horas con Gordon, el matrimonio fue liberado. Y Grondona cumplió con los pedidos recibidos: dio la conferencia y se reunió con monseñor Adolfo Tórtolo y el nuncio papal Pío Laghi, uno de los religiosos que más frecuentó la casa de Grondona en aquellos años”.

Sin embargo Sivak recuerda que “Días antes de su secuestro, el director de Carta Política había publicado una columna que no daba lugar a dobles lecturas sobre su posición: ‘¿Que quedará en la Argentina sin la espada y sin la cruz? ¿Quién querrá quedar en la historia como aquel que la privó de una de ellas? La Argentina es católica y militar. Ninguna responsabilidad hay más alta en este tiempo que el cuidado de esa ‘ y ’. El énfasis de Grondona en la conjunción copulativa sugiere que, como Gordon, reclamaba un apoyo total de la Iglesia a la llamada lucha antisubversiva. Y eso ocurrió. Tórtolo se encargó de expresarlo: ‘Yo no conozco, no tengo prueba fehaciente de que los derechos humanos sean conculcados en nuestro país’, declaró el 14 de octubre de ese mismo 1976. ‘La iglesia piensa que el gobierno de las FFAA es una exigencia de la coyuntura’. Mientras tanto, el nuncio papal jugaba al tenis con Emilio Eduardo Massera y bendecía las armas de los militares que combatieron en Tucumán a las órdenes del general Antonio Bussi”.

Argumentos para el Gobierno

“A pesar de las cuatro horas de asimétrico tête a tête con Gordon, y de haber visto al menos a otro detenido durante su cautiverio, -cuenta Sivak-, Grondona aumentó su oficialismo. Su columna posterior al secuestro, publicada en septiembre, se tituló ‘Por una nueva epopeya’, pudiéndose inferir que la primera había sido el 24 de marzo. El gobierno, escribió, obtenía ‘éxitos importantes en sus dos objetivos inmediatos: la lucha contra la subversión y el reordenamiento económico’. En la edición subsiguiente de Carta Política se explayó sobre la represión, pero lejos de cualquier confidencia brindó argumentos para que la dictadura respondiera a las acusaciones del exterior: en la jerga periodística, la nota se llamaría de servicio. ‘Ayudamemoria para la Defensa’ situaba el comienzo de esos supuestos ataques en un editorial de The New York Times, donde se reveló que ‘elementos de las FFAA de la Argentina están impulsando una campaña drástica de asesinatos, torturas y prisiones’. También rastreaba su continuación: solicitadas que publicaban dirigentes socialdemócratas como el sueco Olof Palme o el francés François Mitterrand; un dictamen de la Organización Naciones Unidas; dos sesiones, con denuncias, de la subcomisión del Comité de Asuntos Externos de la Cámara de Representantes norteamericana; y hasta ‘advertencias de líderes mundiales’ como Paulo VI y Henry Kissinger”.

En esa columna, Grondona brindaría argumentos al gobierno militar para la defensa de esa “campaña internacional”. Sivak recoge los principales puntos:

“1. (...) El Estado argentino se halla bajo ataque por no asegurar el respeto de los derechos humanos de quienes participan de la violencia subversiva o son sospechosos de ella. Las mismas fuentes no han hablado una sola vez de los derechos de las víctimas de la subversión. Si el teniente primero Fernando Cativa Tolosa hubiera matado a sus matadores (…) habría violado un derecho humano. Como murió, no lo violó.

”2.(...) ¿Puede considerarse un mero delito la acción conjunta de miles de combatientes organizados? Si lo que vivimos es una guerra, ¿quién exigiría que durante el combate se pretenda detener a los que disparan sus armas o que, después de él, los prisioneros de guerra vayan a un tribunal? ¿Se trató así a los norcoreanos o al Vietcong?

”3. (…) Precisamente como estamos en una guerra –gracias a Dios en sus finales– no hay control total. No los hay de los restos de la ultra izquierda. No lo hay de los espontáneos de la ultraderecha. (…)

”4. Aceptemos entonces que en la Argentina, en Chile o el Uruguay, no rigen plenamente los derechos humanos porque la guerra todavía no terminó. ¿Son estas naciones las únicas que merecen atención? ¿Por qué concentrarse en ellas? (…)”.

El autor del libro concluye: “Grondona quería funcionar como asesor en público del régimen militar, orientarlo ad honorem. Terminó de mostrar sus capacidades al dedicar el último párrafo al Departamento de Estado: ‘Si la presión sigue subiendo, la idea de darla vuelta en dirección de un liderazgo interno resultará muy atractiva. Algunos lo recharazán. Otros, quizás no. El verdadero interés de los Estados Unidos no es, por cierto, estimular esta disyuntiva. Si el cerco aprieta, sin embargo, puede ser el nuestro aprovecharla. No sería la primera vez que la animadversión externa sea recibida como un regalo de los dioses para impulsar el entusiasmo nacional’”.

Asesor de la Fuerza Aérea

Otro pasaje del libro revela cómo Mariano Grondona se convirtió en asesor de la Fuerza Aérea durante los primeros años de la dictadura. El brigadier Basilio Lami Dozo le dijo a Sivak: “Convoqué a Grondona porque lo veía, como decimos nosotros, un hombre de Estado Mayor. Hombre de asesoramiento. Él, ni decide ni ejecuta: el Estado Mayor le aporta todos los elementos para que pueda tomar decisiones. Y él es muy preparado, con muchos conocimientos de política”.

Sivak dice que la relación entre “El Doctor” y la Fuerza Aérea comenzó a través de Carta Política. “La portada del Nº 40, de febrero 1977, mostraba una canilla y un dedo que intentaba, en vano, detener el agua que insistía en correr, con el título ‘Vuelva la política’. La carta del director, ‘Las dos líneas’, desarrollaba la tesis de una división entre duros y blandos en la dictadura. ‘Nadie diría que el presidente Videla, por ejemplo, sea un duro; todos lo pensamos, por el contrario, como un hombre naturalmente abierto para el diálogo y el entendimiento’, escribió Grondona. ‘Así como el imperativismo caería en el destino de Onganía, la politización repetiría la experiencia Lanusse. El país no quiere ni lo uno ni lo otro’, argumentó, sin pronunciarse así por ninguna de las facciones. ‘Tenemos dos líneas. Queremos dos líneas, puesto que el país necesita sus sutiles intercambios’.”

Sivak asegura que “después de leer Carta Política, Lami Dozo comentó a Juan José Güiraldes: ‘Grondona, en algún momento, podría ayudarnos a preparar un plan político’. Todavía no era el momento, pero el cadete era el nexo: un gran amigo de ambos”.

Concluye que “Grondona, su amigo Jaime Perriaux –cabeza del grupo procesista que llevaba su nombre–, Ricardo Zinn –vinculado a la curia y a la Aeronáutica– y Víctor Massuh –quien definió la subversión como una enfermedad moral propagada por todo el mundo, y fue embajador de la dictadura ante la UNESCO–, integraban el grupo de aspirantes a intelectuales orgánicos del régimen. Veían en las FFAA las responsables de salvar a la Argentina y a toda la civilización. En abril de 1978, el director de Carta Política concretó esa aspiración: comenzó a asesorar a la Fuerza Aérea”.

Cierre de Robert Cox

La actitud de Mariano Grondona como periodista durante la última dictadura se puede definir de muchas formas. Quizá la más acertada sea la que hizo –y consta en el libro de Sivak-, el ex director de The Buenos Aires Herald, Robert Cox, cuando volvió al país a declarar en el juicio a las juntas militares:

“Grondona y Neustadt –sostuvo– podrían haber salvado a miles de personas si no hubiesen adoptado la actitud que tomaron. Grondona estaba aceptando la masacre cuando su deber era informar, no callarse como hizo”.

DsD 16 - 5 - 2006


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Comentarios
  • Comentario por Lucía F. 27.01.11 | 03:38

    Excelente información. Muy real y objetiva.
    Felicitaciones a Martin Sivak.
    Aunque revolver estiércol siempre da mal olor, tener memoria del oprobioso pasado argentino
    creo sirve para asumir responsabilidad para no permitir que nunca más vuelva a ocurrir.-



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