Santa Catalina de Alejandría
25.11.07 @ 19:09:38. Archivado en Fe y teología
Así como santo Tomás de Aquino es el patrono de los teólogos, santa Catalina de Alejandría es la patrona de los filósofos. Por haber hecho ambas carreras, me siento en deuda también con tan ilustre intercesora. Caravaggio, en un óleo de 1597, la ha representado sentada, al lado de una rueda dentada, con la espada con la que fue decapitada y con la palma alusiva a su martirio.
Decía Hans Urs von Balthasar que “sin filosofía, ninguna teología”. Y es verdad, no se puede hacer teología sin filosofar, sin afrontar el esfuerzo del concepto, con la intención de hacer del discurso teológico un discurso auténticamente universal, capaz de ser comprendido y transmitido.
Juan Pablo II, en una de las principales encíclicas de su pontificado, abordó la relación entre razón y fe, entre filosofía y teología: “La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. La fe y la razón están referidas a la verdad. Y sin verdad no hay sentido, ni realización acabada de la propia vida.
La historia de la relación de la fides y de la ratio es tan amplia, al menos, como la historia de la filosofía, como la historia de Occidente, como la historia del cristianismo. Siempre ha habido quien ha enfocado esa relación con desconfianza y suspicacia. Ahí está Tertuliano. Pero siempre ha habido también quien la ha enfocado con un espíritu positivo, de neta colaboración. Ahí está San Justino.
Heidegger sospechaba acerca de la posibilidad de un acuerdo entre ambos saberes. La filosofía, decía, pregunta. La teología, responde, renunciando a preguntar. Pero no está escrito que Heidegger acertase siempre.
Partiendo de la revelación – que es su principio objetivo de conocimiento – la teología recurre al filosofar para universalizar su lenguaje y sus conceptos. Y, después de esta tarea ineludible, vuelve al misterio más grande de lo revelado, que, a la postre, resulta razonablemente incomprehensible.
Benedicto XVI, en Ratisbona, en aquel célebre y profundo discurso, ha vuelto a tratar sobre el vínculo necesario que ha de unir a la fe y a la razón. Una fe sin razón es contraria al ser de Dios y a la naturaleza del hombre. Una razón que, a priori, se cierre a la fe es una razón reducida, incapaz de llevar a cabo un verdadero diálogo con las culturas del mundo.
El recuerdo de Santa Catalina es un recuerdo martirial. Como martirial resulta es esfuerzo de dar razón de la fe y de expandir la razón a la profundidad y amplitud de lo real.
Guillermo Juan Morado.
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