Un Dios que ama a su Pueblo
15.06.07 @ 10:25:26. Archivado en Fe y teología
Un Dios que ama a su Pueblo
El Leccionario propone, para cada ciclo, sendas lecturas del Antiguo Testamento para la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: Deuteronomio 7, 6-11, para el ciclo A; Oseas 11, 1b.3-4.8c-9, para el ciclo B; y Ezequiel 34, 11-16, para el ciclo C.
La consideración conjunta de estas tres lecturas proporciona una bella caracterización del amor de Dios por su Pueblo: Un amor gratuito y fiel, paternal y misericordioso, que se describe recurriendo a la imagen del pastor que apacienta y hace sestear a sus ovejas.
El pueblo santo tiene su origen en el enamoramiento, en la elección y en la fidelidad de Dios. Un amor que comporta la liberación de la esclavitud y que pide, como respuesta, el cumplimiento de los mandamientos (cf Deuteronomio 7, 6-11).
La elección de Israel como pueblo de Dios preparó de modo inmediato el nacimiento de la Iglesia . No es extraño, pues, que la imagen del “Pueblo de Dios” constituya la idea de fondo que subyace en las demás imágenes con las que la Escritura se refiere al misterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ve el origen de este pueblo santo es un designio de amor nacido en el corazón del Padre ; un designio de salvación. Al caos y a la dispersión provocados por el pecado, que es lo contrario al amor, Dios reacciona reuniendo a los hombres en su Iglesia .
Nada hay en el pueblo de Israel – un pueblo “más pequeño” que los demás – que le haga merecedor de la elección divina. Nada hay en la humanidad que exija a Dios comprometerse con ella en una relación de amor. O, lo que es lo mismo, por pura gracia estamos salvados (cf Efesios 2, 4-10), sin que quepa alegar mérito alguno de nuestra parte. Dios, que es plenitud de vida, por una decisión enteramente libre quiso salir al encuentro del hombre, revelarse a él; entablar con él un vínculo de amistad y comunión .
El amor de Dios por su Pueblo – por ese pueblo que es una preparación de la Iglesia – es un amor paternal y misericordioso. Israel es visto por Dios como un hijo, a quien se le llama, a quien se le enseña a andar, alzándolo en brazos, atrayéndole con “correas de amor” (cf Oseas, 11, 1-9). Un Dios a quien se le “revuelve el corazón” y se le “conmueven las entrañas”. La paternidad de Dios en relación con su Pueblo pone de relieve que Él es el origen primero de todo: su palabra llama a la existencia a lo que no era y forma un pueblo de lo que era un no pueblo.
El misterio fontal, originario, de la paternidad de Dios despeja la incógnita de nuestra procedencia y, a la postre, de nuestro destino. Nuestro camino no es un itinerario inútil que conduce del azar a la nada; venimos de Dios y volvemos a Él. Y ese origen de todo es bondad y solicitud amorosa para con sus hijos ; es ternura y clemencia, misericordia que sabe inclinarse sobre nuestra propia miseria para alzarnos sobre el barro de nuestra limitación y de nuestra indigencia. La Iglesia se perfila desde estos textos como nacida de la compasión de Dios, de la capacidad divina de hacerse cargo del sufrimiento, del dolor, del padecimiento de los hombres.
La imagen del pastor que apacienta a sus ovejas se aplica, en la profecía de Ezequiel, a Dios mismo. El amor de Dios es un amor activo, dinámico, que busca, libera, congrega y apacienta a su rebaño . Nuevamente, encontramos en este texto un símbolo de la Iglesia, “el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios” .
Dios es amor
La acción salvadora de Dios revela no solamente lo que Dios “hace”, sino también lo que Dios “es” . En su primera carta, el apóstol San Juan “define” el ser de Dios con estas palabras: “Dios es amor” (cf 1 Juan 4, 7-16). Ése es su misterio, su “secreto más íntimo” . Él es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La revelación consiste en la manifestación de este “secreto divino”, que se nos da a conocer por el envío del Hijo y del Espíritu Santo. Conocer este secreto va más allá de las posibilidades del entendimiento humano; para adentrarse en él se necesita el conocimiento del amor; un conocimiento que no se aproxima desde fuera a la realidad conocida, sino desde dentro, en una relación que sólo puede describirse como comunión . Es Dios quien, dándonos su Espíritu, nos permite amar, y amando, hace posible que confesemos que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para los cristianos que el amor sea su raíz y su cimiento (cf Efesios 3, 17), para que, habitando Cristo en sus corazones por la fe, puedan comprender “lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano” (Efesios 3, 19). Lo que trasciende toda filosofía, toda sabiduría humana, es lo que sólo Dios puede dar: su propio amor que se hace visible en la Cruz de Jesucristo.
Este amor se manifiesta como amor crucificado, como reconciliación: “la prueba del amor que Dios nos tiene nos la ha dado en esto: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Romanos 5, 8). Sólo conociendo el amor es posible descubrir la gravedad del pecado. La cruz revela, a la vez, la grandeza del amor y el abismo del pecado; es absolución y condena; salvación y juicio; muerte y vida .
El corazón manso y humilde del Redentor
Jesús es el Revelador y la Revelación del Padre. En toda su “presencia y manifestación” se expresa humanamente el “ser” de Dios (cf Dei Verbum, 4); se hace visible la profundidad de su amor .
Su corazón “manso y humilde” es descanso y alivio para quienes están cansados y agobiados. El mismo cansancio, en lo que tiene de falta de fuerzas, de hastío, de tedio, remite, por contraste, al descanso. Puede ser un síntoma, el cansancio, que haga despertar en el corazón del hombre esa huella de la creación que es la nostalgia de Dios . Sólo Jesús, que conoce al Padre (cf Mateo 11, 25-30), que es uno con el Padre, puede ser verdaderamente el descanso, porque sólo en Dios encontramos el cumplimiento del deseo, la única realidad que basta .
El corazón del Redentor, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf Juan 19, 31-37) , es el corazón sufriente de Dios que, no por debilidad o por imperfección, sino por amor, elige libremente padecer con nosotros, y mucho más que nosotros, todo el mal que asola la tierra. También el lado oscuro de la condición humana, el dolor y el sufrimiento, el mal y el pecado, es asumido para ser redimido en “ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” .
La fecundidad del amor se expresa en la sangre y el agua que brotan del costado del Señor . Esa fecundidad se llama “Iglesia”, pues mediante ella Cristo “manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” . No es de extrañar que Pablo VI definiese a la Iglesia como “el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” . Este amor fecundo que nace de la compasión de Dios compromete a todos los que han renacido por el Bautismo y la Eucaristía a ser signos vivos de la clemencia y de la misericordia, testimoniando así la verdadera justicia de Dios, la rectitud de su amor .
El corazón de Cristo es el del Buen Pastor que va tras la oveja descarriada y, al encontrarla, la carga sobre los hombros (cf Lucas 15, 3-7). La caridad de Jesucristo, Pastor de los hombres, refleja así la imposible indiferencia de Dios; su indeclinable compromiso.
La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se presenta, en suma, como una celebración de la grandeza del amor de Dios. Un Dios que ama a su Pueblo, que se define a sí mismo como amor – como ha recordado Benedicto XVI en su encíclica - , y que se manifiesta en el corazón manso y humilde, traspasado por nuestros pecados, de Jesucristo, el Buen Pastor.
Celebrar el Corazón de Cristo implica comprometerse en la construcción de una civilización del amor que, frente al odio y a la violencia, resalte el valor de la persona humana y de su inviolable dignidad.
Lejos de ser una devoción trasnochada, el culto al Sagrado Corazón de Jesús – despojado, quizá, de añadidos superfluos y de iconografías a veces poco afortunadas - nos introduce en la esencia del cristianismo y, como afirmó Juan Pablo II, “corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo” .
Guillermo JUAN MORADO.
guillermojuan@msn.com
(Una versión más amplia de este texto ha sido publicada en la revista "Liturgia y Espiritualidad", en junio de 2006).
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