“El séptimo velo”, de Juan Manuel de Prada
28.04.07 @ 17:37:00. Archivado en Fe y sociedad
He seguido, con cierta constancia, la trayectoria literaria de Juan Manuel de Prada (Baracaldo 1970). No sólo sus dos artículos semanales en “ABC”, que justifican para mí, por sí solos, entrar en la página web de ese periódico, sino también sus novelas: “La tempestad” (1997), “Las esquinas del aire” (2000) o “La vida invisible” (2003).
Su última obra, “El séptimo velo” (2007), se abre con una cita de “Las confesiones” de San Agustín: “Grande es esta fuerza de la memoria, grande de verdad, Dios mío. Es como un depósito oculto inmenso e infinito. ¿Quién puede llegar hasta el fondo? Es una fuerza propia de mi alma que pertenece a mi naturaleza. Pero ni yo mismo puedo abarcar todo lo que soy”.
La memoria como componente del yo, pero a la vez como una realidad que desborda el yo. No en vano para el Obispo de Hipona, el hombre interior – el alma – es imagen de Dios y de la Trinidad.
Pero no nos lleva, al menos directamente, a derroteros divinos la novela de Juan Manuel de Prada. Más bien se concentra en lo humano. En la complejidad de lo humano. En la fragilidad de su memoria, que puede verse forzada al olvido por puro afán de supervivencia, pero también en la debilidad del entendimiento y de la voluntad. ¿Dónde está la verdad? ¿Cómo discernirla desde un sujeto que es inteligencia, pero a la vez pasiones? ¿Cómo acertar con el bien, cuando los fines que busca la acción son ambiguos, susceptibles de modificación según como se los perciba?
La historia que narra – magistralmente – Juan Manuel de Prada no es, en realidad, la historia de un héroe. Jules Tillon – el protagonista de la novela – no es un superhombre, ni una especie de dios que mora entre los humanos, como los héroes griegos. Es sólo un hombre, capaz de lo mejor y de lo peor. De arriesgar su vida y de asesinar. Pero es, en todo caso, un hombre que no escapa a su culpa y que ansía algo así como la rendención.
Sumergirse en las profundidades de la memoria tiene mucho de búsqueda personal, de conquista del territorio inhóspito de la propia identidad. ¿De qué está formada nuestra vida? ¿Cuántas incoherencias acumula, cuántas traiciones, cuántas cesiones a la seducción de lo que, en un momento, creemos creer que merece la pena? ¿Cuántas sospechas y desconfianzas hilan la trama de una biografía?
“El séptimo velo” no apuesta por el olvido, sino por la asunción consciente del pasado, y por el deseo de una reconciliación que, más allá del dolor y de la penitencia, anhela el poder misericordioso de Dios. De un Dios tan grande que pueda perdonar. Sólo Dios hace posible una reconciliación que no equivalga a reconstrucción fraudulenta, sino a la superación de la verdad de nuestras acciones y de nuestras omisiones.
Quizá San Agustín tenía la respuesta al enigma de la vida: es bueno el hombre que ama lo que debe amar. Aquel que permite que la “charitas” venza a la “cupiditas”; aquel que logra la verdadera “virtus”, el “ordo amoris”. En definitiva, el peso del hombre, su auténtico conocimiento, viene dado por la calidad de su amor.
Guillermo Juan Morado.
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Si narra la historia de un hombre capaz de lo mejor y lo peor, estará contándonos algo de nosotros mismos
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