La siempre Virgen
21.02.07 @ 17:59:47. Archivado en Fe y teología
Cuando los cristianos confesamos que María es la siempre virgen no estamos profesando una verdad de fe referida, en primer lugar, a Nuestra Señora, sino a Jesucristo: La virginidad de su Madre es “el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios”, concebido en el seno de María “únicamente por el poder del Espíritu Santo” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 496). Jesús no tiene un padre natural, biológico, sino que su único origen es el Padre, la primera Persona de la Santísima Trinidad. “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”, dice el ángel a José (Mateo 1, 20). Se cumple así la promesa divina hecha por medio de Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Isaías 7, 14).
El misterio de la concepción virginal de Jesús, y el misterio de la perpetua virginidad de su Madre, sobrepasan la capacidad de comprensión de la razón humana, pero no exceden el poder de Dios, que, por medio de su Espíritu, creó todo de la nada (cf Génesis 1, 1-2), llamando a ser lo que antes no era. También por medio de su Espíritu Dios inauguró la nueva creación, cuyo Primogénito, como Nuevo Adán, es Jesucristo. Cada uno de nosotros, a imagen del Hombre Nuevo, estamos llamados a nacer de lo alto (cf Juan 3, 3), por la fe y el bautismo.
A semejanza de María, Virgen y Madre, que custodió, sin adulterarla, la fe en su corazón y que dio a luz al Hombre Nuevo, la Iglesia es también madre y virgen. Como enseña el Concilio Vaticano II: La Iglesia “se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo” (Lumen gentium, 64).
Perdido, en buena parte, el sentido religioso de la existencia, nos cuesta, quizá, entender el valor de la virginidad, como entrega total, del cuerpo y del alma, a Dios nuestro Señor. Siguiendo el ejemplo de la virginidad de María y de la virginidad de Jesucristo, muchos hombres y mujeres, por el Reino de los cielos, se dedican a Dios con corazón indiviso en la virginidad o en celibato consagrado. Su testimonio constituye un estímulo para todos los creyentes, cualquiera que sea su estado de vida particular – el celibato o el matrimonio - , en orden a transparentar en el mundo “la fidelidad y la ternura de Dios” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2346).
Guillermo Juan Morado.
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