He venido a traer fuego al mundo
23.08.07 @ 21:40:34. Archivado en Mditación
Domingo XX. T. Ordinario. Ciclo C
Jr 38, 4-6.8-10; Sal 39,2-4.18; Hb 12,1.4; Lc 12,49-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a traer fuego al mundo, ¡y cuánto deseo que esté ya ardiendo! He recibido un bautismo de dolores, ¡y me angustio hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino discordia.
En adelante, estarán divididos cinco: tres contra dos y dos contra tres; el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».
Lectura del libro de Jeremías “En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia»…
Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: Toma tres hombres a tu mando y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera”.
El encarcelamiento degradante del profeta Jeremías, por el inepto rey de Judá, en los últimos años del reino, es un intento de acallar su lengua y doblegar sus pasos, ante la inminente invasión del ejército babilónico. El profeta, elegido por Dios “antes de que se formara en el seno de su madre” (Jer 1,5), se enfrenta a la incomprensión, al martirio y a la muerte, por parte del poder. Su palabra molesta, incomoda y desagrada. Jeremías, como Jesús, atenazaba las conciencias endurecidas, instaba a las exigencias radicales que implica la fe, y denunciaba los desvíos y desmanes de los pudientes y ambiciosos; razón por la que lo apresan y lo quieren eliminan.
No obstante, se manifiesta, un destello de esperanza y protección de Dios. Un eunuco, Ebedmélek, percibe la injusticia contra Jeremías y compadecido intercede y logra salvarlo. Un extranjero, impuro, es el único que protege al profeta en la Jerusalén asediada, como estaba en aquel momento, corría el riesgo de ser olvidado en la cisterna y morir inevitablemente. Jeremías fue salvado y continuó algunos años más su ministerio profético.
Salmo responsorial “Señor, date prisa en socorrerme. Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito… Tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes.
La carta a los Hebreos dice: “Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”.
El texto de Hebreos apremia a la perseverancia en la fe. El autor exhorta a “correr con insistencia en la carrera. El símbolo deportivo apunta a la vida cristiana. En el estadio, el atleta, desasido de toda impedimenta, corre; así, debe el cristiano despojarse del pecado, obstáculo fundamental para acceder a la plena vida en Dios. La meta ideal es Jesucristo, la carrera de la fe se debe realizar en Cristo, con fidelidad dolorosa hasta la muerte. El creyente ha de estar dispuesto incluso a recorrer la amargura de la pasión y el riesgo de la muerte con amor y donación de la propia vida.
El evangelio expone hoy una cierta inquietud espiritual de Jesucristo, que vislumbra en su misión especiales dificultades amenazadoras: “He venido a traer fuego”. El fuego ardiente del amor a Dios y al hombre. Fuego que incendia con su ardor o provoca la frialdad del rechazo y, por tanto transforma y renace o divide, consume y disgrega. Su aparición en el acontecer histórico supone entablar el combate y la lucha, con decisión, sin debilidad alguna ni neutralidad; su cometido exige el impulso y la ofensiva propios del fuego que aviva, transforma y purifica. El Maestro emplea los términos “fuego”, “guerra”, “división”, en relación con la exigencia del mensaje evangélico, que se sustenta en su radicalidad doctrinal, en la decidida voluntad de aceptación y entendimiento que, con claridad, se abre a los designios e interpelaciones Divinas en la vida humana. El símbolo del fuego, aplicado a Dios y su poder, es frecuente en la S. Escritura. Yahvé en Isaías es el “fuego devorador” (Is 33,14; cf. Dt 9,4). Jesucristo trae ese fuego divino a la tierra; el mensaje mesiánico de la cercanía del Reino y su vida y predicación a favor de los humildes y oprimidos por la injustita del mundo, han desestabilizado los fundamentos del entramado social. Jesús es piedra de escándalo, fue espada de incisión y diatriba en las esferas sociales y religiosas de Jerusalem: He venido a traer a la tierra, no paz, sino división”. Sus hechos y palabras crean discordia; suscitan tensión y provocación, porque su anuncio remueve las bases humanas y exige un cambio radical. Trae fuego”, que enciende la conciencia descuidada, hostiga la voluntad embotada, zarandea los fondos íntimos del ser humano.
No obstante, debemos señalar esta idea. Sin duda, Jesucristo, manso y humilde de corazón, es la paz auténtica y definitiva: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, os la doy yo” (Jn 14,27). Ofrece su paz, no la paz a la medida humana, frágil y vacía; no la del conformismo ni de avenencias con la injusticia, con la violencia y la ambición egoísta. Su paz no es el confortable bienestar y holganza. Trae la paz de la verdad y de la justicia; no la de los poderosos e instalados, jamás la de los agresores y asesinos. Su dedicación a los desvalidos y excluidos lo llevó a la cruz. La opción por los pobres, en este solar de injusticia, acarrea violencia, agresión y muerte. El goce de la paz verdadera implica entrar en batalla; el Evangelio no es “neutral” ni se entiende sin entrega y compromiso fiel: “Lo que hagáis a uno de éstos, a mí me lo hacéis”. Los olvidados, los hambrientos, los extranjeros, son Cristos en las aceras y rincones de nuestro camino cotidiano.
El evangelista San Lucas conecta este misterio de fidelidad y radicalidad de Jesús al ámbito existencial del cristiano, que ha de sufrir su propia pascua y su propio bautismo de muerte y resurrección (Rom 6); el fuego de Cristo será, para el discípulo, el fuego del Espíritu en Pentecostés (Hch 2), la división y el escándalo de Jesús se proyecta en sus discípulos, testigos conscientes y fieles de su evangelio.
Jesucristo pide decisión leal, drástica y tajante. Exhorta a saber discernir y juzgar, descifrar y formular correctamente las exigencias de justicia a la luz de la fe y la caridad; a distinguir la voluntad de Dios y las señales del Reino, seguir la vocación y oír la voz del Señor y captar su sentido profundo. Jesús fue y sigue siendo el gran signo de los tiempos. Su vida y su enseñanza es la pauta relevante para enfocar y entender las fuertes orientaciones del hombre actual: la secularización, el relativismo, la globalización y la negación de la norma ética. El cristiano debe marchar entre los signos del presente, entroncado en la voluntad de Dios, mediante la oración permanente y el dictado de la Palabra de Jesús. Su cometido está en luchar por el valor de la fraternidad, defender los derechos de los desechados, aun entre tensiones y obstáculos, e incendiar el mundo de justicia, de paz y de amor.
Camilo Valverde Mudarra
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Sor Carmen Rosales
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