Retos de cara al futuro
17.07.07 @ 15:52:58. Archivado en Monjas Dominicas
Seguir construyendo Iglesia, desde la vocación contemplativa
Cuando se acercaba el Concilio a su término, escribió Pablo VI la Encíclica Ecclesiam Suam. Fue un documento apostólico dedicado al diá¬logo. Confesaba el Papa que se sentía alegre y confortado al observar que este diálogo era una realidad, en el interior de la Iglesia y hacia el exterior. Concluía así: «¡La Iglesia está hoy viva más que nunca! Pero, considerándolo bien, parece que todo está todavía por hacer; el trabajo comienza hoy y nunca acaba. Es ésta la ley de nuestra peregrinación sobre la tierra y en el tiempo. Es éste el deber habitual de nuestro ministerio, al que hoy todo estimula para hacerse nuevo, vigilante, intenso.» (6 de agosto de 1964, n. 110).
Los retos de la Iglesia y de la humanidad son retos para las dominicas contemplativas en este contexto de Iglesia viva en que todo está todavía por hacer. Por lo mismo, su ministerio eclesial debe hacerse nuevo, vigilante, intenso, utilizando los calificativos de Pablo VI.
Sin duda que el primer desafío que tienen las dominicas contemplativas es el de la fidelidad a su propio ser, a su propio ideal, a lo que el Espíritu quiere de ellas en el momento concreto.
Les es común con el resto de los religiosos la búsqueda ante todo y únicamente de Dios, para ello deben juntar la contemplación, con que se unen a Dios de mente y corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del Reino de Dios (Cf. Vat. II, Perfectae Caritatis, n.5).
Las dominicas contemplativas tienen la misión de dedicarse íntegramente a la contemplación, en clima de soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia. Es deber suyo mantenerse fieles a este cometido, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo. La iglesia quiere que las monjas renovadas guarden fidelísimamente el retiro del mundo y los ejercicios propios de la vida contemplativa. (Perfectae Caritatis, n.7).
El ajustarse fielmente a este ideal es todo un reto para el presente y el futuro, en un mundo lanzado a una actividad vertiginosa, con enorme aprecio por la tecnología y menosprecio por la especulación y las ciencias que tratan de las últimas causas de las cosas, con poca consideración por la teología que, por otra parte, no parece experimentar un momento de esplendor.
La soledad y el silencio crean un clima que hace posible y ayuda al desarrollo de la vida contemplativa. Es el nuestro también un mundo de ruidos, tantas veces enervantes y procurados directamente en altos gra¬dos de intensidad, capaces incluso de sacar a las personas de sus cauces normales. El silencio que acompañe a los contemplativos debe ser muy similar al que reinaba en el hogar de Nazaret, al que dedicó un recuerdo Pablo VI en su peregrinación a Tierra Santa en 1964.
«La primera lección de Nazaret —decía—, es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, ese admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve». (Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964).
Pero los contemplativos no buscan sólo un silencio que resulte de la ausencia de ruidos; procuran sobre todo un silencio de todo el ser, vigilante para acoger los dones del Espíritu y para descubrir las urgencias del amor fraterno. (Cf. Pablo VI, Evangelica Testificatio, n. 46).
La oración asidua es otro de los valores que ha de tener en alto precio la monja del futuro. Es camino insustituible de redención personal y de salvación del mundo; es, además, el principal deber de justicia que el hombre está obligado a cumplir.
Llegarán tiempos de renovación evangélica en la medida en que el hombre entable un diálogo asiduo y sincero con Dios por medio de la oración, en la medida en que el hombre recoja las dispersiones de su corazón, concentre sus energías, acepte el don de una fe viva, crezca en la esperanza de los valores del Reino, que están ya en medio del mundo y tendrán su culminación en el más allá; en la medida en que ame de corazón a Dios como Padre, y se esfuerce por lograr que la semilla de la vida de Dios fructifique en virtudes que consoliden su fisonomía de hijo adoptivo, con derecho a la misma herencia que el Hijo de Dios por naturaleza.
A la dominica contemplativa, se le pide en este momento de la historia del mundo que no deje desmayar sus manos, armadas con la oración. «La oración, decía Santa Catalina de Siena, es un arma con la que el alma se defiende de todo adversario, sometida con la mano del amor y con el brazo de la libertad, defendiéndose con esta arma a la luz de la santísima fe». (Diálogo, LXV, ed. Cavallini, p.142).
Generosa penitencia es camino que conduce al cristiano y, en especial al cristiano contemplativo, hacia las cumbres del ideal. En el plan de salvación trazado por Cristo para la humanidad entra la penitencia como gesto de amor, como donación en favor de los demás, como desasimiento de uno mismo para entrar con mayor libertad en los planes de Dios, como medio eficaz de perfección, como expiación por la infidelidad personal y del mundo, como sabiduría de la cruz, que sólo alcanza a descubrir el que se deja conducir por la fe y encarna de verdad la máxima de San Pablo: «Cuanto a mí no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14).
«El penar y el morir humanos ─escribía el P. Llamera─, no son fruto del amor, sino de la naturaleza y del pecado. Pero, asumidos por el amor de Cristo, fueron redentores y vivificadores en Ιl y lo son también por su gracia en quienes los conllevan con su mismo amor». (Valor apos¬tólico de la vida contemplativa, pp. 89 90).
La Iglesia en los comienzos de su tercer milenio pedirá a las dominicas contemplativas que sigan fieles a su entrega a la contemplación, que cultiven la soledad y amen la clausura; que estén en permanente solidaridad con todos los humanos, que vivan en oración y penitencia los grandes problemas que afectan al mundo.
Su vida tendrá que proyectarse con eficacia para contribuir al reme¬dio de esas grandes necesidades, como son: la falta de respeto por la vida humana, el hambre y la miseria que afecta a una gran parte de la humanidad, las nuevas formas de esclavitud social y psicológica, las divisiones que surgen de fuerzas contrapuestas, la falta de formación, las tensiones por motivos políticos, ideológicos, raciales, económicos, la ma¬nipulación del proceso vital al margen de toda norma moral, la falta de un verdadero cultivo de los espíritus. De modo especial tendrán que volcarse a una tarea de nueva evangelización, creadora de la civilización del amor por tantos deseada.
Los grandes desafíos exigen actitudes clarividentes, gestos generosos, confianza en los medios que proporciona la providencia, escucha del Espíritu, fidelidad a su Iglesia, disposición para la búsqueda permanente y para la creatividad, dejar a un lado el movimiento de pura inercia y sustituirlo por el que impone el amor que se traduce en compromiso, buscar formas de lenguaje que resulten inteligibles. Todo será poco para llegar a esas muchedumbres cada vez más numerosas que se alejan de la religión.
La vida claustral no puede hacerse a un lado en el compromiso de llenar de espíritu el mundo moderno, de devolverle su verdadera alma; es más, a las monjas corresponde echar bases sólidas en esta construcción, ejercer el apostolado de modo eminente desde la plena vida contemplativa; mostrar con claridad que la verdadera y plena liberación de la humanidad no puede venir sólo del esfuerzo humano, en desconexión con la fuerza que procede de lo Alto.
Para esta tarea se le pedirá remarcar ciertos rasgos que deben estar siempre claros en el rostro que presente la vida religiosa.
Debe brillar la fe que se apoya en Dios y fructifica en obediencia a sus proyectos. De cara a un mundo cada vez más numeroso que se aleja de Dios, los religiosos debemos mostrar de un modo inequívoco con nuestra vida que nos fiamos de Dios, que todo el apoyo para vivir viene de Él, que toda verdad si de Él se aleja se convierte en mentira, que todo bien deriva en egoísmo si no está en contacto con la fuente primera de la bondad.
La vida religiosa debe estar plenamente centrada en Dios; no valen para ella otras motivacio¬nes. Este centrarse en Dios se exterioriza en un cumplimiento fiel de cuanto Él dispone para bien del hombre en su Pueblo que es la Iglesia. Este rasgo de la vida religiosa animada por la obediencia de la fe ayudará a superar la tendencia tan difundida de dar un sentido puramente subjetivo a la existencia.
A la vida contemplativa del futuro se le pedirá ofrecer comunidades vivas, no necesariamente numerosas en cuanto a sus integrantes, pero sí con fuerzas suficientes para que su esquema de vida se mantenga vigoroso.
Esto no será en absoluto posible sin una verdadera e intensa solidaridad y sin fuertes lazos de comunión entre los monasterios de una misma Orden.
La comunión es un bien que hunde sus raíces en la entraña misma del cristianismo, e impulsa a todos los bautizados a participar de un idéntico fuego de vida, de una misma savia doctrinal, de una adecuada formación, de una oración redentora, de un estilo de vida en tensión permanente, de un compromiso evangelizador.
Además, una de las características de nuestro mundo es la de la unificación creciente. Los cristianos confesamos que el hombre no puede lograr su propia plenitud sino es en comunión con los demás. La vida de comunión engrandece al hombre en todas sus cualidades.
El Concilio Vaticano II decía que cuanto más se unifica el mundo, «tanto más los deberes de los hombres rebasan los límites de los grupos particulares y se extienden poco a poco al universo entero. Ello es imposi¬ble si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismos y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.» (Gaudium et Spes, n.30).
El mismo Concilio pone en guardia a todos para no sucumbir a la tentación de «encerrarse en una dorada soledad». Los valores humanos se hacen más fuertes cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las múltiples exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive. (Ibíd., n.31).
Otro rasgo, el más fuertemente a marcar en la vida religiosa del futuro es el de la caridad, que de por sí es el bien común más universal y difusivo. El amor de Dios está en el centro de la llamada y de la respuesta; la vida comunitaria tiende a la unión de almas y de corazones en Dios, como escribe San Agustín en su Regla.
El amor fomentado en el interior del monasterio desborda hacia el exterior en apostolado permanente, en evangelización sin fronteras, por cauces ciertamente misteriosos. Por medio del testimonio de una vida centrada en lo Absoluto de Dios, en radicalidad evangélica, en total disponibilidad para con el Señor, la Iglesia y la Humanidad. Por el testimo¬nio silencioso de pobreza y desprendimiento, de pureza y transparencia, de abandono en la obediencia. «En esta perspectiva, escribía Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, se intuye el papel desempeñado en la evangelización por los religiosos y religiosas consagrados a la oración, al silencio, a la penitencia, al sacrificio». (n. 69).
Este testimonio tiene una proyección hacia Dios, que ve en lo escondi¬do, y otra hacia los hombres, que necesitan de lo visible para acceder a lo invisible; precisan de signos para llegar a lo significado.
Las dominicas contemplativas del futuro tendrán que procurar que su vida orante y penitente, su género de vida, se haga luminoso a través de signos adecuados, que transparenten una vida de fidelidad a su vocación.
Tendrán que plantearse con todo esmero la configuración material de sus monasterios, el ordenamiento interno de los mismos, su situación geográfica, los vínculos fraternos y jurídicos con entidades que agrupen monasterios pertenecientes a una misma Orden, e incluso la configura¬ción jurídica en el interior de la misma Orden. En una palabra, tendrán que seguir profundizando en los cauces de renovación que se han ido trazando a lo largo del tiempo en la Iglesia.
Respecto a la situación geográfica de los monasterios todo hace pensar que el Espíritu impulsa hacia un replanteamiento, hacia una mejor distribución del testimonio de la vida contemplativa por la redondez de la tierra.
El Vaticano II reconoce que los religiosos, y como no puede ser menos menciona expresamente a los contemplativos, han tenido y siguen tenien¬do la mayor parte en la evangelización del mundo. Reconociendo y agrade¬ciendo tantos servicios, invita a seguir sin desfallecer en la obra comenzada, «sabiendo como saben, que la virtud de la caridad, que deben cultivar perfectamente por exigencias de su vocación, los impulsa y obliga al espíritu y al trabajo verdaderamente católicos». (Ad Gentes, n. 40).
A continuación hace el Concilio un ruego a los contemplativos para que funden casas en países de misión, como no pocos ya lo han hecho, a fin de que den preclaro testimonio ante los pueblos de la caridad de Dios y de la unión en Cristo.
A la interioridad del espíritu se llega a través de la vía de lo sensible, a través de lo que captan los sentidos externos. Los hombres necesitan de la vida contemplativa establecida en medio de su propio entorno vital. A las nuevas fundaciones se les pedirá, como es obvio, un esfuerzo de inculturarse en los países donde se establezcan; tendrán que ajustarse a las tradiciones genuinamente religiosas de los pueblos.
Desde que la Iglesia comienza a echar raíces en un territorio concreto debe promoverse con diligencia la vida religiosa; debe arraigar ya allí la vida contemplativa. «La vida contemplativa ─escribió el Vaticano II─, pertenece a la plenitud de presencia de la Iglesia. Por ello es necesario establecerla en todas las Iglesias nuevas». (Ad Gentes, n.18).
Es éste un buen desafío para la vida religiosa contemplativa en el futuro, cuando falta todavía tanto por hacer en orden a esa plenitud de presencia de la Iglesia. Su misión será la de revelar el rostro de Cristo, redentor desde el trabajo, el silencio, el esfuerzo mantenido, la regularidad, la alabanza, la adoración, la súplica, la expiación. La Iglesia necesita ofrecer de forma visible este rostro a través de los contemplativos para que se logre la plenitud de su presencia salvadora.
Para semejantes compromisos será necesaria una muy sólida forma¬ción, orientada no sólo ni preferentemente a lograr personas cultas, sino sólidas en su fe y generosas de corazón, sensibles a las exigencias de la verdad y la bondad de Dios, maduras en sus criterios, capaces de compar¬tir los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de cuantos sufren.
Para esta formación y para el cometido altísimo de la vida contemplativa el Señor ha multiplicado sin duda las llamadas en nuestro tiempo, y las seguirá repitiendo en un futuro. No puede ser de otro modo.
A nosotros nos toca seguir orando para que envíe muchos obreros a su mies, cada vez más extensa, cada vez más difícil de trabajar. Nos corresponde igualmente seguir comprometidos en acortar distancias entre la perfección del mensaje que anunciamos y la fragilidad de nuestras fuer¬zas. Dios es poderoso para hacer brillar en nosotros y en nuestras comuni¬dades esa señal de Cristo que constituye la hermosura de la Iglesia. Hacia esa meta queremos caminar, preparando tiempos nuevos para la vida contemplativa, llamada a poner sólidos cimientos sobre los que se construya para Cristo este tercer milenio de la historia cristiana, tan próximo a comenzar.
Fr. Vito T. GÓMEZ GARCÍA, O.P. -
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