El monasterio de Santa María de Castro, en San Esteban de Gormaz
14.07.07 @ 15:45:28. Archivado en Monjas Dominicas
A partir de documentos fidedignos es cierto que en 1229 —ocho años después de la muerte de Santo Domingo— había un convento de dominicas —de dueñas de la Orden de Predicadores, se decía— en la importante población medieval de San Esteban de Gormaz, a orillas del río Duero, y a una docena de kilómetros de Burgo de Osma. Este monasterio se denominaba de Santa María de Castro.
El 7 de febrero del año mencionado, 1229, el rey Fernando III el Santo, que se denominaba rey de Castilla y Toledo, concedió a dichas hermanas la exención del pago de portazgo en todo su reino, es decir, la exención de pago por pasar determinados productos o bienes por determinados lugares, por ejemplo caminos, puentes, poblaciones, etc. El privilegio que se otorgaba a las monjas se refería a cuanto ellas obraran con sus manos, el precio de lo que vendieran, y lo que compraran con dicho dinero.
Estas hermanas «de la Orden de Predicadores» continuaban en San Esteban de Gormaz en 1242, en que el mencionado rey les concedía una posesión del patrimonio regio. Seguían allí entrados los años sesenta del siglo XIII. Pero habían cambiado de lugar, con toda seguridad, en 1266, poco después de que se cumplieran los cuarenta años de la muerte de santo Domingo. Cambian porque el rey Alfonso X les hace donación de un monasterio en Caleruega. Previamente, encontrándose en Sevilla, el 4 de junio de 1266, les había hecho donación del señorío de la villa de Caleruega. Este rey, hijo de San Fernando y de Beatriz de Suabia, nació el mismo año de la muerte de santo Domingo, y heredó de su padre una gran veneración por el Santo; comenzó a reinar en 1252, al año siguiente conquistó ya la fortaleza de Jerez, y en 1262 la de Cádiz; en 1264 pacificó las tierras del Guadalquivir. En el documento de donación del señorío de Caleruega explicitaba sus títulos: rey de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarbe.
Motivaba su donación del señorío de Caleruega del modo siguiente: «Conociendo la gran piedad que hubo en España y señaladamente en el reino de Castilla en querer que naciese y fuese ende, es decir de allí, natural el bienaventurado Santo Domingo que fue Padre y hacedor de la Orden de los frailes Predicadores por quien nuestro Señor Jesucristo mostró muchos y maravillosos milagros en el mundo. Nos codiciando hacer algún servicio que a Dios pluguiese, y otrosí [además] porque recibiese alguna honra este bienaventurado Santo en nuestro señorío y señaladamente en aquel lugar o [donde] él nació que ha nombre Caleruega, hacemos y [allí] monasterio de dueñas de su Orden misma que sirvan a Dios en él y a este Santo glorioso y que rueguen a Dios señaladamente por las almas del muy noble rey Don Fernando nuestro padre y de la muy noble reina Doña Beatriz nuestra madre y por los otros reyes de donde nos venimos, y además que rueguen por nosotros y por la reina, mi mujer, y por nuestros hijos y por los otros de nuestro linaje que de nosotros vendrán». La donación pretendía también que las moradoras del monasterio que fundaba tuvieran medios de vida. Junto con el rey firmaron eclesiásticos y nobles. Entre los obispos firmantes estaba el de Córdoba, llamado Ferrand o Fernando.
La toma de posesión de este histórico convento se efectuó el 31 de octubre de 1266; hasta Caleruega se desplazó Gómez de Monzón para dar posesión, en nombre del rey Alfonso X, a la priora Dª. Toda Martínez, en nombre de las demás hermanas. Hasta entonces Dª. Toda y sus hermanas habían permanecido en San Esteban de Gormaz, y no sabemos si este acto jurídico de la «toma de posesión» significó ya el traslado efectivo de la comunidad. A Dª. Toda la mandó ir allí, a Caleruega, el Prior Provincial de la Provincia de España; es que, como veremos, había una dependencia especial del Provincial, que representaba a los frailes. Al acto de toma de posesión asistieron eclesiásticos, caballeros, hombres buenos, labradores y otros hombres de la villas vecinas, «fazeras», decía el documento; estuvo el abad de Oña, el de San Pedro de Arlanza, el prior de los Predicadores de Burgos y varios frailes más entre los que se encontraba fray Rodrigo de Atienza, al que mencionaremos bien pronto.
En 1270 el rey encargó a dos caballeros que coordinasen la protección del monasterio y de sus bienes, y se le eximió de pagar portazgos. En el mismo año 1270 el propio rey Alfonso X el Sabio fue a Caleruega, el viernes 11 de julio, tal como consta en un documento; quería honrar a santo Domingo por el bien que la Orden hacía por el mundo. Había dado a las hermanas el monasterio y el señorío. Ahora, en el centro de la villa de Caleruega, tomó de la mano a la priora Dª. Toda Martínez y la introdujo en la iglesia que estaba edificada donde nació santo Domingo, y en aquella iglesia le apoderó del lugar del monasterio, en presencia del obispo de Osma, D. Agustín, que fue “otorgador y placentero” de todo aquello, fue garante y aprobó cuanto otorgaba el rey; le acompañaron canónigos y otros clérigos de su iglesia de Osma; estuvieron presentes también ricos hombres, caballeros, el abad de Covarrubias, y otros religiosos de las Órdenes de Predicadores y de San Benito, y todo el pueblo del lugar de Caleruega y de otras villas vecinas. El rey mandó firmemente que todos honraran y guardaran aquel monasterio, en conformidad a los derechos que tenían los demás monasterios reales.
El monasterio, que se llamará de Santo Domingo de Caleruega, se funda por traslado de comunidad, de la comunidad de hermanas de Santa María de Castro, establecida en San Esteban de Gormaz. Los orígenes del monasterio de San Esteban de Gormaz no están documentados con precisión, es decir, falta documentación para precisar sus comienzos con exactitud. Se cree que tuvo que ver en la fundación el obispo Martín de Bazán, que contaba en su cabildo como prior a Diego de Acebes y como subprior a santo Domingo; o que al menos Martín de Bazán o Diego de Acebes establecieron una comunidad de canónigos regulares y de canónigas o canonesas regulares en San Esteban de Gormaz; allí donde, con anterioridad había, en torno a la iglesia de San Martín, una comunidad de varones y una de mujeres, que profesaban la regla de San Benito, que a mediados del siglo XI adquirió carácter exclusivo en Castilla.
Es probable también que, en este paso hacia la regla de San Agustín interviniera de alguna manera santo Domingo, subprior del cabildo de Osma, o al lado de Martín de Bazán o al lado de Diego de Acebes. Es cierto que el rey Alfonso VIII estaba en San Esteban de Gormaz el 13 de mayo de 1203 en que confirma la fundación del monasterio femenino de Sancti Spiritus de Soria. (Cf. Carmen González, Real monasterio de Santo Domingo de Caleruega, Salamanca 1993, p. 28). ¿Fue entonces cuando el rey pidió al nuevo obispo de Osma Diego de Acebes el desempeño de aquella misión en tierras del Norte de Europa?
* * *
Para el año 1229 comienza una documentación segura en lo que se refiere al monasterio de Santa María de Castro, cinco años antes de la canonización de Santo Domingo (Cf. Eduardo Martínez, Colección diplomática del Real Convento de Santo Domingo de Caleruega, Vergara 1931).
El rey Fernando III, hallándose en Valladolid el 7 de febrero del mencionado año 1229, al concederles, como se ha recordado, exención de portazgo, se refería a las dueñas de la Orden de Predicadores que moraban en San Esteban de Gormaz. El Maestro de la Orden era entonces el Beato Jordán de Sajonia.
El obispo de Osma, en 1232, concedió a las monjas profesas en la Orden de Predicadores de San Esteban de Gormaz —escribía— que pudieran construir un oratorio, es decir, una iglesia pequeña; estaba cerca de la iglesia de San Martín.
Al año siguiente, al comienzo del verano de 1233 el Papa Gregorio IX les concedió una serie de bulas, a partir del 2 de julio, y se dirige a ellas como monjas de Santa María de la Orden de San Agustín, que seguramente sería el título primitivo que figuraba en la documentación que ellas presentaban ante la Cancillería papal. Eran recibidas, con sus bienes, bajo la protección pontificia y de San Pedro. Les concedía también que pudieran celebrar los divinos oficios en tiempo de entredicho, bajo ciertas condiciones.
El Papa Gregorio IX encargaba a obispo de Osma que denunciara como excomulgadas a algunas personas que habían cometido delitos contra el monasterio de Santa María de Castro. Estas bulas se conceden en el tiempo en que una comisión fue desde Bolonia a pedir al Papa la apertura del proceso de canonización de Santo Domingo, tras el traslado de sus restos y la experiencia de signos que se obraron en torno a los mismos en mayo de 1233. Se cree que primero en Bolonia y, después en Roma, estaba en aquellas circunstancias la priora Dª. Grama de Santo Estéfano, que es la que consigue estas bulas. En 1237 el mismo Papa Gregorio IX, desde el palacio de Letrán, concedía indulgencias a los fieles de la provincia eclesiástica de Toledo que contribuyeran con sus limosnas a levantar la iglesia y claustro de Santa María de Castro. Por entonces habían comenzado tales edificaciones desde los fundamentos y no tenían medios propios para rematar semejante obra.
Más tarde, en 1238, el Papa tomó el monasterio bajo la protección de la Sede Apostólica. Se dice en el documento que estaba bajo la Regla de San Agustín. Se afirma, además, que elegían Priora, con una fórmula muy parecida a la que contiene la regla de San Sixto de Roma.
En el mismo año, 9 de abril de 1238 —un mes más tarde sería elegido Maestro de la Orden san Raimundo de Peñafort—, mandaba Gregorio IX al obispo de Osma que encargara al provincial de España, de la Orden de Predicadores, que tomara bajo su gobierno el convento de Santa María de Castro. Se decía en la bula que, desde el comienzo de su «conversión» o cambio, eran atendidas con consejos e instrucciones por los frailes de la Orden de Predicadores, y durante bastantes años estuvieron bajo la Regla de San Agustín y la doctrina de sus hermanos, pero por entonces las no las atendían y las descuidaban en lo espiritual. Se decía, asimismo, que habían manifestado al Papa que deseaban vivir bajo la regla de San Sixto de Roma. Gregorio IX encargaba al obispo que, mediante el provincial de España el monasterio estuviera bajo la Regla de San Agustín y las constituciones de las monjas de San Sixto; que las visitaran en tiempos oportunos los frailes de la Orden, las corrigieran y reformaran e hicieran que les administraran los sacramentos de la Iglesia. El Papa escribió también al Provincial de España en este sentido (12 de abril de 1238).
Pero se ve que este mandato del Papa, de hecho, no surtió efecto, por lo que veremos más adelante.
La documentación sigue para el monasterio en años sucesivos. Ciertos caballeros de Sevilla otorgaron una venta a favor de Dª. Toda Martínez, priora del convento en 1256. A veces el Papa concede indulgencias a los que visiten la iglesia de Santa María de San Esteban de Gormaz en las festividades de la Virgen, de Santo Domingo y de San Pedro Mártir de Verona.
Mientras tanto, en Caleruega, estaba la iglesia de Santo Domingo, además de la Parroquial. Todo indica, por las menciones de la documentación, que muy relacionado con la iglesia de Santo Domingo estaba el Hospital; hay una venta que se hace al obispo de Osma, pero exclusivamente para que se destine a la iglesia de Santo Domingo de Caleruega y al hospital y a los que allí sirvieran; testigos de esta venta son canónigos de Osma, el prior de San Pedro de Gumiel, el de Roda o Roa y otras personas más.
* * *
El 24 de marzo de 1261 las hermanas de Santa María de Castro recibieron una carta de San Raimundo de Peñafort, residente en el convento de Barcelona; les comunicaba que tenía una encomienda del Maestro de la Orden, Humberto de Románs para que averiguase si habían sido recibidas o no bajo el gobierno de la Orden; él delegaba esta comisión en Fr. Rodrigo de Atienza. San Raimundo les copiaba la carta que había recibido del Venerable Humberto. Le comunicaba que había dudas por largo tiempo acerca de si el monasterio de Santa María de Castro en San Esteban de Gormaz estaba verdaderamente bajo el cuidado de la Orden; le parecía que de tales dudas podían seguirse muchos daños; por lo mismo quería clarificar el asunto y rogaba a san Raimundo que averiguara todo con diligencia. Quería que indagara si el monasterio había sido recibido al cuidado de la Orden por algún Maestro general, o había sido confiado al cuidado de la Orden por algún Papa. Si averiguara que había sido así le facultaba para que el Provincial de España se tomara a su cuidado el monasterio, a ejemplo de otros que estaban bajo el cuidado de la Orden en lugares donde no moraban los frailes. Humberto de Románs escribía desde Viterbo.
San Raimundo, al pasar la comunicación del Maestro a las hermanas, les decía que si tenían documentos del Papa o de Santo Domingo, o de otros sucesores suyos se los mostraran a Fray Rodrigo de Atienza, a quien confiaba él este asunto, y nombres de frailes que pudieran certificar sobre el tema.
La priora y convento escribió una carta a San Raimundo, con fecha 24 de mayo de 1262, es decir, un año después de recibir la de San Raimundo. Había ido al monasterio Fray Rodrigo de Atienza, a ellas, que se llamaban a sí mismas «siervas de Cristo y de la santa Orden de frailes Predicadores»; había indagado con diligencia cómo se introdujo la Orden a gobernarlas, y también a cada una había preguntado por separado, personalmente, si estaban dispuestas a aceptar la clausura, y a someterse a las Constituciones del Maestro de la Orden y a las ordenaciones del Prior provincial de España, las que habían hecho y las que hicieran en el futuro. Todas al unísono se mostraron dispuestas a aceptar devotamente, como lo habían hecho antes, lo que la santa Orden de Predicadores les impusiera en conformidad con el Señor. Así se lo significaban por medio de esta carta; en lugar de las firmas ponían el sello del convento. Muchas otras cosas que Fray Rodrigo les había preguntado y se habían hallado sobre el hecho que estaba en cuestión (de la incorporación a la Orden), se las haría saber a san Raimundo el propio Fray Rodrigo, para que se fiara por medio de ello como si se lo hubieran dicho ellas personalmente a San Raimundo, en quien ponían su esperanza después de Dios y del Maestro de la Orden. «Orad por nosotras, siervas de Cristo y vuestras», terminaban escribiendo. Databan su carta en san Esteban «en el día de las traslación de Nuestro Padre Santo Domingo».
San Raimundo escribió al Provincial de España el 10 de junio, aunque no precisaba el año, es sin duda el mismo 1262. Le comunicaba también la comisión que había recibido del Maestro de la Orden con relación al monasterio de Santa María de San Esteban de Gormaz. Él se sentía débil y enfermo para llevar personalmente el asunto y trasladarse al monasterio de Santa María de Gormaz o a otras partes de España, ni tampoco para llamar a su convento de Barcelona a hermanas y a priores y frailes para la investigación del tema. Por lo mismo, con la autoridad del Maestro de la Orden, lo había encomendado a Fr. Rodrigo de Atienza para que averiguara la pura y simple verdad.
Rodrigo de Atienza, recibidas las letras de San Raimundo, se había personado en el monasterio de las hermanas con algunos frailes discretos; hizo diligente investigación entre las mismas sobre los puntos que confiaba el Maestro de la Orden. Después, en el capítulo provincial que se celebró aquel año en Zamora, preguntó sobre lo mismo a todos los priores y a otros discretos y antiguos hermanos congregados. El resultado de sus averiguaciones se lo mandó a San Raimundo, y hasta le envió los testimonios y pareceres del Vicario y de los definidores del mismo capítulo provincial de Zamora, que le escribieron lo siguiente: «Al Reverendo en Cristo Padre fray Raimundo de Peñafort: Fray Pedro Abril, Vicario del Prior Provincial y los definidores del capítulo provincial celebrado en Zamora, la debida reverencia con salud. Conozca vuestra paternidad que todos los priores y muchos otros frailes antiguos congregados en el capítulo provincial, y oído aquello que fray Rodrigo de Atienza por vuestro mandato había averiguado con diligencia, tanto entre las hermanas dueñas de San Esteban de Gormaz como entre los frailes, oído también lo que nos manifestó fray P. de Alfonso que estaba presente con nosotros en el capítulo, todo lo cual os escribe más plenamente Fr. Rodrigo de Atienza, pareció a todos de común sentencia y plena concordia que debían pertenecer al cuidado de nuestra Orden, y que hasta ahora no poco se les ha descuidado, por lo que han sufrido grandes daños, tanto en lo temporal como en lo espiritual, a causa de este trato menos justo por parte de la Orden. Por lo cual aconsejamos a vuestra paternidad y suplicamos que en virtud de la autoridad que os ha confiado el Maestro mandéis al Prior Provincial de España que cuide sin más de ellas como de otras hermanas de la Orden, especialmente porque prácticamente todos los frailes han ofrecido un laudable testimonio ajustado a la verdad acerca de su comportamiento, fama y sujeción de las mismas a la Orden».
San Raimundo aseguraba, además, que en el mismo sentido de lo anterior, casi con las mismas palabras, le habían escrito los priores de Barcelona, Lérida, Mallorca y Tarragona (no se debe olvidar que todos pertenecían a la Provincia de España y en consecuencia participaban en los capítulos provinciales). Fray Rodrigo de Atienza, por otra parte, le había escrito por extenso todo lo que había averiguado. Todo cuanto había recibido y todas las personas a las que consultó en su convento de Barcelona fueron unánimes en afirmar que la Orden había obrado menos justamente hasta el presente con las mencionadas hermanas no teniendo el cuidado y la solicitud debida para con ellas y, en consecuencia, exponiéndolas a muchos y grandes trabajos, peligros y gastos.
San Raimundo añadía en tono solemne: «Yo convengo con aquellos y éstos que intervinieron y averiguaron, y siguiendo su consejo, digo y declaro que en cuanto puedo entender y la humana fragilidad permite conocer, apreciado con diligencia todo, el Maestro de la Orden puede y debe formarse conciencia de que el predicho monasterio de hermanas de San Esteban, tanto por Santo Domingo al comienzo (tam a beato Dominico in principio), como después por el Maestro Jordán, y en tercer lugar por el Maestro Juan fue recibido al cuidado de la Orden, y que por la autoridad del Señor Papa Gregorio fue encomendado el cuidado del mismo Monasterio al Prior Provincial de España. Así, pues, por la autoridad y mandato del Maestro de la Orden, yo, confiando en la sumisión y benignidad vuestra, a salvo en todo la reverencia debida a vosotros, os encargo de parte del mismo Maestro de la Orden, que cuidéis del mencionado Monasterio de San Esteban de Gormaz, como se hace con otros monasterios que transcurren su vida bajo el cuidado de la Orden, en los que no moran los frailes. (Martínez, pp. 296-297).
El 12 de junio de 1262 San Raimundo escribía una segunda carta a la Priora y monjas de Santa María de Castro. Las destinatarias eran la priora y el convento de hermanas de Santa María de Castro de San Esteban de Gormaz. Les dice que ha leído diligentemente cuanto le ha escrito Fray Rodrigo de Atienza sobre la averiguación que hizo en su convento, y entre otros, tanto priores, como antiguos y discretos hermanos de la Orden, y lo mismo la investigación que hizo en el capítulo provincial. Les dice San Raimundo que, reflexionando cuidadosamente acerca de todo, había escrito al Prior Provincial de España para que se cuidara de su monasterio. Y añadía: «Como el piadoso y misericordioso Señor Jesucristo haya velado por vuestra paz y buen estado os aconsejo humildemente y con instancia de parte del Maestro de la Orden y mía, ya que me encomendó que le representara, que dando gracias a Dios por todo esto, resplandezca de tal modo vuestro santo comportamiento acerca de la observancia religiosa que revierta en gloria de Dios y en mérito saludable y paz para vosotras, sirva de consuelo y gozo para nuestra Orden y de ejemplo para los demás. Os aconsejo, además, que las cartas que sobre vuestro asunto envío al Prior Provincial, con otros documentos apostólicos que llevan sello pendiente, que me habíais enviado, semejantes a los documentos que enviasteis al Maestro, hagáis que se presenten y entreguen, con humildad y reverencia, al prior provincial, suplicándole que en adelante tenga cuidado de vosotras, ofreciendo, por Dios, pronta obediencia y reverencia» (Ibíd., p. 300).
Se conserva todavía una carta del provincial de España, fray García, a la priora y hermanas del monasterio de Santa María de Castro. Les copia la carta que recibió de San Raimundo de Peñafort. En cumplimiento de lo que le han mandado, de muy buen grado les recibe bajo el cuidado de la Orden, como verdaderos miembros de la misma. Es de fecha, Burgos, 1º de septiembre, seguramente de 1262.
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