De manera azarosa, no deja de ser un hecho propio de cronopios que en la casa de Cortázar del distrito XV parisino, su viuda y albacea Aurora Bernárdez descubriera un puñado de hojas de hojas de varios tamaños y colores en un cajón barrigudo de la cómoda en la que Cortázar escribió su magna obra: Rayuela, y decidiera enseñárselos a Carles Álvarez Garriga por navidad de 2008, que ha pergeñado esta maravilla misceláneas de cuatrocientos y pico páginas inéditas, tras dos décadas y media de la muerte de Julio, que ahora como un maná podemos saborear en estos Papeles Inesperados. Al azar, de sopetón, estos papeles no tienen precio para los cronopios, quizá un poco para los esperanzas y mucho más para los famas.
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Hay muchas maneras de viajar, tantos como lugares por visitar. Entre todos los viajes físicos y oníricos, quizá uno de los más placenteros sea la buena lectura de un libro. Si abrimos las páginas de la Odisea, de repente nosotros ya estaremos acompañando a Ulises en su periplo a Itaca.
Esa sensación placentera es la que nos irrumpe en el ánimo, nada más abrir el gran estudio que Nieves Soriano Nieto ha pergeñado como tesis, “un trabajo que ya ha sido reconocido con la mejor calificación como Doctorado Europeo”.
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Nada más comenzar septiembre, con las primeras luces del otoño, el Dietario voluble de Enrique Vila-Matas se aposentaba en las mesas de novedades de las principales librerías con el ánimo de morar el mayor tiempo posible en esas mesas en las que unos libros se suceden a otros a una velocidad de vértigo, en la que se empujan o se insultan y a veces hasta se apuñaban por la espalda. La vida literaria en esos espacios rectangulares es muy dura, no hay cama para tanta gente.
De modo que, en fechas septembrinas, nada más ver un montón de ejemplares de Dietario voluble colocados en un lugar preferente de mi librería preferida, al azar lo tomé como si fuera un cruasán recién salido del horno y me lo papeé con regocijo y fruición. Ni qué decir que me sentó estupendamente.
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Con el novelón Acción de gracias cierra Richard Ford un gran ciclo narrativo de veinte años que comenzó con El periodista deportivo y prosiguió con El día de la independencia, con un gran personaje Frank Bascombe, que más nos parece de carne y hueso que de ficción.
Para poner el broche de oro a esa trilogía se nos presenta a un Frank Bascombe en la que todas las formas de la vida se le manifiestan a los cincuenta y cinco y le afloran como amapolas a su alrededor. Cualquier lector que no conozca las peripecias anteriores del personaje en cuestión no debe de preocuparse, lo único bueno que le puede ocurrir es que al acabar esta novela, busque las que le anteceden.
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Si el lector avezado no supiera de antemano que la narración está basada en unos hechos reales: A mediados del siglo XVI el rey Juan III le regala a su primo el archiduque Maximiliano de Austria un elefante indio que tendrá que viajar desde Lisboa a Viena, creería que la fábula de El viaje del elefante es una obra de pura ficción.
Y puede que lo sea, si admitimos que la realidad desde el punto de vista humano y literario siempre supera a la ficción más ingeniosa. Ficción, fábula, un cuento prolongado más que una novela, alegoría, libro de viajes, todas estas formas y más se pueden aplicar a la última obra narrativa que nos acaba entregar Saramago,—en el ínterin de su corto viaje al otro lado--, sin embargo la etiqueta de genero más apropiada sería la de una literatura total.
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En la primera página ya se nos presenta al alemán Dieter, que reside en los Estados Unidos, y que fue un miembro de inteligencia de las SS, Sección especial-2ª que estaba bajo la supervisión directa de Heirich Himmler en la época del dominio nazi, que ahora ha decidido escribir un libro sobre las investigaciones que entonces llevó a cabo para investigar si eran ciertos las acusaciones y rumores que decían que el abuelo de Hitler era de ascendencia judía
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El escritor portugués Gonçalo M. Tavares ha creado un barrio muy artístico, una pequeña república de las letras, que bien se podría asemejar al Chiado lisboeta, por el que podrían transitar con aires de cotidianidad el señor Gogol, el señor Kalka, el señor Joyce, el señor Le Corbusier o el señor Proust; un barrio de ficción que el lector también podrá situar en el barrio preferido de su ciudad.
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Nada más comenzar la narración nos encontramos con las primeras tentaciones escatológicas del niño David Kepesh que le llegan de la mano de un estrafalario personaje que ejerce de director social, director de banda, cantante melódico, cómico y maestro de ceremonias de un hotel de montaña de temporada veraniega, el Hungarian Royale, propiedad de la familia Kepesh.
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LA VIDA MISERABLE DE GABRIEL LINCH
La cita bíblica del Génesis: “Y soñó una escalera que estaba apoyada en tierra y su extremo tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y descendía por ella”, será al fin y a la postre el fundamento de la escala de valores de los personajes sin escrúpulos que pululan todo el día en las oficinas de una gigantesca empresa de diseño e impresión mexicana, clasista y soporífera pero que paga a tiempo, queriendo ascender entre odios, zancadillas, envidias y arribismos que se tornan violentos con tal de ascender unos peldaños por la escalera que conduce a la pasta y al prestigio social.
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El primer capítulo de Vidas Terrestres comienza con la historia de Marga que después de estar casada diecisiete años con Charly, un médico dentista, un jueves por la noche le dice que ya no puede más y se marcha de casa sin dar más explicaciones. La segunda historia es la de un joven pintor que encontramos “tumbado de medio lado y arropado hasta la barbilla. Pedro estudiaba el lento fluir de la luz a su alrededor. Cada instante era un hito en sí mismo, tan distinto del anterior, como del posterior, y Pedro pensó, una vez más, que quería pintarlos todos ellos”.
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“Estaba tan feliz Truman Capote entonces que le escribió a un amigo: “Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre”. Así empieza “Ojalá octubre” este bello y gran libro memorialista que va de la vida a la muerte, de los pequeños gozo al sufrimiento sin aspavientos ni fatuos dramatismos, del hijo al padre, sin ningún ajuste de cuentas freudiano, que va sinceramente al encuentro del devenir en busca del gran abrazo profundo y atemporal, y que a través de la palabra lírica nos lleva de viaje ahora de la muerte a la vida hasta llegar a lo redivivo, a un instante de felicidad, a ese transformado momento de la sensación verdadera.
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Los entresijos de las cosas cotidianas en un pequeño pueblo rural de la meseta castellana durante la posguerra pondrían ser el marco de un gran cuadro que no pone condiciones a que en el lienzo de la vida, desde los límites del realismo naturalista, se represente de manera esplendorosa lo más abyecto de la condición humana con sus luces y sombras. A través de la mirada del niño Isma subyugado por los encantos de la joven Reme, desfilaran unas series de personajes por el amor y el desamor, la traición y el abandono en el perfecto ensamblaje de esta gran novela que desde la primera hasta la última página se te pega como una subyugante lapa.
El pequeño heredero
Gustavo Martín Gazo
Editorial Lumen
308 págunas/
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