Y Serrat cantaba: "En Orihuela, su pueblo y el mío..."
14.01.10 @ 11:53:07. Archivado en arte, sobre lo cotidiano
Aunque uno trate de pasar o de darle vueltas al tiempo, el tiempo implacable va en un tictac a lo suyo, como el paso puntual del taxímetro, de manera que ya nadie duda de que el tiempo vuela y de que hoy somos y mañana estatuas, que diría perengano; que no hay crisis que duré cien años, con la posibilidad implícita de que todos estemos calvos, que aseguraría mengano; ni cuerpo que lo aguante, que afirmaría un zutano.
No crean que les quiero hablar del tiempo, o quizá sí, que es un recurso muy usual cuando nada tenemos que decir o nos encontramos con un desconocido, por ejemplo en el ascensor, y queremos romper el silencio inquietante. Aunque bastante gente hay que se gana la vida hablando de sí va hacer bueno o va lloviznar pasado mañana, como los estupendos meteorólogos que por doquier nos recuerdan nuestro tiempo, no el antes en el que solamente había un hombre del tiempo.
Yo no sé sí soy de este tiempo emergente o del que viene, del pasado lo somos todos, unos más que otros. Aunque como contemporáneo me complazco en respetar mi tiempo y el tiempo de los demás, que no siempre es el mismo. Soy un sentimental de la puntualidad y a mis citas acudo presto.
Precisamente el otro día tenía una comida en Orihuela y una hora de cita y me tomé el tiempo suficiente para acudir con puntualidad británica, como dicen los ingleses de sus trenes, y surgió el primer contratiempo. Al tren Talgo con destino Barcelona y parada en Orihuela, nada más salir de la estación de Cartagena se le averió la máquina y se le calculaba una demora de más de media hora. Ese ya no era mi tren, tenía que volver a dejar pasar otro tren más en vida.
De manera que para llegar a la hora convenida tuve que echar mano de un taxi, como a Orihuela se llega como a Roma por varios caminos, le dije al taxista que lo que más me importaba era la prontitud, que eligiera el camino más corto. No voy hay a entrar en la ambigüedad de los caminos y de las vueltas que cada camino lleva consigo, ni siquiera voy a entrar en la idiosincrasia de los taxistas, que como muy bien dijo el buen conductor los hay para todos los gustos, ni siquiera en los precios que algunas estadísticas dicen que son de los más caros de España, ni tampoco voy a opinar acerca de las emisoras de radio preferidas por los del gremio. Aunque podría, he tomado más taxis que pelos aún me quedan en la cabeza para saber que por más vuelta que le se dé al tiempo, el taxímetro siempre juega en contra de uno y a favor de otro. El tiempo del taxímetro es realmente un tiempo implacable, a veces como la vida misma, y el viaje se puede hacer más o menos ameno.
El otro día, yo llevaba prisa y estaba más pendiente del tiempo que de otra cosa, y el taxista iba naturalmente a su ritmo natural llevándome por la circunvalación de Murcia hasta salir a la altura de Santomera, por la carretera de Alicante, y justo al llegar a La Aparecida, el lugar que separa el territorio de la tierra murciana de la alicantina, echó mano de un cedé y en ese instante comenzó a sonar la voz de Joan Manuel Serrat que cantaba: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. El taxista, un estupendo señor, comenzó explicándome a quién estaba dedicada esa elegía, y prosiguió diciendo que le resultaba curioso que aún algunos oriolanos a los que él solía llevar, no conocieran al poeta. Precisamente el otro día leí en el periódico La Verdad un reportaje en el que se hablaba de Miguel Hernández, ¡qué buen poeta era! En esos momentos sonaban Las nanas de la cebolla, y él que tuve que hablar fui yo. Le dije que yo era el autor de esa crónica y le comenté que durante ese año hernandiano se celebra el centenario de su nacimiento. Después, como el mundo es un pañuelo, resultó ser amigo de mi amigo José Gelardo, profesor y excelente flamencólogo, que prepara otro libro sobre Miguel Hernández y el flamenco, y por fin llegamos, a tiempo. Un tiempo de 40 euros de taxímetro, que con la rebaja se quedó en 38. En comparación con el billete de ida y vuelta desde Murcia a Orihuela que cuesta, con la reciente subida del 6%, 2, 20 euros y que tarda unos quince minutos, menos que el taxi más veloz, puede parecer un lujo. Sin embargo el autentico lujo lo tuvo el taxista al hacer sonar la voz de Serrat con esa elegía en el momento y en el lugar adecuado. A veces hay lujos que no tienen precio, por mucho que uno trate de darle vueltas al tiempo.
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Patricio Peñalver
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