El pijoaparte, con un par
23.12.08 @ 11:54:29. Archivado en sobre lo cotidiano
El pijoaparte es un personaje de la novela Ultimas tardes con Teresa del escritor Juan Marsé, sin duda, el mejor actor de esa gran obra narrativa que de rondón se nos coló en nuestra vida a toda una generación de los años 70. El pijoaparte, con un par, nos endiñó un certero golpe en el mentón, a los por entonces aprendices de escritores, a todos los que soñábamos en derredor de los limites de la frontera entre la ficción y la realidad.
Ya en las primeras líneas de la novela el escritor nos dice: “Hay apodos que ilustran no solamente una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive”. Y en esas zonas tenebrosas el pijoaparte “no ignoraba que su físico delataba su origen andaluz—un xarnego, un murciano (murciano como denominación gremial, no geográfica: otra rareza de los catalanes), un hijo de la remota y misteriosa Murcia…”.
El pijoaparte es un personaje rocoso, un buen canalla hasta las cachas, un personaje de corazón tierno que se inventa una ficción para distraer la dura realidad de su sino. Quizá un personaje más, de los cientos que pululan por las novelas de Juan Marsé, uno más, entre otros, de obras tan memorables como Un día volveré o Si te dicen que caí. Uno más, y sin embargo, mi preferido por razones sentimentales que dentro de unos instantes diré.
A Juan Marsé le acaban de dar el premio Cervantes, el galardón más importante de las letras en castellano, o en español para otros, que año tras año le estaban ninguneando. Y yo ese premio cervantino se lo achaco mucho al pijoaparte, no menos cervantino, que ya con Últimas tardes con Teresa obtuvo el Premio Biblioteca Breve de 1965.
Los territorios, el mapa del callejero, por los que transcurrían los pijoapartes de los años 60 me son muy familiares. En aquellos años cuatro de mis primos y primas tuvieron que buscarse por Barcelona lo que su tierra no les podía dar: el pan nuestro de cada día. Así que por allí pasé dos veranos camino de la adolescencia, entre sábados, sabadetes, en los que se reunían una pequeña cuadrilla de murcianos de Moncada Bifurcación, Ripollet y Sabadell, con la inclusión de un sevillano al que llamaban pelito, pelón, porque tenía el pelo muy rizado, que no paraba de inventarse disparates para hacernos reír, mientras le llegaba el turno de entrar al antro del barrio chino. Mientras tanto, allá abajo esperaba yo con los otros, ante un carro que vendía patatas y perritos calientes, siempre ojo avizor por si venían los grises. Aquellos pijoapartes, ya aliviados, al día siguiente con sus mejores galas de domingo se adentraban en las verbenas y en los guateques con las mismas ganas de comerse el mundo que el gran personaje de Marsé, en busca de una Teresa o una Maruja, al son de Los Sirex, Los Mustang, los Lone Star o Los Salvajes que actuaban en vivo y en directo.
Después del verano yo llegaba a Murcia como si fuera a la aldea y explicaba aquello de los perritos calientes y nadie conocía tal cosa. Claro que a lo mejor que ni falta que hacía, donde esté una morcilla caliente, pues ya saben.
A colación viene todo estas monsergas sentimentales para explicarles como me sentía, después, en 1977 ante la séptima edición revisada de Últimas tardes con Teresa. Después de leer aquella obra, más de uno pensó en hacerse escritor. Ese era un buen modelo narrativo. Craso error el pensar que escribir sencillo era fácil. Pues no hay nada más hermoso y sublime que narrar con sencillez y claridad. Así narran los clásicos, por eso no dejan de ser modernos.
Hace un par de años, estuvo Juan Marsé en Murcia, creo que una semana después de haberse fallado el Cervantes de aquel año. Después de dar una conferencia fuimos al hotel a buscarlo. Salimos a tomar una copa, mientras calle de Correos arriba en dirección al Bar El Sur, José Belmonte Serrano conversaba con Marsé, yo lo hacia con la señora de Marsé. Al llegar al bar, no tomamos una copa sino dos, tenía al maestro frente a mí. Y no le dije nada de mi lectura, treinta y pico de años antes. Desde aquí, ahora se lo dijo, pues hay más días que longanizas. ¡Pijo! Con un par, maestro.
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Patricio Peñalver
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