Por don Pedro y doña Violante: ¡Me quito el sombrero!
16.07.08 @ 22:02:09. Archivado en sobre lo cotidiano
Cuando uno opina sobre un tema periodístico de rabiosa actualidad suele tener la certeza de estar metiéndose en el ojo del huracán al tiempo que piensa que el lector, a priori, le va a prestar más atención, del que le mostraría, si eligiera un tema atemporal o del pasado más inmediato, que de pronto a velocidad de vértigo pasa a ser remoto.
Considerando que el pasado más inmediato, fue ayer. En la cosa periodística lo que cuenta son las noticias del día a día; lo que pasó el otro día muy pronto se mete en el cajón del olvido. Aunque algunos temas den juego para unos cuantos meses o semanas, como la Eurocopa de fútbol con el famoso gol de Torres y con aquellos patriotas de hojalata que quisieron endiñarle el sambenito de gafe al presidente de España José Luis Rodríguez Zapatero, por sí colaba; o el torneo de Wimbledon que ganó Nadal o el Tour de Francia, por el que Alejandro Valverde me fastidia las benditas siestas. Por no hablar de la crisis de la madre de todas las crisis económicas que va para largo o el manifiesto de la lengua en común. Ya lo dice el dicho periodístico: que la realidad no te estropee un buen titular. Bueno y qué. ¿A cuento de qué viene esto?
Pues a colación viene lo dicho porque me apresto a opinar acerca de una serie de noticias que ya duermen en el baúl de los recuerdos, que otrora contaron las peripecias de dos ciudadanos de la huerta de Murcia: el matrimonio formado por los octogenarios Don Pedro y doña Violante, unas peripecias que de la noche a la mañana pasaron a ser una pertinaz pesadilla. La pesadilla se hizo realidad el 26 de abril de 2006 cuando el ayuntamiento de Murcia decidió expropiar los 252,05 metros cuadrados de su casa, a cambio de recibir 163.034 euros, con lo que podrían pagar un alquiler de 18 meses y con el resto podrían optar a un piso protegido.
A don Pedro y a doña Violante, que desde 1946, vivían entre limoneros y azahares, con sus macetas de flores, con sus gallinas y conejos, como todos los huertanos de toda la vida, de repente les había caído el gordo de la lotería sin jugar, de la gran lotería del progreso, por su terreno tenía que pasar una avenida con seis carriles (por favor, no confundir estos carriles de asfalto con los carriles de la huerta de antaño) una obra de interés general que chocaba frontalmente con los intereses particulares de los dueños de esos terrenos, a los que de pronto por arte de birlibirloque se le esfumaban el valor de sus escrituras.
La pesadilla proseguía, en nombre del progreso, el 10 de mayo de 2007 cuando los técnicos les daban 5 días para desalojar la vivienda. Muchos de sus vecinos ya habían aceptado, como suele ocurrir en estos casos de interés general, a la fuerza ahorcan, y al que le toque, se siente. Sin embargo, don Pedro y doña Violante pensaron todo lo contrario, ellos resistirían como los últimos mohicanos de la huerta.
Con el trámite de expropiación ya bastante avanzado, se buscaron al abogado Eduardo Salazar para recurriera basando su exposición en motivos de salud, adjuntando un informe médico con las consecuencias psíquicas que sus defendidos padecían desde el conocimiento de la expropiación forzosa. En su defensa pedía que le adjudicaran “una casa parecida, humilde pero en la huerta, en lugar de un piso. Y, ¡albricias!, un juez sorprendió a propios y extraños y el 2 de noviembre les dio la razón y paralizó el realojo. Un rayo de esperanza venía de nuevo a brillar con luz propia en la casa de don Pedro y doña Violante que han bregado toda la vida y querían vivir sus últimos días en su casa de siempre.
El ayuntamiento recurrió la sentencia al Tribunal Superior de Justicia.
Y hace unas semanas este Tribunal le ha dado la razón al Ayuntamiento. Aunque matiza que “el abandono de su vivienda puede ocasionar perjuicios a la pareja” le indica que la vivienda ha sido expropiada y necesariamente han de abandonarla. Le sugieren a los familiares a que le busquen “una vivienda similar”, ya que “no parece que mantenerlos en una vivienda en una zona en obras contribuya a esa forma de vida que es conveniente a su edad y circunstancias” y les recuerdan el perjuicio al interés general”. Al parecer contra este fallo ya no cabe recurso y encima deben de pagar las costas del procedimiento. Así están las cosas, las cosas del interés general. Comprendo que el matrimonio se sienta abatido y que don Pedro diga que parece que estamos en los tiempos de antes. Sin embargo, lo que más me ha sorprendido de esta historia es el valor moral y la capacidad de lucha que han mostrado don Pedro y doña Violante, para defender la casa de toda su vida. Que les quiten lo bailaor. Sin más comentarios y sin opinar. ¡Me quito el sombrero!
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Patricio Peñalver
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