Extranjero en la noche
06.05.08 @ 11:20:12. Archivado en sobre lo cotidiano
Desde la ventana, al albor, en una esplendorosa mañana primaveral que iba camino de ser de verano al mediodía, mirando el bullicio de la calle me entran ganas de abandonar la tarea que me ocupa y con la excusa de comprar tabaco salgo a dar un garbeo. No salgo con el candil encendido buscando al hombre nuevo como al parecer hacia Diógenes, si acaso lo hago con el espíritu y con la mirada de aquel Sócrates que practicaba su filosofía mundana platicando en las ágoras.
Imbuido en ese espíritu socrático me entrego sin disimulo a la cháchara con los amigos, conocidos y saludados que encuentro al paso en mi rutinario callejear: con unos a veces una pequeña charla, con otros un intercambio de frases pongamos que sobre el tiempo y con lo demás una mirada y un saludo.
Y entre tanta plática al estilo Mediterráneo, después de fumar más de medio paquete, se me hace la hora del aperitivo y me acuerdo de a cómo está el kilo de cigalas. Me dirijo al mercado de abastos y antes de llegar al Almudí me encuentro el Palacio totalmente tomado por las fuerzas y autoridades gubernativas. La última vez que estuve en el Almudí fue hace siete meses para pedirle audiencia a la concejal de Cultura Fátima Barnuevo, todo hay que decirlo para hablar de mi libro, o sea el mismo tiempo que llevo esperando, y lo que te rondaré morena.
Miro a los mirones y me sumo a la labor. Antes los españoles mirábamos mucho a los albañiles que trabajaban haciendo los cimientos de una gran obra. Miro a la matrona del Almudí, de la que dicen que le quitaba la teta a su propio hijo para dársela al foráneo y después pregunto: ¿qué pasa aquí? dos señoras me responden: “Pues que está la infanta Elena, ahí dentro, ya casi una hora”. Me espero, no sin antes preguntarme porqué los del protocolo no me invitan a mí a estos actos culturales: ¿me tendrá en la lista de los republicanos? Sale la Infanta Elena y saluda y las dos señoras emocionadas exclaman: ¡Qué alta y que guapa! En un pim, pam, pum la Infanta Elena ya se ha montado en su coche y se marcha. Entonces, una señora le pregunta a la otra: “¿oye, y a todo esto, a qué ha venido la Infanta? Pues hija, a lo de Saavedra Fajardo. ¿Y ése quién ese?, De nuevo vuelve a la carga, la otra, al tiempo que concluye diciendo: en menudo lío me estás metiendo, pues la otra plaza de abastos no es la de Saavedra Fajardo. Y qué, ¿que tendrá que ver una cosa con la otra y con Saavedra Fajardo?
Eso me pregunto, mirando el ticket en la bolsa con el cuarto y mitad de cigalas.
Prosigo el paseo. La placida mañana invita a la meditación y la mirada furtiva a su libre albedrío se fuga y se posa en los andares de gacelas de un pequeño ramillete de muchachas en flor, que me acaban de adelantar en el camino, y que sonríen por cualquier cosa como un canto a la vida. Así es la vida, me digo, mientras me viene a la memoria el encuentro casual que el otro día tuve con Pepe López Martí, gran filósofo, gran profesor y gran persona, y recuerdo la conversación metafísica que mantuve acerca del todo, la nada y el lenguaje de las cosas. En una de esas cosas, pues, me preguntó tú has escrito algo sobre la mirada de Ramón Gaya y Miguel Espinosa en los papeles de información que publica el museo. Y yo de pronto le dije que no. El me volvió a insistir en que ese texto lo firmaba yo. Efectivamente así era, como comprobé después, sin embargo entre tantos asuntos generales yo no recordaba ese fragmento particular. Y no lo recordaba porque ese texto lo había escrito un par de meses antes, al compás de otros escritos que me habían encargado y que tenía que entregar casi todos a la vez. En ese fragmento sobre Gaya, escribía: “Todas las veces que nos vimos nuestra comunicación fue con la mirada. Idéntica situación que también siempre me pasó con el gran escritor Miguel Espinosa. En estas ocasiones una mirada valía más que mil palabras”. Le hable, entonces, a Pepe López Martí, de las veces en las que me había comunicado con la mirada con Miguel en aquellas tardes tranquilas del bar Novecento mientras compartíamos mesas contiguas. Mientras tras los cristales la gente paseaba Trapería abajo y arriba, con sus miserias, sus alegrías y sus almas hipotecadas y uno, que no deja de ser la suma de muchos, buscaba la mirada de aquella paseante por la que años antes hubiera exclamado: “Por una mirada, un mundo; / por una sonrisa, un cielo; / por un beso…, ¡yo no sé/ qué te diera por un beso!
Comencé a ponerme romántico y me acordé de las cigalas, porque cuando me pongo poético me acuerdo de los atardeceres del Malecón en los que me siento como un extranjero en la noche al mirar las últimas luces del ocaso del día
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Patricio Peñalver
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