La consagración de la primavera
02.05.08 @ 21:09:50. Archivado en arte
Texto publicado en "papeles de información del museo ramón gaya. Abril-mayo 2008
Creo que conocí personalmente a Ramón Gaya en una esplendorosa mañana de primavera, al menos así ha quedado registrado en mi memoria, un poco antes de que comenzara la convulsa movida de la década de los 80. Tiempos de transición, en los que la pasión por las artes y por la vida apenas tenían para mí una línea fronteriza, por fin salíamos del gran túnel del tiempo, como si hubiéramos estado en el limbo, con la máxima y rigurosa tarea de saber las verdades de aquellas cosas que nos habían ninguneado. Por entonces comenzaba a conocer algo más sobre la obra y la vida del pintor.
Precisamente paseando por las tranquilas calles de la Murcia de antaño que todavía olían a azahar, aquella luminosa y primaveral mañana me encontré con mi amigo Antonio Parra que se dirigía a grabarle una extensa entrevista a Gaya para emitirla posteriormente en dos partes en Radio Juventud. Al albur se me cuelan los versos del poeta: ¡Juventud, divino tesoro! y en un ínterin reflexiono sobre aquel tiempo como si lo estuviera viviendo, y, a media voz me digo: ¡Hay que ver cómo pasa la vida!, la de caminos que hemos andado, ya, viendo la senda que nunca se ha de volver a pisar. Ya no existe Radio Juventud, se nos fue Gaya y nos dejó su pintura para siempre, y sin embargo, aquí seguimos haciendo camino al andar. Después de esta díscola digresión, que al azar, le ha surgido al ritmo de este escrito, menos mal que seguimos para contarlo, al fin y al cabo, así que sírvanos, pues, la ocasión como una manera de darle otro soplo de luz a la obra y para revivir el espíritu del pintor.
Aquella mañana llegamos a la habitación con vistas del Hotel Rincón de Pepe, la misma que siempre reservaba cuando venía a Murcia, y en el amplio salón nos encontramos con su caballete, unos lienzos en blanco y otros ya esbozados y las olorosas rosas frescas colocadas en un transparente jarrón de vidrio. Otras rosas, otras flores había visto, antes, con un agua translúcida, en un vaso representada al óleo por el pintor, que se asemejaban a aquella realidad, como la misma sencilla y hermosa realidad. Ahí estaba representado lo real.
Momentos antes de que comenzara la entrevista, mientras Antonio preparaba el enorme magnetofón, no sé por qué hablamos sobre la música. Yo entonces estaba absorbido por la de Igor Stravinski y la de Béla Bartók, precisamente estaba escribiendo un relato corto ambientado en la Consagración de la Primavera. La conversación fue derivando hacia las vanguardias, otra de mis preocupaciones de antaño, y seguimos hablando de la belle époque, de los ballet rusos dirigidos por Serguéi Diáguilev, de las coreografías de Váslav Nijinski y de los figurines de Roerich. De repente el pintor se acordó de un estreno de La Consagración de la Primavera que había visto en la iglesia de San Marcos en Venecia y lo contaba con todo lujo de detalles. A todo esto la entrevista, aún no había comenzado. Y entre aquellas minuciosas descripciones que narraba como si estuviera dando suaves pinceladas, se acompañaba como un director de orquesta con los suaves gestos de sus manos, mientras buscaba la perspectiva para dar la siguiente, dibujándonos a la alta sociedad reunida para asistir a aquella representación que exhibía sus mejores galas. Yo escuchaba con mucha atención y ya tenía un inmenso retrato del interior de la iglesia de San Marcos con toda su ornamentación, sin embargo, el pintor tal vez observando mi cara de pasmo, ahora deseaba llevarme hacia el punto del fuga del cuadro que estaba describiendo. Y proseguía, ahora con un brillo especial en sus ojos, diciendo que de toda la gente allí reunida la figura que más le había llamado la atención, era la de una gorda voluptuosa que se había colocado delante de él, como recién salida de la peluquería, maquillada y pintada, con un abrigo de pieles y un vestido de amplio escote del que emergían dos enormes tetas, juntos a unas medallas y cadenas de oro no menos exuberantes. Yo creo que el pintor dijo senos o pechos, pero yo antes y ahora siempre he recordado aquel detalle con este sustantivo tan sonoro, que viniendo a decir lo mismo parece que nombra otra cosa diferente.
La entrevista ya había comenzado y Gaya hablaba sobre lo divino y lo humano.
Ahora en otra mañana que ya presagia la exuberancia de la primavera murciana, entre lo real y la realidad, me estoy acordando de la exposición de Gaya “Retratos” que había visto en 1981 en la Galería Chys, entonces Gaya tenía setenta y un años. Desde aquella fecha hasta la muerte reciente del maestro, le he acompañado en el día de su cumpleaños que se celebra cada 10 de octubre en el museo que lleva su nombre. Curiosamente después de aquella entrevista nunca volví a intercambiar palabra alguna. Todas las veces que nos vimos, nuestra comunicación fue con la mirada. Idéntica situación que también siempre me pasó con el gran escritor Miguel Espinosa. En estas ocasiones una mirada valía más que mil palabras.
En esta mañana, en las que las flores de azahar de los pocos naranjos que nos quedan en las calles se abren como melvas, paseando por la ciudad, después de ver como dos juguetones gorriones se perseguían, contemplando la cambiante luminosidad mediterránea tan difícil de aprehender, me he acordado del color y de Velázquez, pájaro solitario. Y de lo que decía Gaya sobre lo picante en el color, que no era otra cosa que quitarle lo estridente y chillón al color en la búsqueda de la pureza. Después me he tomado un par de cañas de cerveza en los bulliciosos bares de la plaza, junto al museo, pensando en unas palabras del gran creador que fue Ramón Gaya: “El artista es alguien de quien yo me fío poco, parece que tiene que ver más con lo decorativo, mientras que el creador es alguien que pretende darle caza a ese algo misterioso del espíritu que percibe, y le da cuerpo; entonces lo convierte en una escultura, en una sonata o en un cuadro”.
Y entre aquella esplendorosa mañana de la nostalgia y esta otra ya de presente inmediato, ajeno al tiempo, he tratado de dar cuerpo a este escrito que concluye mientras escucho las últimas notas de La Consagración de la Primavera con el ánimo de haber intentado percibir el espíritu de Ramón Gaya.
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Patricio Peñalver
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