La soledad y el silencio, exposición de Eva Ruiz en la galería Chys de Murcia
14.04.08 @ 11:58:48. Archivado en arte
La pintora oriolana muestra en la exposición “La soledad y el silencio” que se inauguró en la galería Chys de Murcia el jueves día 10 y que continuará hasta el día 24 con una serie de lienzos, algunos de gran formato, de temática paisajística urbana y rural sobre su Orihuela natal y la vecina Murcia, henchidos siempre de la sorprendente luz levantina en los que siempre se respira una sutil atmósfera poética. Asimismo también incluye dos interiores: un par de rincones hernandianos de la casa del universal poeta de su tierra.
La artista que inició su formación en la Escuela de Bellas Artes ha evolucionado perfilando su estilo de la mano de pintores tan experimentados como Antonio López y Federico Chico, habiendo participado en más de cuarenta exposiciones individuales y colectivas y ha sido distinguida y premiada en multitud de concursos y certámenes repartidos por toda nuestra geografía: Navarra, Madrid, Albacete, Murcia, Valencia, Alicante y en su querida Orihuela.
Precisamente en la Biblioteca Pública del Estado “Fernando de Loaces” de Orihuela presentó el pasado mes de enero su última individual: “Homenaje a Miguel Hernández: el poeta y el paisaje”, con un enorme éxito de público y crítica.
EL MUNDO DE EVA RUIZ
ELOY SÁNCHEZ ROSILLO,
Poeta. Premio Nacional de la Crítica 2005
Los cuadros de Eva Ruiz nos ganan a primera vista porque desde el comienzo mismo de nuestra relación con ellos nos revelan y ofrecen una realidad en la que todo está como impregnado de confianza. Ellos mismos son obras confiadas, que apuestan por la vida, y que por eso atraen y se entregan a quienes los contemplan.
El arte moderno, digamos desde el momento de las vanguardias hacia acá, se ha caracterizado casi en su conjunto por ser un arte pensado para épater le bourgeois, para desasosegar y agredir el ojo, las entendederas y el corazón con excentricidades, ocurrencias, hermetismos, técnicas estrambóticas y groseros materiales.
Nada de esto encontramos, por suerte, en los cuadros de nuestra pintora, a pesar de la evidente modernidad primigenia con la que están soñados y realizados. En todos ellos hay algo cálido y acogedor, como un amable y sincero ofrecimiento de buen trato que la artista nos brinda para que entremos en su pintura, en la casa hermosa y grande de su pintura. Una casa, por lo demás, tan amplia como el mundo, porque en su obra no sólo nos encontramos con recogidos interiores, sino que vemos también vastos paisajes rurales de la nativa Orihuela o sugerentes paisajes urbanos de ésta o de otras poblaciones.
Lo que más llama la atención de la pintura de Eva Ruiz es que paradójicamente resulte tan hospitalaria y tan acogedora estando como está casi siempre y por completo empapada de soledad y de silencio. Sus paisajes de uno y otro tipo y sus interiores son habitualmente espacios deshabitados, espacios sin nadie. Pero esto no quiere decir que estén vacíos, que se trate de lugares en los que se respire la vaciedad de la nada. Podría decirse que la soledad y el silencio se sienten tanto en los cuadros de esta autora que llegan a constituirse en personajes centrales de los mismos, en protagonistas absolutos de unos ambientes plenos de intimidad (incluso si se trata de grandes panorámicas de la naturaleza), de recogimiento, de sosiego.
Y hay que advertir, desde luego, que la soledad que la pintora nos propone no es tristeza metafísica de manos sin nada, sino quietud fecunda y llena con frecuencia de intensa luz; y que el silencio de sus cuadros no nos angustia ni nos atemoriza, sino que nos incita a las palabras que cuentan y salvan. El silencio y el apartamiento no sólo son precisos para oír lo que importa, sino que resultan también imprescindibles para mirar: para que mire la pintora a la hora de la creación; para que de verdad veamos nosotros al contemplar lo que ella realiza. El ruido y el bullicio de la multitud ciegan los ojos y enturbian el mundo. Por eso los cuadros de Eva Ruiz, aunque aparentemente deshabitados, resultan tan habitables. No nos sentimos solos ni perdidos en estos lienzos, y cuando por ellos deambulamos con los ojos nos sabemos acompañados por el misterio del existir y por la poesía de lo que nos rodea.
La pintura de la artista oriolana, con su técnica depurada y rigurosa, aunque por fortuna no carente de un punto de bendita ingenuidad, con su tendencia a un hiperrealismo que no pretende sin embargo facilitarnos la huella digital de cada cosa, viene de muy lejos y va hacia un más allá al que sumamos con gusto nuestros pasos. Viene de la tradición de la pintura verdadera, y ha puesto sus afanes y sus ilusiones en prolongar el latido de la misma en la medida de sus posibilidades. Eva, pues, desde siempre y para siempre, Eva auténtica, Eva pintora.
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