Han pasado cinco días desde el terremoto. He oído al responsable de Cáritas en República Dominicana y el cuadro es descorazonador. Ya ni siquiera tienen su principal placebo quita-gana, las tortas de arcilla, que se han puesto a precios estratosféricos. La gente en campos y ciudades todavía no ha visto ni un mendrugo de pan. Como siempre ha pasado, se pudre comida mientras los haitianos pasan hambre. A la espera del ejército, parece que las primeras ayudas están llegando efectivamente a través de Cáritas, que desde las parroquias dominicanas y mediante su red en Haití hace de banco y Estado.
Hace un año, solo dos meses después del último huracán haitiano, cuando se nos pasó la fiebre de ayudar al buen negrito murieron 200 niños de hambre en una sola aldea. Nunca les llegó ayuda alguna y sus padres siguieron abandonando los campos, destruidos por el grano subvencionado del primer mundo que les hace imposible competir, y subsistir. Es lo que tiene dárselas de liberales pero actuar con proteccionismo socialista. Con los biocombustibles y demás negocios ecolochorras (molinillos, por ejemplo) suben los costes de la energía y suben los precios del azucar, trigo, maíz, sorgo, caña de azúcar, remolacha, girasol y soja, que ahora no son para dar de comer al hambriento, sino para llenar el depósito de tu coche. Hemos -nosotros- terminado de arrasar Haití, solidariamente y reduciendo CO2 con economía sostenible.
Hace un par de años la situación ya era desesperada. Los más afortunados podían comer galletas de barro. Así era Haití en 2008:
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín