Si yo fuera Willy, dubi dubi, dubi duuu... Viviría siempre muy feliz, sin tener que trabajar. Si yo fuera Willy, pediría los papeles y regularización, reagrupamiento familiar, piso de acogida y pensión. Denunciaría por maltrato a Moratinos y a la Chacón, que vayan preparando indemnización, eh, si yo fuera Willy.
Porque resulta que el Bonito del Norte ni es bonito ni del norte, es atún blanco de muy al sur que no ha visto cañas ni en la Albufera; los nacionalistas piden la entrada del ejército opresor, los jueces no juzgan, la Armada no se arma, el gobierno flowerpower pasa de militares y judicatura, las leyes se hacen ex post facto, el ministro dice que eso del Estado de derecho está bien pero "nunca se puede generalizar", y los atuneros vascos cantan Suspiros de España. Todo eso con el pobre Willy lejos de su cocotero. Angelito.
Si yo fuera Willy me dejaría de abogados y buscaría un agente ya. Quiero portada de Pedrojota hablando de cuánto quiero a mi mamá, con taparrabos de marinerito, y sin gayumbos en Interviú. Plaza fija de tertuliano con Jorge Javier, a pachas con Cachuli y entrevista en profundidad, de pago, para Ana Rosa. Quiero una ortodoncia. Al contrario que a Quijote, se me ocurre así a humo de pajas un cursillo completo de "fomentar la autoexploración sexual y el autodescubrimiento del placer" (en swahili: cascarse gallardas por todo lo alto), con eso que subvencionan de 'El placer está en tus manos'. Una canción de Ana Belén y que me adopte Angelina Jolie.
Hace algún tiempo, cuando los políticos no estaban pendientes del telediario y los ministros de defensa defendían algo, el comercio de Roma fue amenazado por unos amigos de Willy. Pompeyo fletó quinientas naves, con ciento veinte mil hombres y cinco mil caballos, dividó el mar en trece zonas y los fue arrinconando hacia tierra donde esperaban sus legiones. La escabechina fue tal que muchos piratas se rindieron, por lo que fueron tratados generosamente por el Magno. Después se ocupó de su base en Cilicia, que está al norte de Somalia pasando Suez, donde los machacó hasta que se rindieron y recuperó todos los botines arrasando sus fortalezas. En tres meses acabó con la piratería.

Hay naciones que tienen claro quién ostenta el monopolio de la violencia. Claro que aquí, los tres conceptos son "discutidos y discutibles": nación, monopolio y violencia. Está contentísimo el presidente pacifista ahora que tiene sus Blackwater con Chacón, qué bien, como George Bush y Dick Cheney. A difundir la conjunción planetaria de paz y amor.
Cuenta Plutarco que cuando los piratas pidieron veinte talentos por el rescate de César éste se echó a reír, "voluntariamente se obligó a darles cincuenta", y "muchas veces les amenazó, entre burlas y veras, con que los había de colgar, de lo que se reían". En cuanto estuvo libre, los capturó y los mandó crucificar, quedándose además con el rescate que otros habían pagado. Como político es inigualable: pagar y salvar a las víctimas, ejecutar a los secuestradores y beneficiarse del rédito. Suetonio dice que César era "muy benévolo por naturaleza a la hora de vengarse", y que habiendo jurado crucificar a los piratas que le secuestraron, ordenó primero degollarlos para que sufrieran menos (De uita Caesarum, César 74). Montaigne, católico humanista y padre del buenismo, en el Libro II de sus Ensayos lo interpreta como "tan dulce en sus venganzas", y se atreve a criticar a Suetonio por considerar como "un acto clemente el matar sólo a los que nos ofendieron".
En 1739 comenzó otra de piratas (nada que ver con Ramoncín), la «Guerra de la oreja de Jenkins». El capitán de navío Julio León Fandiño apresó un barco corsario comandado por el pirata inglés Robert Jenkins cerca de la costa de Florida, y cortó la oreja de su capitán. Jenkins compareció ante la Cámara de los Comunes en 1738 con la oreja en la mano -¡qué escena!- y explicó que el capitán español, al tiempo que se la cortaba, decía: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Inglaterra, siempre dispuesta a defender sus piratas, declaró la guerra a España el 23 de octubre de 1739, armando una flota de guerra que superaba en 60 naves a la Armada Invencible.
Fue precisamente un vasco español como algunos de los atuneros secuestrados, en un barco español (eso está por ver), quien se especializó en esos otros piratas, los ingleses de la «Guerra de la oreja de Jenkins»: D. Blas de Lezo y Olavarrieta (1688-1741). Jorge II ordenó en 1742 que los historiadores británicos no escribieran nunca sobre D. Blas de Lezo, que borraran toda memoria suya y de la mayor humillación jamás sufrida por los ingleses: la batalla de Cartagena de Indias. Si buscamos en la Enciclopedia Británica, hoy, a Blas de Lezo, el resultado es "There are currently no results related to your search", y en contenidos adicionales, "There are currently no magazine results related to your search". Para los ingleses no existe Blas de Lezo, lo lamentable es que para muchos españoles y americanos, tampoco.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
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Antonio García Fuentes
José Pómez
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Patricio Peñalver
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