Tánatos es la muerte discreta, callada, es una muerte progresista. Gemela de Hipnos, nada tiene que ver con sus otras hermanas, las Keres, que sobrevuelan el campo de batalla rechinando sus dientes blancos. Atravesamos el momento más salvaje en toda la historia de la Humanidad. Nada hay comparable en cuanto a matanzas y desprecio por los derechos humanos con el pasado siglo XX, ni los dos milenios anteriores juntos han derramado tanta sangre. Cuando invadimos países como Irak o Afganistán nadie sabe por qué, pero tenemos la cara dura de, además, legalizar nuestras matanzas en la ONU. Y eso es solo escaparate: los grandes genocicios transitan en silencio, como Tánatos, enamorada del hambre, la miseria, el aborto y la eugenesia.
La batalla por la vida y la dignidad de todas las personas se ganará, antes o después, como se ganó a la esclavitud o al racismo. La cuestión está ahora en cambiar una tendencia fascistoide. Desgraciadamente es un debate viciado y cualquier zascandil se cuelga la etiqueta vale-para-todo de progresista.
Un amigo me preguntaba hace tiempo: ¿cuándo progresista dejó de significar progresista? No lo sé. Supongo que al mismo tiempo que otros tomaron la Bastilla liberal para convertirla en un búnker. Lo explica bastante bien Manuel Martín Ferrand en El aborto como bandera política. La cuestión es que de manera insólita pero no inexplicable se ha alimentado una masa borreguil capaz de defender los más siniestros postulados de muerte, del poder más absoluto, siempre contra los más débiles.
La Iglesia
Mientras nuestros obispos patrios se dedican a hacer cariñitos a etarras, montar fantasmales partidos católicos, ver películas de Amenábar o cargarse el socialismo cristiano y la derecha de Rajoy, el mundo católico avanza, oiga, que es una barbaridad. Por si faltaba algo, los tres tenores del «hoy me manifiesto contra el aborto, mañana no» —Benigno Blanco, Alfredo Dagnino, Ignacio Arsuaga— van a palos, unidos o separados según sopla, y Rouco no sabe con qué mimbres hacer el cesto del partido rouquista.
En el II Sínodo Africano que se está celebrando en Roma los obispos de Chad han pedido una acción contundente contra las multinacionales que practican «el saqueo y el robo sistemático de las materias primas y de las inmensas riquezas del subsuelo» en su país, donde las inmensas extracciones de petróleo han hecho que «si antes la población vivía en la pobreza, hoy vive en la miseria», y «los ingresos procedentes del petróleo han servido para comprar armas y alimentar conflictos interminables». Misioneros Combonianos, los de Mundo Negro —impresionante su trabajo— en su XVII Capítulo General, acaban de definir la situación en el Congo como «una guerra hecha para encubrir el saqueo de las riquezas minerales del país, en el que el 70% de sus 60 millones de habitantes vive con menos de un dólar al día». El arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, ha iniciado una campaña en la ONU para el control de las multinacionales por la defensa y dignidad de los pueblos indígenas. El cardenal Bernard Agré, arzobispo emérito de Abidyán en Costa de Marfil, califica a las corporaciones como «asesinos financieros». El País, a su manera, ha dejado constancia de la lucha eclesial contra esos amos de la vida y la muerte: Se busca Papa negro.
Para asegurar ese lucro desmesurado, el biopoder maneja guerras, enfermedades, esterilizaciones y abortos masivos, todas las medidas eugenésicas que sirvan a la avaricia. Cuando la empresa cumple su función social, nada que objetar; si no es así se transforman, como dice Molares do Val de algunas oenegés, en cultivadores de hambrientos.
Progresistas
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín