UN CARACTER FUERTE Y UNA LENGUA LARGA
En 2004, dejó su cargo de consejera de Economía de Andalucía para presentarse como diputada por Málaga. Llegaba a Madrid con la fama de ser muy buena con los números. Zapatero la eligió para formar parte de su comité de notables con el que preparó su llegada a la Moncloa y en las quinielas sonó incluso como posible vicepresidenta.
lAS malas lenguas dicen que en la Junta andaluza brindaron con champán tras su marcha o que su designación como diputada fue el modo que encontró Manuel Chaves de quitársela de encima de la forma más educada posible.
“No nos engañemos”, advierte un diputado popular con quien Álvarez ha tenido más de una bronca, “de ser consejera de Economía, que es un puesto de la leche, venía a ser diputada de la oposición, porque nadie preveía que el PSOE de Zapatero ganase las elecciones. A lo mucho, optaba a ser secretaria o portavoz de alguna comisión. Y de la noche a la mañana, con la victoria de Zapatero y con lo de la paridad, se encontró siendo ministra en un cargo para el que le falta capacidad de gestión y eficacia”, añade.
CUATRO JEFES DE PRENSA Y TRES RESPONSABLES DE GABINETE
Álvarez se ha forjado una imagen de mujer dura y feroz, temida por sus subordinados, que en más de una ocasión se han sentido humillados por ella. De hecho, en tres años, ha tenido hasta cuatro jefes de prensa y tres responsables de gabinete.
Síntomas de un carácter del que da buena cuenta una anécdota ocurrida en la sede de su Ministerio: una mañana sus colaboradores redactan el borrador de un discurso que, al leerlo, califica de poco menos que bazofia. Lo corrigen, lo mejoran y se lo vuelven a entregar.
Tampoco hay suerte, así que prueban con una tercera redacción. Trabajan en ella hasta las cuatro de la madrugada y se la dejan en su mesa para que la lea a la mañana siguiente. Y todo para que, finalmente, según cuenta un testigo, Álvarez tirase esa última versión a la basura y optara por quedarse con el primero de los discursos.
Pero en el terreno en el que Magdalena Álvarez adquiere su tono más bronco es en la pelea con el Partido Popular. En ese particular envite parece disfrutar con regocijo. Presume, por ejemplo, de haber obligado a Mariano Rajoy a apagar un puro en una reunión allá por 1998.
Y de Esperanza Aguirre, con quien protagonizó una lamentable carrera por ver quién inauguraba antes el metro de la T-4 de Barajas, dijo que el único sitio en el que podía haber estado en dicha inauguración era “tumbada en la vía o colgada de la catenaria”.
Con su contrincante popular en la Comisión de Fomento, Andrés Ayala, también ha tenido unos cuantos enfrentamientos. Uno de ellos, durante una corrida goyesca en Ronda en la que, tras saludarse cortésmente, la ministra dijo a sus amigos: “Éste es el cabrón que me hace la vida imposible en el Congreso”.
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