P. Una cuestión decisiva es que usted consigue pactar con los nacionalistas, con Pujol y Arzalluz, algo que parecía imposible.
R. Antes de ganar yo había tenido muchas conversaciones con ellos, y aunque con profundas discrepancias, esas relaciones eran bastante normales y francas más con CiU que con el PNV. Cuando ganamos en el 96, las presiones eran muy fuertes, porque había una operación en toda regla para impedir que el PP llegara al poder, con entresijos muy profundos que en algún momento se sabrán.
¿Cómo cuáles? ¿A qué entresijos se refiere?
Le digo que con el tiempo se podrán saber, todavía no. El hecho es que encargué a Rato las conversaciones con CiU, y a Mayor Oreja, con el PNV. Con la única condición de que los acuerdos fueran públicos y transparentes, y lógicamente que no afectaran a la esencia del proyecto del PP. Se trataba de que se produjese un hecho nuevo, de normalización democrática, donde la derecha española podía pactar con los nacionalismos sin que nada se resquebrajase. El resultado de eso fue un proyecto de más España.
¿Qué significó el pacto del Majestic? ¿Confiaba en que podía cerrar el modelo autonómico?
Mi relación con Pujol fue muy buena, de respeto y lealtad. Le dije que todo el desarrollo autonómico llega un momento en que tiene un límite. Sabía que los nacionalistas, tarde o temprano, tendrían que elegir entre transgredir el límite o mantener la lealtad constitucional. Y, sinceramente, creo que hice todos los esfuerzos posibles para que estuvieran en la lealtad constitucional. Desgraciadamente, las cosas no fueron así. El caso del PNV fue diferente, porque había suscrito con ETA el pacto de Estella, y eso fue un desafío muy grande. Su deriva soberanista era muy clara y su deslealtad, también. Pasados los años se ha visto que el régimen constitucional del 78 ha durado hasta 2004. Cuando se intenta modificar la Constitución por la puerta de atrás, con la complicidad del Gobierno, podemos entender que la Constitución del 78 está siendo gravemente vulnerada.
¿Usted consideró en ese momento a Pujol más hombre de Estado que a Arzalluz?
Hay diferencias entre ambos, evidentemente. Tuve una relación muy franca con los dos. Ambos sabían cuál era mi pensamiento, y se dieron cuenta desde el principio de que yo no iba a aceptar una vulneración constitucional. Tuve más reuniones con Pujol que con Arzalluz. No puedo decir que tenga una relación de amistad con el ex presidente de la Generalitat, pero sí de confianza política y de respeto mutuo. Creo que ha sido uno de los grandes políticos de esta etapa constitucional, aunque tenga con él grandes discrepancias.
ETA intenta asesinarle antes de ser presidente del Gobierno, después secuestra a Ortega Lara y mata a Miguel Ángel Blanco. ¿Cómo se afronta eso?
La reacción de ETA y de su entorno era intentar ponérmelo casi imposible, ya que no habían conseguido acabar conmigo. Lo de Ortega Lara para nosotros se convirtió casi en una obsesión. Liberarle era un desafío que vivíamos intensamente todos los días. Su liberación fue un golpe terrible para ETA. Le habíamos dicho claramente a ETA que no íbamos a negociar ni a hablar. Yo quería acabar con los terroristas. Cuando secuestran a Miguel Ángel Blanco hay una cosa muy clara, que ETA puede ser derrotada, pero su derrota es la derrota del nacionalismo, y por tanto el nacionalismo pone en marcha un mecanismo para boicotear ese movimiento cívico, el espíritu de Ermua.
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