Lo que surgió tras la masacre de la Yeshiva Mercaz Harav también refleja el caos total. Los traumatizados israelíes se quedaban de piedra al saber que los padres del asesino habían montado una tienda de campaña de luto con banderas de Hamas en Jerusalén este. Finalmente las banderas de Hamas fueron retiradas a la fuerza, pero al contrario que los jordanos, que prohibían a los parientes en Ammán montar una exposición pública, el ministro del interior Avi Dichter no veía ningún motivo para negar a la familia del asesino el derecho a hacerlo en Jerusalén. La portavoz de la Knesset Dalia Itzik protestaba, exigiendo, infructuosamente, que la jaima fuera desmantelada.
A pesar de las discretas sugerencias de no visitar la yeshiva, la ministro de educación Yuli Tamir insistía en realizar una visita personal de condolencia. Fue tratada con profundo respeto por los rabinos, pero al salir, fue increpada por un grupo de jóvenes (no necesariamente vinculados a Mercaz Harav) que le gritaron insultos. El gamberrismo es inaceptable y debería estar perseguido por la ley. Pero también fue insensible en el caso de una miembro fundadora de Paz Ahora ponerse a hablar sobre la fuerza ideológica del movimiento asentador en un momento traumático.
Para Tamir, este episodio fue maná ideológico. A pesar de saber que los rabinos habían condenado con firmeza en episodio y reiterado la necesidad de que los estudiantes mostrasen respeto a los representantes del estado, ella se apresuraba a las cámaras de televisión para expresar su enfado y su sorpresa. Manipulaba la Yeshiva Mercaz Harav como una institución antidemocrática, sugería oscuros paralelismos con el asesinato de Yitzhak Rabin, e indicaba que la financiación pública a Mercaz Harav podría peligrar.
Tamir era respaldada por el ministro de infraestructura nacional Benjamin Ben-Eliezer, que advertía "hemos visto cosas así antes cuando Rabin fue asesinado y no han aprendido al parecer la lección…. Su incitación puede conducir a otro asesinato político". Una semana antes en Nueva York, Ben Eliezer había invitado a la liberación del preso Marwan Barghouti, al que describía como el único "líder palestino" capaz de hacer la paz con Israel.
Para rematar toda esta locura, el único miembro árabe del gobierno, el ministro de ciencia, cultura y deportes Ghaleb Majadele, respondía a la decisión de celebrar un minuto de silencio en los torneos de fútbol en recuerdo a los estudiantes asesinados pidiendo una conmemoración deportiva de los palestinos abatidos por las acciones del ejército en Gaza.
Las declaraciones contradictorias concernientes al futuro de Jerusalén también reflejan el caos ministerial. El premier en funciones Haim Ramon anunciaba primero que Jerusalén iba a ser dividida, dando a entender incluso que la jurisdicción del Monte del Templo sería entregada a los palestinos. Tras desmentir y confirmar, Olmert reconocía que se estaba contemplando realmente una división. Sin embargo, después de que el ministro del interior Eli Yishai amenazase con responder retirando del gobierno al Shas, el primer ministro accedía a posponer el debate sobre Jerusalén. Sin embargo, Mahmoud Abbás reiteraba que Jerusalén se estaba negociando realmente -- lo cual era confirmado por la ministro de exteriores Tzipi Livni. Para añadir mayor confusión, el ministro de asuntos de los pensionistas Rafi Eitan, con total indiferencia hacia las negociaciones, anunciaba que Jerusalén permanecería unida para siempre.
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