Escaño 351

A gorrazos contra Miguel Sanz por la Estafeta

15.10.08 | 09:00. Archivado en Análisis
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(PD).- No es para tanto. Lo de Navarra, digo, salvo que los dos votos de UPN resulten decisivos para aprobarle los presupuestos a ZP, en cuyo caso al presidente foral, Miguel Sanz, lo pueden correr a gorrazos por la calle de la Estafeta. Pero excepto en ese caso crítico estamos ante un conflicto menor, agrandado por la proverbial tendencia de la derecha española a complicarse a sí misma.

Según escribe Ignacio Camacho en el diario ABC,

Un simple problema de intereses cruzados, cada vez más frecuente debido al peso creciente de las organizaciones territoriales en nuestra vida política, donde los partidos no acaban de digerir las consecuencias del modelo descentralizado hacia el que se han dejado deslizar.
El roce entre el PP y su rebelde franquicia navarra es uno de esas disputas en las que las dos partes tienen algo de razón, y ninguna la lleva del todo.

Asunto difícil en una escena pública demasiado desacostumbrada a los matices y a los claroscuros, en la que predomina la política integrista de blancos y negros y en la que se desenfunda a menudo la dialéctica incondicional de la traición y la lealtad. Política de trazos gruesos que no termina de asumir el componente de autonomía que representa la territorialización y la quiebra del modelo convencional de los partidos nacionales.

El precio de esa quiebra, que ha fundamentado un nuevo reparto de poder en la partitocracia, es la pérdida del concepto de autoridad única centralizada y su sustitución por un mecanismo de pactos, intereses y alianzas sometido a numerosas ambigüedades. Al PSOE se le rebela su organización catalana y al PP se le atraganta su aliado foralista navarro; ése es el coste de un sistema que no les molesta cuando les sirve para incrementar su facturación electoral bajo la bandera del autonomismo.

En cuanto a Sanz y la UPN, su problema es que ha cerrado dos pactos, y ahora no sabe cómo ser fiel a ambos. Con el PP tiene una alianza electoral formalizada, y con el PSOE un acuerdo moral, aunque no esté escrito, para que le deje gobernar en minoría. Componenda que, lógicamente, incluía contrapartidas que ahora es menester afrontar cuando el Gobierno de España necesita despejar el trámite presupuestario.

Sin el beneplácito socialista a Sanz, Navarra estaría gobernada por Patxi Zabaleta, que es un señor muy respetable pero que procede de Batasuna y tenía preparado un programa de convergencia política con la comunidad vasca, el viejo sueño del imaginario nacionalista. Por supuesto que apoyar ahora ese programa -pactado al calor de las negociaciones con ETA- tendría un importe muy costoso para el PSOE, pero no sería menor para la derecha foral el de perder el gobierno, ni el de presentarse divida a las próximas elecciones.

Así que Sanz está atrapado entre dos obligaciones: los pactos están para cumplirlos -pacta sunt servanda-, pero no se puede servir a dos señores, sobre todo si están enfrentados. Lo más probable es que la posición de UPN no sea decisiva, pero en todo caso lo cuerdo sería escuchar la opinión de los votantes conservadores navarros, deflactar un poco la tensión y dejar que los dos parlamentarios afectados por esta pinza de intereses resuelvan la tesitura según su conciencia y honor; al fin y al cabo en puridad democrática son ellos, y no los aparatos de partido, los dueños de sus decisiones. ¿O no?

ARTÍCULO DE IGNACIO CAMACHO VÍA ABC

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