Escaño 351

Las estúpidas mentiras de Zapatero

29.08.06 | 11:35. Archivado en Casa Real, Análisis

(Carmelo Jordá).- El presidente del Gobierno viene teniendo, desde que su carrera política le impulsara a ese primer plano en el que todo lo que dices es escuchado, analizado y recordado, un problema de lo que podríamos denominar “incontinencia verbal”.

No sabemos si ha sido fruto de cierta bisoñez política, no en vano ha llegado a la presidencia con el escaso bagaje de unos cuantos años de silente diputado y varios de líder de la oposición; de acaloramiento propio de los mítines o de la confianza que parece tener en esa buena estrella suya que, justo es decirlo, parece más que buena.

El caso es que ya son varias las ocasiones en las que dice o promete algo que no es necesario decir ni prometer y, con el tiempo, sus palabras se ven desmentidas por la cruda realidad de los hechos, y la mayor parte de las veces de sus propios hechos o de sus decisiones, lo que no deja de ser sorprendente.

Probablemente el desliz verbal más recordado es el referente a aceptar el Estatuto de Cataluña “tal y como salga del Parlament”. El público del mitin enloqueció, Maragall se revolvió con inmenso placer y al final unos y otros (y sobre todo el President) se han quedado con palmo de convergentes narices tras esas noches de negociación y humo monclovitas entre Zapatero y Mas.

Otro menos recordado pero no menos llamativo se produjo pocos días antes de las elecciones del 14 de marzo del 2004: en una entrevista televisiva el futuro presidente se comprometía a que, si lograba el triunfo, José Bono sería su ministro del Interior. La promesa no era baladí pues el político manchego representaba la línea más severa con el terrorismo dentro del PSOE y el público entendió el mensaje. Pero al final Interior fue para Alonso y Bono se vio relegado a un ministerio de Defensa en el que nunca pareció muy cómodo y que le ha supuesto un enorme desgaste personal y político; a estas alturas ni tan siquiera forma parte del gobierno.

No se vayan todavía que aun hay más: la última, al menos por ahora, viene de algo más atrás, del año 2003 cuando el por entonces líder de la oposición aseguraba que “un Gobierno presidido por mi no tendrá ministros que se presenten de candidatos en las comunidades autónomas”.

Cuatro años después y tan sólo tras dos y medio de legislatura el ministro de Industria, José Montilla, dejará su cartera para tratar de suceder a Maragall en la presidencia de la Generalidat (aunque las malas lenguas dicen que su misión específica es perder las elecciones) y lo más probable es que el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, haga lo propio en su tierra, las Islas Canarias, en la primavera del próximo año y según parece muy a su pesar.

Lo más llamativo, en mi modesta opinión, no es que un político falte a la verdad o no tenga ningún reparo en romper la palabra dada, eso por desgracia no es nuevo en España (aunque no por ello deja de ser reprobable); lo que más me sorprende es que alguien con una responsabilidad tan alta sea capaz de comprometer su acción de futuro sin ninguna necesidad, que un aspirante presidente tenga tan escasa visión política como para comprometerse en esas promesas.

Dicho de otro modo: estamos acostumbrados a que nos mientan, pero uno esperaría un poco más de capacidad para no hablar de más. Y es que, como dijo aquel, uno es “esclavo de sus palabras y maestro de sus silencios”. Quizá es que, como la frase se atribuye a Franco, Zapatero ha decidido no hacerle caso, al final deben ser cosas de la "desmemoria histórica".


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