Lo puede agarrar fuerte, y arrastrarlo con ella,
besarlo en la mejilla y frotarle bien los pies
lavarle con cuidado los piececitos sucios,
secarlos, y ponerle con toda la destreza
de las manos que no paran por nunca jamás
esos zapatos que le traban su libertad
cogerle el brazo halar de él, sí para retenerlo.
Y puede y lo hace con otra infinita paciencia,
decirle al oído que con su pisada lleva:
los cordones de plata y las nubes de la sal
que su pisar errado estará deshidratando
un mundo octogonal con noche helada y de nuevo
al ser calzado por la madre más amorosa
el niño pisotea a propósito en el charco.
José
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Viernes, 1 de junio
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