El destino de la libertad
23.06.06 @ 20:21:23. Archivado en Liberalismo, Escritos propios
“El paternalismo es despótico, no porque sea más opresivo que la tiranía brutal, descarada e inculta, ni sólo porque ignore la razón trascendental que está encarnada en mi cuerpo, sino porque es un insulto a la concepción que tengo de mí mismo como ser humano” .
Isaiah Berlin
Hayek, en Los Fundamentos de la Libertad pero también Camino de Servidumbre, se preguntaba: “¿Qué es un estado de libertad? Es aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida al mínimo”, escribió. Hayek era consciente de que la tarea del hombre era minimizar la coacción derivada de la voluntad arbitraria o incluso eliminarla completamente de ser posible. Parecía coincidir con F. H. Knight, a quien cita, al decir que “la función primaria del gobierno es impedir la coacción y, por lo tanto, garantizar a cada hombre el derecho de vivir su propia vida libremente asociado a sus semejantes”.
El problema aparece cuando Hayek en su obra enumera toda una serie de obligaciones en materia de políticas públicas que le compete al gobierno y que parecen echar por tierra todas sus argumentaciones anteriores a favor de la libertad entendidas como el terreno que posibilita la acción moral. En efecto, si el gobierno es el monopolio de la fuerza coercitivamente expuesto, las intromisiones gubernamentales constituyen una amenaza para nuestra libertad y para la subsistencia de sus propios ciudadanos.
Entre autores más cercanos en el tiempo, podemos señalar la misma contradicción en Fernando Savater, quien luego de hacer un calurosa defensa de las libertades individuales en su obra El valor de elegir se pregunta, siguiendo la equivocada senda de Zygmunt Bauman, si se puede ser libre bajo el sistema multinacional de capitalismo globalizado en el que “la libertad de elección vital se ve compulsivamente sustituida por la libertad de elección en la oferta del consumo” Y allí remata su apuesta: “...ampliar la libertad efectiva a quienes todavía no la disfrutan más que de modo minúsválido, subaleterno. [...] ¿podremos seguir hablando de libertad en la sociedad por fin limpia de todas las formas de esclavitud?”.
La cuestión radica en que ese plus de libertad positiva que reclamaba la atención de Berlin, en esa “asimetría de condiciones sociales” (Bauman), en esa panoplia de pseudoderechos que desde Locke no ha ido sino en aumento. Hoy se cree que no se goza de libertad sino se está en una posición social óptima. Que no se puede ser libre del todo si hay alguien que la está pasando mejor. Así parece pensar Savater al rescatar el término usado en la Edad Media de libertas a miseria que denotaba las imposiciones infligidas por la falta de recursos.
Desde una perspectiva liberal la cuestión no estriba en limitar la libertad sino el poder. Mi libertad acabará donde comienza la autonomía individual y los derechos de mi prójimo. Si pretendemos recuperar el terreno perdido de la libertad el primer paso será establecer los límites a los poderes del gobierno. Ya lo había advertido H. Spencer al decir que “el pensamiento político actual está profundamente viciado por la confusión de los medios con los fines y en la búsqueda de los medios desconoce los fines”. Mucha de la inflación legislativa cotidiana en torno a los pseudoderechos proviene de que “la mente se ocupe de los medios con la consecuente exclusión de los fines”.
Quizá el mal de nuestra época es haber descreído en la libertad y tomar el atajo del bienestar a través del Estado. En otras palabras, haber asumido el derecho a la igualdad de oportunidades restando valor a la sociedad libre sin más, que aumenta las oportunidades pero jamás las iguala. Perdimos de vista que la libertad no era un estado de naturaleza sino un logro de la civilización.
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Luis Balcarce
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