El legado mortal del Estado del Bienestar
26.04.06 @ 11:03:26. Archivado en Liberalismo, Traducciones
El legado mortal del Estado del Bienestar
por Jacob G. Hornberger
Entre las escenas más trágicas del desastre del Huracán Katrina se encontraban las de miles de pobres - casi todos los cuales eran afroamericanos - que fueron hacinados en el Superdome y el Centro de Convenciones, esperando desesperadamente que el gobierno federal llegase y les salvase. ¿Por qué estuvieran encerrados allí mientras otros miles ya habían abandonado la ciudad? Porque eran demasiado pobres para salvarse de la muerte y el desastre. Carecían del dinero para salir conduciendo de la ciudad y conseguir una habitación de motel durante unos cuantos días antes de que el huracán golpeara.
Los izquierdistas dicen ahora que el desastre de Nueva Orleáns muestra que la asistencia del gobierno federal a los pobres y necesitados es más necesaria que nunca. ¿En qué diantres podrían pensar los izquierdistas? Es la ideología económica de izquierdas - desafortunadamente reforzada por la filosofía conservadora "reformista" de hoy en día - la que es responsable del horrible desastre en el que se encuentran los pobres de Nueva Orleáns.
Después de todo, no lo olvide: la situación económica de Nueva Orleáns llega 70 años después de que el presidente Franklin D. Roosevelt ocultase al gobierno federal bajo la forma de suministro de bienestar para los pobres y necesitados. Bajo FDR, el principal propósito del gobierno federal pasó a ser aliviar la pobreza a través de la confiscación compulsiva de la riqueza a "los ricos" para redistribuir el dinero a "los pobres". Ésta fue la época en la que los americanos atestiguaron la llegada de la Seguridad Social, un programa de transferencia e impuestos en bancarrota que se convirtió en última instancia en la joya de la corona del estado del bienestar socialista.
Treinta años después del Nuevo Acuerdo llegó la Gran Sociedad de Lyndon Johnson, en la que Johnson declaraba "la guerra a la pobreza" por toda América. Aquí vimos la llegada de Medicare y Medicaid, junto con miles de programas federales más cuyo presunto objetivo era abolir la pobreza de una vez por todas. Década tras década, el gobierno federal se convertía en una máquina masiva de gravación y gasto, que succionaba trillones de dólares de ingresos y ahorros de los bolsillos de los americanos para financiar programas federales en constante crecimiento "para ayudar al pobre".
Y ahora Nueva Orleáns. Aquí se encuentra en su espectacular gloria el magnífico resultado de 70 años de estado del bienestar - de "guerra federal contra la pobreza". Decenas de miles de personas carecen de suficiente dinero que les permita escapar del desastre que se avecina, ni siquiera durante unos cuantos días - dependientes para su salvación del gobierno federal - esperando desesperadamente que los funcionarios federales les entreguen comida y agua - y les recojan y les lleven a centros de refugiados gestionados por el gobierno por toda la nación.
En otras palabras, la Gran Sociedad del Nuevo Acuerdo de 70 años de "guerra contra la pobreza" ha dejado a decenas de miles de personas en la indigencia (o muertas) en Nueva Orleáns y buscando su salvación en el gobierno federal. Pero, según los comentaristas izquierdistas, esto sólo confirma que necesitamos declarar la "guerra contra la pobreza" con mayor ferocidad que antes.
¡Qué mortal y destructiva estupidez izquierdista!
Nueva Orleáns es la prueba palpable de la quiebra de la ideología económica izquierdista. A causa del propio estado del bienestar y su "guerra federal contra la pobreza" de FDR-LBJ de 70 años de antigüedad, decenas de miles de personas en Nueva Orleáns no tienen un céntimo, y esperan que el gobierno federal les rescate, alimente, transporte y albergue. Lo que los izquierdistas no quieren afrontar es que su amado estado del bienestar socialista en persona es lo que ha sentenciado a decenas de miles de personas en Nueva Orleáns - y en todas partes - a una vida de pobreza y dependencia gubernamental.
El fraude del estado del bienestar
Estado del bienestar debe ser casi el mayor fiasco gubernamental de la historia. En un estado totalitario, el régimen en el poder tiene el poder omnipotente de confiscar la tierra y el dinero de la gente. En una democracia, sin embargo, los funcionarios gubernamentales tienen que crear métodos ingeniosos para convencer a la gente de que tolere entregar su dinero y su libertad (o sacrifique el dinero y la libertad de otra gente). Pero ya se trate de un régimen totalitario o democrático, la fuerza motriz para políticos y burócratas continúa siendo la misma: dinero y poder.
Permítame compartir con usted parte de mi experiencia personal a este respecto. Crecí en Laredo, Texas, durante los años cincuenta y sesenta. La Oficina del Censo decía que Laredo era la ciudad más pobre de Estados Unidos. Mi padre, un fiscal, estaba activamente implicado en política por el Partido Demócrata, y Laredo era un fuerte Demócrata, capaz de garantizar un bloque de bastantes miles de votos.
Mi padre me dijo una vez que cuando Lyndon Johnson fue elegido presidente en 1964, llamó al alcalde de Laredo y le dijo, "Joe, las compuertas federales están abiertas. Sólo dime lo que necesitas". Laredo se convirtió en la "ciudad modelo" federal de la "guerra contra la pobreza" nacional de Johnson, y los fondos federales inundaron la ciudad. Vaya broma. Los millones de dólares federales que entraron en los bolsillos de los funcionarios locales no hicieron sino producir un conjunto interdependencias federales entre la gente de Laredo - y en la práctica garantizó que muchos de ellos continuasen en la pobreza y la dependencia gubernamental durante los próximos años.
Uno de los programas federales más populares de Laredo fue el de la vivienda pública. De hecho, irónicamente, el primerísimo proyecto de vivienda pública de Laredo, Colonia Guadalupe, se levantó en los años treinta en gran medida gracias a los esfuerzos de mi abuelo materno, Matias de Llano, que obviamente se había tragado los planes socialistas del Nuevo Acuerdo de FDR. ¿Quién podría estar en contra de la vivienda pública? Sólo aquellos que "odian al pobre", ¿no? Eso es lo que siempre dicen los defensores del estado del bienestar, ¿no?
Como niño creciendo en la ciudad más pobre de Estados Unidos, creí firmemente en la basura del estado del bienestar izquierdista. Para empezar, como alumno de quinto curso, hice campaña realmente por John Kennedy y Lyndon Johnson en las elecciones presidenciales de 1960, e incluso conocí y hablé con Johnson en una barbacoa de campaña en el rancho de LBJ en Johnson City. En el instituto, fui el representante en Laredo de la America Beautification Campaign de Lady Johnson, lo que me permitiría tener garantizado un asiento en la ceremonia Beautify America de la Casa Blanca.
Cuando volví a Laredo en 1975 para practicar el derecho, hice campaña por los candidatos del Partido Demócrata. Se me nombró para la Legal Aid Board of Trustees (ayuda legal gratuita al pobre). También fui el representante local de la ACLU en Laredo. En otras palabras, tengo credenciales izquierdistas y progresistas. No había ninguna duda en mi cabeza de que el gobierno federal debía ayudar al pobre. De hecho, no me podía figurar cómo alguien podría oponerse honestamente al dinero federal utilizado para ayudar al pobre, especialmente teniendo en cuenta que el dinero era gratis de todas maneras. Para mí, el debate era simplemente cuánto dinero dar, y mi opinión era: cuanto más, mejor.
La primera casa que adquirí fue hacia 1977 por unos 50.000 dólares, en un nuevo barrio de clase media al norte de Laredo. El promotor era un amigo del instituto. También era mexicano- americano, lo que no era inusual, puesto que Laredo es mexicano-americano en un 98%. Había crecido siendo bastante pobre y no había alcanzado una licenciatura. Su nueva recalificación acabó siendo un resonado éxito y estaba amasando montones de dinero.
Un día, los funcionarios locales y federales anunciaron que habían decidido construir un nuevo proyecto de vivienda pública junto a nuestro barrio. Su plan era trasladar a la gente del sur de Laredo, que era la zona más pobre, al norte de Laredo, que era la zona próspera. Su motivación: que "el pobre se mezcle con el rico".
Había un gran problema, no obstante, con su motivación: mientras que tuve suerte de crecer en una familia de clase media, la gran mayoría de la gente de nuestro nuevo barrio era pobre - o, más exactamente, venía de familias pobres. Sus padres habían trabajado duro durante los años cincuenta y sesenta, ahorrando dinero y haciendo que sus hijos tuvieran una educación, y esos hijos volvían ahora a Laredo a empleos de sueldo superior al que tenían sus padres.
Todos en nuestro nuevo barrio sabían lo que sabía todo el país: la vivienda pública reduce el valor de las propiedades inmobiliarias. Por lo tanto, era de esperar que no sólo los propietarios estuvieran enfadados, también lo estaban sus padres. Después de todo, aquí estaba la gente joven saliendo de la pobreza con la compra de casas de clase media en una parte agradable de la ciudad - casas cuyo valor inmobiliario crecía - sólo para descubrir que los funcionarios locales y federales necesitaban "mezclar al pobre" de vecindarios que la mayor parte de ellos había dejado atrás y donde sus padres vivían aún.
Quizá debería mencionar que había dinero en juego - una enorme suma de dinero para Laredo en aquella época. Resultó que el proyecto de vivienda pública podría haberse construido en otra parte de la ciudad por un millón de dólares menos. Reconociendo que el dinero federal provenía del contribuyente norteamericano, este descubrimiento nos motivó para recaudar dinero y adquirir espacio publicitario de media página en el Washington Post agradeciendo a los contribuyentes de América su regalo de un millón de dólares. Eso a su vez generó un telegrama de un congresista en el que me invitaba a Washington a dar testimonio del proyecto. Debimos haber molestado a algún pez gordo, no obstante, porque nunca supe de él y nunca respondió a mis cuestiones referentes a su invitación de testificar.
Como sin duda sabe la mayor parte de la gente, los detractores de la vivienda pública (y otros programas del estado del bienestar) atacan a sus oponentes con lo que se han convertido en clichés estándar: "Eres un racista" y "Odias al pobre". Por supuesto, sus ataques eran estúpidos cuando eran blandidos contra nosotros en Laredo, teniendo en cuenta que prácticamente todo el mundo en Laredo era mexicano-americano y pobre. A pesar de nuestra oposición, los funcionarios gubernamentales y los peces gordos ganaron. Ese proyecto de vivienda pública de Laredo se levantó justo al lado de nuestro barrio. Para aquella época, había concluido que el estado del bienestar no tenía nada que ver con el amor al pobre, y todo que ver con el dinero y el poder.
El asalto al capital y la caridad
A lo que los izquierdistas siempre hacen oídos sordos es que el gobierno federal no es ni una fuente de riqueza, ni un productor de riqueza. En su lugar, la única fuente de sus fondos es el dinero que es gravado o tomado prestado a la gente del sector privado.
Imagine que los impuestos de los ingresos federales y estatales, los impuestos de la Seguridad Social y los impuestos de Medicare y Medicaid, hubieran sido abolidos hace diez años, junto con los programas del bienestar social que financian. Asumamos que cada una de las familias del Superdome de Nueva Orleáns haya pagado, digamos, 500 dólares al año en esos impuestos, que creo es una estimación muy reducida. Eso significaría que si hubieran elegido ahorrar el dinero, cada una de esas familias habría tenido una reserva de 5000 dólares (mas intereses), una suma que habría sido más que suficiente para sacarles de la ciudad y meterles en un motel mientras atacaba el Huracán Katrina.
O considere a la gente que ha pagado, digamos, 5000 dólares al año en impuestos del estado del bienestar. Eso significará que si tales impuestos (y los programas de bienestar social que financian) hubieran sido abolidos hace diez años, hoy dispondrían de 50.000 dólares en ahorros, mas intereses. Eso proporcionaría mucho a las familias de Nueva Orleáns hoy, en materia de seguridad financiera personal.
Otro aspecto del fraude del estado del bienestar es el modo en el que han hipnotizado al pobre para que crea que existe una guerra entre empleado y empleador. Tonterías. Que el negocio en el que trabaja tenga éxito y prospere revierte en interés de cada empleado, porque contra más gane el negocio, más se va a pagar a los empleados. ¿Cómo se asegura un empleado de que su patrón le pagará más dinero? Comprobando los sueldos de otros negocios y, de ser necesario, cambiándose a los que pagan más. Por lo tanto, que los negocios circundantes tengan éxito y prosperen también revierte en interés de los empleados.
Por ese motivo es tal tragedia, en lo que respecta a los pobres, que hayan sucumbido a la idea de que en el estado del bienestar, que el gobierno grave al rico forma parte de sus intereses, presuntamente para dar el dinero al pobre. (Normalmente, el dinero va a parar a funcionarios gubernamentales bastante acomodados y a contratistas del gobierno). De nuevo, que el rico tenga éxito y prospere revierte en interés del pobre. ¿Cómo? Porque la clave de los crecientes estándares de vida, especialmente para el pobre, se encuentra en elevar los niveles de capital productivo de la sociedad. ¿Qué significa eso? Significa herramientas, equipamiento y cualquier cosa que haga más productivos a los empleados. (Véase "Las claves del desarrollo económico", un discurso que di en Brasil el año pasado).
Cuando un granjero utiliza un tractor, produce más que cuando utiliza una azada. Pero el único modo que tiene el granjero de adquirir un tractor es, o reventar sus ahorros, o acudir al banco y pedir dinero prestado, lo que significa socavar los ahorros de otras personas. El tractor hace el trabajo más productivo, lo que incrementa los beneficios del granjero, lo que proporciona la base para pagar sueldos superiores a los empleados, especialmente cuando los granjeros que compiten prosperan e invierten del mismo modo. Los granjeros no mejoran las condiciones de los trabajadores porque les quieran, sino porque el propio interés les fuerza a ello. Por lo tanto, que los granjeros (y otros negocios) tengan éxito y prosperen tanto como sea posible revierte en interés de todos - y especialmente de los empleados - porque entonces hay negocios compitiendo por ofrecer sueldos superiores a los empleados.
Así, al contrario de lo que los defensores del bienestar social y los funcionarios gubernamentales nos han dicho, la clave para elevar el estándar de vida, especialmente para el pobre, se encuentra en el ahorro, no en el consumo - ahorro por parte de los empleados y ahorro por parte del patrón. De nuevo, los ahorros impulsan el capital, lo que hace más productivos a los trabajadores, lo que en última instancia eleva los sueldos, lo que permite a su vez que la gente ahorre más. ¿Pero quien ahorra hoy? La clase media no, y si no puede ahorrar, ciertamente los pobres tampoco van a poder. Y el motivo es que el gobierno federal - nuestro papá federal - nuestro gran dios paternalista - el estado del bienestar - retiene muchos ingresos de la gente en la forma de impuestos, impuestos de la Seguridad Social, impuestos sanitarios y sustracción monetaria (léase inflación, reflejada por los precios cada vez más altos) para financiar sus gastos del bienestar (y bélicos) siempre crecientes.
"Pero si Medicare y Medicaid se abolieran, los médicos nunca ayudarían al pobre; simplemente se morirían en la calle por falta de cuidados", gritan los izquierdistas. ¿Eh? Quizá puedan explicar porqué los médicos de Lousiana, Texas, y de muchas partes dedican incontables horas de servicio gratuito a los refugiados de Nueva Orleáns. Este fenómeno de caridad voluntaria no es distinto del de mi ciudad natal de Laredo cuando crecía, antes de la llegada de Medicare y Medicaid. Centenares de pobres inundaban las consultas de los médicos cada día y nunca escuché que ningún médico rechazase a nadie por no poder pagar. Los médicos, que tienen las mejores casas de la ciudad, simplemente rentabilizaban su trabajo gratuito con el dinero de aquellos que pagaban.
Pero hoy, los médicos son tan dependientes de Medicare y Medicaid como sus pacientes. El gran narcótico del bienestar social ha hecho que consumidores y médicos por igual pierdan la fe no sólo en el libre mercado, sino también en el concepto de caridad voluntaria. Todos han perdido su fe en sí mismos y en otros.
Necesitamos una revolución política
El fracaso del socialismo se encuentra en esas escenas de Nueva Orleáns en las que decenas de miles de afroamericanos esperan que el gobierno federal llegue y les salve, en lugar de tener medios financieros independientes para salvarse ellos mismos. El estado del bienestar no sólo ha fracasado a la hora de erradicar la pobreza, ha garantizado su continuación. Aún peor, al contrario que el libre mercado, que fomenta la independencia y la autodependencia, el estado del bienestar ha garantizado al pobre la dependencia federal de la nación. Los izquierdistas lo entienden mal, y, a esos efectos, también los conservadores. La respuesta a lo ocurrido a los afroamericanos de Nueva Orleáns golpeados por la pobreza no es expandir el estado del bienestar, o, como sostienen los conservadores, reformarlo.
Lo que necesita este país es una buena revolución política, una en la que los pobres de esta nación exijan - sí, exijan - la abolición de todos los programas de bienestar social y de los impuestos que los financian. El Nuevo Acuerdo ha fracasado. La Gran Sociedad ha fracasado. La "guerra contra la pobreza" ha fracasado. El estado del bienestar ha fracasado. El socialismo ha fracasado. El futuro de nuestra nación no se encuentra en los ideólogos izquierdistas, que la han arruinado, especialmente al pobre, con su ideología económica socialista mortal y destructiva. Y no se encuentra en los conservadores, que abandonaron los principios de la libre empresa y abrazaron los socialistas después de que Lyndon Johnson enterrase a su hombre, Barry Goldwater, en las elecciones presidenciales de 1964.
El futuro de nuestra nación se encuentra en el rechazo a la "guerra federal contra la pobreza" de 70 años de antigüedad y a todos los impuestos que la financian. Solamente con que los pobres lograsen ver a través de las mentiras, los engaños y los fraudes que subyacen al estado del bienestar socialista, bastaría para ayudarnos a sobreponernos de la devoción izquierdista-conservadora al gran gobierno y liderar a nuestra nación hacia los principios de libertad económica, libre mercado, caridad, autodependencia e independencia financiera.
Jacob Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation.
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Luis Balcarce
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