La lógica solidaria y el Estado como agencia de compasión
23.04.06 @ 19:40:29. Archivado en Liberalismo, Escritos propios
Mientras el gobierno, es decir, el aparato social de autoridad y mando, limita sus facultades de coerción y violencia a impedir la actividad antisocial, prevalece eso que acertadamente llamamos libertad.
Ludwig von Mises
El estallido de reivindicaciones de derechos hizo colapsar a fines los años ochenta la estructura del Estado Providencia pero no acabó con él. Se creyó que su crisis llevaría a un Estado “mínimo” más respetuoso de las libertades individuales, más probo en el manejo de las cuentas fiscales y más abierto a las iniciativas del sector privado. De ahí que los años ’90 fueran testigos de una rebelión contestataria contra los efectos perversos de las políticas burocráticas de la igualdad.
Pero esa revolución liberal se agotó rápidamente en pocos años alcanzando apenas la privatización de algunos servicios públicos. No nos engañemos: esa revolución fracasó por su falta de convicción en sus principios, porque no supo cómo pasar del discurso a la acción firmando de esta manera su certificado de defunción. Así todo, se nos dijo que avanzábamos hacia una era posmoderna, abierta, plural y sin imperativos categóricos donde la “vida kit está modulada en función de las motivaciones individuales”.
Sin embargo, esta premonición, hecha hace 25 años, no era del todo válida. No avanzamos como se nos auguraba hacia una época de mayor libertad y menor ataduras sino a otra igualmente coercitiva por una única razón: el gran valor seguía –y continúa- siendo el igualitarismo. Éste y no otro es el valor cardinal, tangible y tabú mediante el cual el Estado despliega toda una serie de dispositivos y tácticas de control cada vez más sofisticados.
Aquí podemos adelantar nuestra hipótesis. Lo primero es subrayar la contradicción insoluble de las sociedades civiles occidentales fundadas antaño con la pretensión de limitar el poder del Estado y luego socavadas desde dentro por la extendida reclamación de toda clase de derechos. Lo segundo es que, pretender satisfacer todas esas demandas –la mayor de las veces alimentadas desde el mismo poder político- exige acabar con el derecho de propiedad y la libertad de terceros, además de alentar las conductas inmorales que devalúan la responsabilidad individual.
Digámoslo de entrada: luego de haber colectivizado la economía, el Estado emprende ahora una avanzada intervencionista legislando en el ámbito de la moral, con prebendas y regulaciones en temas como la violencia de género, la natalidad, la inmigración, los contenidos informativos, el tabaco, la obesidad, el alcohol y muy pronto el café y el chocolate... Es cierto que la obligación va de la mano de la seducción publicitaria y la compasión hacia el Otro, pero eso no la hace menos despótica.
La explosión reivindicativa de los derechos marca el fin de una época y el comienzo de otra que he denominado la era de la compasión. Este nuevo proceso encuentra inteligibilidad a la luz de una lógica que llamaremos solidaria que no cesa de remodelar en profundidad el conjunto de los sectores que integran la vida social.
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Luis Balcarce
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