El Estado Benefactor, sus críticas y sus implicaciones democráticas
23.04.06 @ 19:40:47. Archivado en Liberalismo, Escritos propios
"Todo el mundo quiere vivir a expensas del Estado. Olvidan que el Estado vive a expensas de todo el mundo."
Frederic Bastiat
Vegener Hansen, un discapacitado danés de 59 que sufre de parálisis cerebral, demandó a comienzos de este año al Estado de su país por un derecho humano que hasta ese momento nadie había reclamado: su derecho al sexo. Hansen entabló una pelea judicial para obligar al Estado danés a subsidiar visitas de prostitutas a su casa, de la misma manera que le pagarían un servicio de entrega de comida a domicilio, porque considera que gracias al sexo se encuentra mejor y que, como la prostitución es legal en Dinamarca, el Estado tiene la obligación de proveerle ese derecho.
El caso Hansen, lejos de ser una demanda disparatada que bien podría haber servido de inspiración a un capítulo de la serie televisiva Ally McBeal, es el signo bisagra entre una época que se impone y otra que consolida su continuidad. La exigencia de Hansen de prostitutas al gobierno es quizá unos de los pocos servicios sociales que le quedan por ofrecer al Estado Benefactor danés y a muchos otros países occidentales.
Los políticos también hacen propuestas sorprendentes. Recientemente un político español sostuvo que el problema de la baja natalidad de la comunidad gallega se debía a que las parejas no tenían más hijos por falta de tiempo para cuidarlos. ¿Qué solución propuso? Que el Estado ofrezca niñeras a tiempo partido. Y nadie se escandalizó. La expresión Nanny State tan usada por los americanos comienza a dejar de ser una metáfora.
Volviendo a la demanda de Hensen, ésta demuestra cómo nuestro tiempo consiguió ampliar las fronteras del estado de Bienestar para pasar sin ambages a una tercera fase del intervencionismo político: su intervención en la esfera moral. Hemos dejado de hablar de libertad para hablar de “derechos”. Hensen pidió que se le respetase su derecho al sexo y el político gallego atribuía el derecho de los ciudadanos a ser asistidos con niñeras pagadas con el dinero de los contribuyentes.
La segunda fase del Estado de Bienestar culmina con el pedido de Hansen: fue la época en la cual durante treinta años el Estado atendió las reivindicaciones específicas de ciertos individuos y grupos. En otras palabras, aquella primera fase peronista, autoritaria, disciplinaria y uniforme, marcada por la rigidez de los discursos y la verticalidad de la decisiones, fue reemplazada por otra más humanizada pero no menos coercitiva. Esta segunda fase de reivindicación de derechos a lo que sea continúa, con grupos de presión que extorsionan al Estado para satisfacer estos nuevos pseudoderechos.
Veamos otro ejemplo de caridad estatal. Una insólita decisión judicial les exigió el año pasado a las autoridades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que compensen económicamente a los padres cartoneros (cuentapropistas de la recolección de residuos) por la pérdida que les significa enviar a sus hijos a la escuela en lugar de poder explotarlos, como ayudantes gratuitos y de tiempo completo, en la dura tarea de revolver la basura para encontrar desperdicios más o menos aprovechables. El juez del fuero contencioso administrativo local Roberto Gallardo fue quien hizo lugar al recurso de amparo presentado por un grupo de esos cuentapropistas de la recolección de residuos, que alegaron la necesidad de ser compensados por los ingresos que obtienen sus hijos por trabajar en la calle, en caso de que esos niños y adolescentes dejaran de hacerlo para retomar sus estudios. El magistrado dispuso, entonces, la concesión del subsidio e intimó a las autoridades porteñas a que pongan en vigor medidas que permitan prohibir, en forma eficaz y definitiva, esa variante del trabajo infantil.
El fallo del jueza Gallardo es un síntoma inequívoco de la era compasiva en la que vivimos. La medida a primera vista parece inobjetable porque ataca la explotación infantil, una de las lacras del Tercer Mundo. Sin embargo, a pesar de lo loable la propuesta, nuestra tarea no es destacar lo que se lee en los titulares de los periódicos (el subsidio, la ayuda, la dádiva estatal) sino los costos invisibles de esta propuesta. Adelantemos que no se trata de denunciar esta vez las sumas ingentes de dinero que asumen los Estados populistas latinoamericanos, sino su faceta moral: ¿Es responsable que un juez disponga expandir el redistribucionismo político? Esta decisión, ¿estimula a los padres de esos chicos a salir de la pobreza o los induce a una perpetua dependencia? ¿Deben los jueces ceder ante las presiones de organizados grupos de presión? Esta ayuda monetaria, quizás insignificante en relación al mastodónico volumen de gasto del Estado argentino, ¿no fomenta la envida? ¿No rompe la convivencia pacífica de una sociedad donde la mayor parte de la población vive en la pobreza?
Adelantemos que la medida no sirvió para que los niños dejasen la calle. Dado que para cobrar esos subsidios sólo se requería un certificado de escolarización que la mayoría de los padres cartoneros ya poseía, esa frágil garantía jurídica dio a lugar a abusos y fraudes que engordaron los bolsillos de los caudillos sindicales. Ocurrió lo de siempre: la prebenda se utilizó con fines políticos, manipulando la necesidad de los más desprotegidos con fines puramente electoralistas.
Esta es la lógica del Estado Benefactor desde los tiempos de Otto von Bismarck, el creador del prototipo de lo que luego sería el Estado Benefactor en Occidente. Su idea no era en sí benefactora sino más retorcida: utilizaba el dinero de los impuestos para sobornar a los ciudadanos en busca de apoyo para su régimen imperial. Este uso de los recursos provenientes de los bolsillos de los contribuyentes para cementar apoyo popular ha permanecido inalterado. Cualquier congresista sabe que los dineros públicos son los instrumentos más idóneos para la compra de votos. ¿Es incompatible, como creen algunos pensadores liberales, la democracia y el Estado despilfarrador? ¿Acaso podría esperarse que una sociedad prospere si la gente no tiene seguridad de que será exclusivamente suyo lo que va a construir pacíficamente, en colaboración voluntaria y remunerada con otros, respetando los derechos de los demás, cumpliendo con las leyes y pagando sus impuestos? Para responder a estas preguntas analicemos la naturaleza del Estado Benefactor, sus críticas y sus implicaciones democráticas a la luz de la obra de pensadores como Hayek y consideremos el resurgimiento del populismo, el nacionalismo y el multiculturalismo junto su implicación en la política actual.
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Luis Balcarce
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