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Ernesto Sábato: ¿Por qué literatura y pintura?

Permalink 15.04.06 @ 21:25:34. Archivado en Recortes, Literatura

Todos los chicos dibujan, todos los chicos pintan. Y dibujan y pintan, esto es lo curioso, como algunos de los grandes pintores contemporáneos. Como Miró, como Marc Chagall. Los chicos son los primitivos de nuestro tiempo. Aunque el arte contemporáneo, el arte que empieza con el postimpresionismo, tiene muchos contactos con el arte de los llamados primitivos. Pensemos en las cuevas de Altamira, en esas Venus prehistóricas. Esas artes encantatorias tienen una gran poesía, una gran magia; cosa que abunda en las pinturas de los chicos.

Después los mediocriza la escuela. Hay dos cosas en nuestro tiempo que mediocrizan inmediatamente: una es la escuela y otra es el psicoanálisis. Amansan al salvaje. De manera que el arte primitivo tiene un gran contacto con el arte actual, ese arte que empieza con Van Gogh, con Gauguin, y que sigue con todos los grandes maestros que conocemos, y esto tiene una explicación, a mi juicio. Ellos son un retorno al yo y al “pathos”. El arte clásico es la glorificación de las reglas, de la armonía, de la razón. Cosas todas que tienen que ver mucho con la ciencia. Los llamados tiempos modernos comienzan con la ciencia y la razón. La reacción contra ese mundo que ha llevado finalmente a la alineación del hombre, fue la de estos artistas que a fines del siglo pasado comienzan a pintar olvidando las reglas del arte que podemos llamar burgués, burgués no en el sentido político.

El mundo interior

¿Qué es lo inverso de ese mundo exterior, de proporciones y perspectivas? El mundo interior. Se vuelve entonces a un tipo de arte que tiene mucho que ver con los primitivos, o con el arte sagrado. Ese arte donde la Virgen es más grande que el monarca, donde ya, no rige la proporción, sino los valores espirituales. Se vuelve a un arte que, en cierto modo tiene mucho de salvaje. Un arte en el que predomina el “pathos” sobre el “logos”, el yo sobre el objeto. Nada de esto es un camino lineal. Es un movimiento que va y viene. Sin ir más lejos, en plena época de la reacción frente a la razón pura hay artistas que practican el arte geométrico. Mondrían, tantos otros.

No hay progreso en el arte, en el arte hay alternativa. La idea del progreso está muy metida en nosotros debido a los avances de la ciencia. La que progresa es la ciencia. La matemática de Einstein es superior a la matemática de Euclides. Ha progresado. Pero el “Ulises” de Joyce, ¿es superior a la “Odisea de Homero”?

Progreso, razón son ideas contra las que reacciona el artista de comienzos de siglo. Y en ese momento aparece Freud, que expresa muy bien la vuelta al yo y su dualidad, Freud fue un genio bifronte. Él era un médico positivista, un hombre de ciencia. Y de ahí le viene esa necesidad de explicarlo todo; de colonizar el inconsciente para la razón. Pero, por otro lado, era un romántico y hasta romántico exaltado. Es más, yo pienso que ahí reside buena parte de la eficacia que tienen sus libros. El era un gran romántico, como también lo era Marx. Uno lee el Manifiesto Comunista y sale al otro día con una bayoneta. “Un fantasma recorre Europa”, qué frase. Con Freud pasa lo mismo. El era un admirador de los grandes románticos alemanes. Tenían los mismos temas: la noche, el inconsciente, los sueños. Lo que hace trascendente a Freud es esto. La llegada de Freud es también un caso típico de vuelta al yo profundo. Y eso es lo valioso del psicoanálisis: la brecha que abrió para el inconsciente.

Objeto poético

Los sueños son absolutamente inexplicables. El sueño expresa, con el único lenguaje que se puede expresar, cierto objeto poético. Una obsesión profunda del inconsciente que podemos llamar un objeto poético. Y lo expresa con un lenguaje de imágenes, de símbolos y hasta de alegorías, que no se puede traducir al lenguaje conceptual. Es eso que dice Cassirer, sobre que el mito es irreductible a la razón. El mito es un sueño colectivo de una belleza a veces misteriosa e impresionante, que nos subyuga, pero no sabemos qué quiere decir. Y, sin embargo, es una gran verdad. De un sueño se puede decir cualquier cosa, menos que sea mentira.

Las grandes obras son polivalentes, o anfibológicas. O polisémicas, para usar la jerga que se emplea ahora. Pero lo cierto es que nunca se “explican”; nos conmocionan. Y recuerdo cuando leí por primera vez “El proceso”. Fue un sacudón tremendo. Yo no sé bien qué quiere decir Kafka, no lo sabía al leerlo y no lo sé ahora. Lo que sé es que allí había una gran verdad. Tal vez, una gran verdad sobre el hombre del siglo XX.

Flaubert, un caso típico de desdoblamiento que todos los escritores conocemos, y que también es un rasgo del romanticismo desatado. Por eso escribió “Madame Bovary” con ese tono seco y contenido. Es cierto que Flaubert decía “Madame Bovary c’est moi”, es cierto, pero eso sólo es parte de la verdad. “C’est moi… et tous les autres”. En la tragedia del pobre Bovary aparece esa dialéctica que desgarra el interior del escritor entre una y otra parte de sus propias hipótesis, de las propias emanaciones de su inconsciente. Él es Madame Bovary y al mismo tiempo esa Madame Bovary lo engaña con la otra parte de sí mismo, y Flaubert además siente y sufre la tragedia de los dos.

Si un escritor pinta, y eso ha sucedido muchas veces en la historia, o dibuja, va a expresar su misma personalidad. Por eso existe la grafología. Como somos al dibujar una letra, somos en la guerra y en el amor. Hay una unidad en el hombre. Pero los medios son totalmente distintos.

La pintura

Hay objetos, obsesiones, objetos del inconsciente, objetos poéticos que pueden ser expresados mejor en la literatura o mejor en la pintura. Una cosa que a mí siempre me obsesionó es la locura de Van Gogh. Van Gogh escribía muy bien. Yo a Van Gogh lo siento como un poseído. He pintado un “autorretrato” de Van Gogh, pero cambiando sigilosa y perversamente ciertos rasgos de la boca y de los ojos que es donde aparece un Van Gogh de una sensualidad atroz y de espíritu casi criminal. Ese criminal que había en él como también había el hombre que iba a predicar y quizá hasta una especie de santo. Esos seres tan opuestos Van Gogh no podía expresarlos en sus cuadros, un pintor no puede hacer eso. La literatura sí puede hacerlo. ¿Cómo podría haber expresado Dostolevski en pintura el drama de los Karamazov? Al revés, si Van Gogh hubiera escrito novelas o teatro, ficciones, yo creo que se podría haber salvado. Yo no sé que proporción había en su locura de lo que podríamos llamar un elemento orgánico; pero la tensión metafísica que tenían en él ciertos problemas reventaron en su pintura. No podía ir más allá y la pintura no le bastaba.

Hago pintura de caballete. Y algunos cuadros de formato muy chico. La pintura para mí tiene otras posibilidades. Por ejemplo: en una pequeña naturaleza muerta de treinta centímetros por cuarenta se puede llegar a expresar un mundo. Y hablo de grandes y célebres pintores, como Cézanne. En una naturaleza muerta de Cézanne hay todo un mundo. Hay una visión del mundo. La visión del mundo se da hasta en la letra para ir todavía a una cosa más minúscula. Hay obras de Braque de tamaño muy reducido en las que está todo Braque: uno las mira y siente lo que era Braque. En un rostro uno puede poner el patetismo de la tristeza, la soledad. Pero en una naturaleza muerta, ¿qué? Hay dos manzanas, una pera, hay una botella de vino. Y acá volvemos otra vez a lo que tantas veces hemos hablado sobre los temas chicos. No: yo no creo que haya temas chicos. Una vez Borges, hablando de los hermanos Daboye, me comentó una frase estupenda de Luis Daboye, un hombre de mucho talento. El vivía en algo así como Ramos Mejía, que es, como si dijéramos Alcobendas.

Un día Borges le dijo: “Pero Daboye, ¿por qué no sale un poco? Y Daboye le contestó: “No, ¿para qué?, no me siento muy bien. Viviendo en Ramos Mejía puedo tener una visión muy buena de la realidad. Habían gran escritor que decía algo parecido. Tolstoi dijo: “Pinta tu aldea y será universal”.

Un tema modesto

Con el pretexto de un árbol o de una botella de vino o de un candelabro sobre una silla, lo que se está pintando es toda su soledad. Toda su angustia: todo un modo de sentir la existencia. Por eso mismo, no hay temas chicos y grandes. Hay artistas chicos y artistas grandes. “La guerra y la paz”, que es un gran mural, por decirlo así. Pero existen también las obras de teatro de Chejov. Esa cosa tan intrascendente en apariencia, un viejito que lee el diario y dice: “¿Vieron?, acá hay una explosión e Alaska …”, y al mismo tiempo, más allá, la soledad de un hombre o una pareja. Y ahí, en ese ámbito cerrado, y además en un escenario de cuatro metros por cinco, entre tres paredes mágicas, él va desenvolviendo la tragedia del hombre, la tragedia de la existencia humana. No se necesitan grandes temas. La guerra es un gran tema, sí, pero para tomar la guerra hay que tener agallas, dicho sea de paso. Para tomar la guerra en serio, como Tolstoi. Pero se puede tomar un tema casi trivial, muy modesto.

En general, se puede decir que un hombre es triste o alegre, por ejemplo. No quiere decir que el alegre no pase tristeza y que el triste nunca esté contento , eso sería una simplificación grosera de lo que es el alma humana, que está hecha de contradicciones. Yo creo que el hombre es muy contradictorio. Totalmente contradictorio. No tiene que ver con la lógica aristotélica ni con ninguna lógica. Ni siquiera con la lógica dialéctica. Su alma es un total desorden y los personajes que hay en todo ser humano son formas de ese caos. No sólo los escritores o los artistas: en todo ser humano existen estos personajes. El escritor los expresa, tiene la facilidad de expresarlos, pero ¿por qué es leído? El hombre que no puede escribir lee, pero lee lo que le apasiona, lo que de alguna manera siente como propio. Pero volviendo a la pintura.

Búsqueda de opuestos

Ningún hombre es de una sola pieza. Hay una contradicción permanente en el ser humano; la tendencia a ir, como diría Heráclito, hacia lo contrario. El hombre, si está solo, busca la multitud; si es ateo furioso, busca lo sagrado. Es una extraña combinación de antagónicos. Si se toma a un artista a lo largo de toda su vida, se ve cómo esas contradicciones se dan permanentemente. Ni hablemos de Picasso: pensemos en los artistas llamados “clásicos”, que han hecho obras muy barrocas y al mismo tiempo muy severas. Según la época, según el año y hasta el día en que lo hicieron, según el estado de su alma, con perdón de esta palabra grandiosa que a veces resulta inevitable. Yo estaba viendo, hace poco, un libro con la obra de Cézzane, a quien se conoce porque dijo que todo en el fondo son cilindros, triángulos, y que es una especie de padre del cubismo; ahí se ve perfectamente esa búsqueda de opuestos.

Cézzane, precisamente por ser un romántico desaforado, quiso controlar esa violencia patética, y se propuso llegar al extremo de expresar su mundo interior con cuatro manzanas. Tomemos el caso de Braque. El empieza siendo un pintor posimpresionista, pintó cosas que tienen las características de ese gran arco que es el posimpresionismo. Entra en el cubismo y comienza su obra, como todos conocemos, con cuadrados, triángulos, rectángulos. Sin embargo, a pesar de todas esas tentativas, hay un fondo tumultuoso en él: romántico. Como hay un romántico en el fondo de todo artista. Todo arte es esencialmente romántico. Lo primero que mueve al arte, que en eso es como el sueño, es una tendencia oscura e irracional, y eso es el romanticismo.

Es un hermoso ejemplo el de Leonardo. A primera vista, da una apariencia de calma, empezando por la famosa y vapuleada “Gioconda”, y de pronto aparece lo otro, Donatello tiene el desaforado expresionismo de “María Magdalena y los Apóstoles”, y obras de un clasicismo estremecido, un clasicismo íntimamente corroído por la angustia. Como el “San Giovannino”, el San Juan Adolescente. Una estatua pequeña que está en Palazzo Bargello, si no recuerdo mal. Bueno, ahí está todo su expresionismo contenido. Es una cosa trémula: ese gesto, esa mano, la cruz, el modo de mantener la posición. Ahí está el germen, oculto, el otro tumultuoso Donatello, expresivo y patético de “María Magdalena y los Apóstoles”. Braque llega al cubismo y hay un momento en que no lo soporta más. Se harta y comienza a pintar unos paisajes y unas naturalezas muertas escandalosamente expresionistas y románticas. Es decir, va pasando de un extremo a otro. Y eso se ve a lo largo de una vida o a lo largo de un gran cuadro.

Lo metafísico

Hay artes, artes legítimas por otra parte, que se proponen la belleza como fin. Y es perfectamente admisible. Pero pienso, siguiendo el pensamiento de Kierkegaard, que hay jerarquías. Lo metafísico es superior a lo estético.

En el arte que se propone lo bello como objeto hay, siempre un poco la tendencia al placer, un poco al juego y un poco a la belleza por la belleza misma, que no siempre dan obras importantes.

La belleza, para mí, es, como si dijéramos, la verdad del arte. “Lo demás” es lo que se da por añadidura. Pero no quiero discutir esto. Yo quería plantear, de manera un poco brutal, esta cuestión previa para poder llegar a una pregunta.

Creo que si he hecho alguna cosa de cierta importancia, es en la medida en que he hecho algo poético. Para mí, la poesía es la culminación de cualquier arte. Si se es un hombre dramático, se verá el mundo dramáticamente. Yo, por ejemplo, soy por tendencia un hombre dramático. Lo que no tiene nada de agradable. No es un elogio. Y hay gente más optimista y más pesimista. Yo tengo tendencia al pesimismo y a lo dramático. A veces siento una gran necesidad de hacer algo lindo, porque me da un gran gusto, una gran euforia, cuando consigo algo que tenga belleza. Belleza en sí misma, despojada de toda otra cosa. Por eso he explorado esto de las naturalezas muertas. Bueno, ahora pongo acá un jamón, acá unas peras, qué sé yo. Y, por momentos, me sale algo lindo. Pero en cuanto me descuido, todo eso se transforma en una especie de pesadilla. Por ejemplo: de pronto, alguien me dice qué lindo es este trozo, sacándolo del contexto, claro. O qué bello, para emplear la palabra filosóficamente justa. Lo del cuadro del Kafka, por ejemplo, ese fondo azul. Sí, yo sé que es bello, me lo han dicho muchos, pero ahí justamente empieza el problema. Metido en una angustia espantosa está el señor K., delante de un tribunal invisible. Casi es una provocación, si se toma el espectáculo de esa pared, semejante fondo de color turquesa. Turquesa, que, según dicen los pintores, es una cosa que hay que evitar, porque es muy peligrosa. Bueno, ahí hay una disonancia entre la soledad general o el drama del señor K., y esa especie de goce, de hedonismo con el color.

Existe una belleza trágica, que puede ser tenebrosa. La belleza tenebrosa de ciertos sueños, por ejemplo. Lo que pasa es que la palabra belleza es muy proclive a ser frivolizada. Porque lo lindo nunca puede ser trágico o tenebroso. La belleza sí.

*Conferencia que pronunció en El Escorial el discurso de clausura de los cursos de verano de la Universidad Complutense. Fuente: La Nación - 3 y 4/9/93


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