La democracia como proyecto inconcluso
17.03.06 @ 22:03:59. Archivado en Liberalismo, Escritos propios
El gobernante que intentase dirigir a los particulares en cuanto a la forma de emplear sus capitales, no sólo echaría sobre sí el cuidado más innecesario, sino que arrogaría una autoridad que no fuera prudente confiar ni siquiera a Consejo o Senado alguno; autoridad que en ningún lugar sería tan peligrosa como en las manos de un hombre con la locura y la presunción suficientes para imaginarse capaz de ejercerla.
Adam Smith
Si la democracia es un medio de preservar la libertad, la libertad individual es una condición esencial del funcionamiento de la democracia. Aunque probablemente la democracia es la mejor forma de gobierno limitado, degenera en absurdo al transformarse en gobierno ilimitado. Los que sostienen que la democracia es todopoderosa y defienden en bloque lo que la mayoría quiere en cualquier momento dado, trabajan a favor del derrumbamiento democrático.
Friedrich A. Hayek
El tema de este ensayo está reflejado tanto por la cita de Adam Smith como por el capítulo al que hace mención la pregunta por el planteo de Friedrich A. Hayek en el capítulo V de su libro Camino a la Servidumbre: la crítica a la intervención económica del Estado, el conflicto entre la libertad individual y el colectivismo y la degeneración de la democracia cuando se embarca en la planificación económica.
Adam Smith es elocuente en la cita que toma Hayek respecto a las consecuencias nefastas que tendría negar las esferas autónomas de los individuos y los peligros que acarrea para las sociedad civil el hecho de que el gobernante se abrogue el derecho de establecer la ordenación ética de la sociedad de acuerdo a los valores establecidos por el planificador. Como apunta Hayek, los individuos tienen escalas de valores diferentes, mundos valorativos a menudo contradictorio que ningún planificador puede ser tan arrogante y presumido para intentar redactar un plan dirigista de la economía con el objeto de determinar cuáles deberían ser las medidas que deben tomarse en función de un plan de colectivización de la economía.
El punto central entre la cita de Smith y el planteo de Hayek radica en señalar que la planificación económica pone en jaque a la democracia haciendo que ésta ceda progresivamente sus facultades. Hayek señala:
“It may be the unanimously expressed will of the people that its parliament should prepare a comprehensive economic plan, yet neither he people nor its representatives need therefore be able to agree on any particular plan. The inability of democratic assemblies to carry out what it seems to be a clear mandate of the people will inevitably cause dissatisfaction with democratic institutions”.
La preocupación que invade a Hayek se advierte al dar a entender tempranamente que la democracia moderna está sirviendo de vehículo a los valores colectivistas y que su rumbo está lejos de ser aquél que le marcaron los padres del pensamiento liberal en el siglo XVIII, esto es, que ya no es un medio para salvaguardar la paz interna y las libertades individuales. La cuestión decisiva para Hayek es que el sistema democrática ha perdido su horizonte de libertad y que con el tiempo puede convertirse en un sistema tan opresivo como la peor dictadura. La contribución de este planteamiento radica en repensar a la democracia al mismo tiempo que se convierte en un nuevo dogmatismo incuestionable, una especie de fetiche sobre el que está prohibido cuestionarse. Hayek admite en términos estrictos que la planificación de la economía es sólo la última instancia antes que la democracia se torne en un sistema autoritario.
De pensar a la democracia como el sistema de poder limitado y respetuoso de los derechos naturales hemos pasado a una democracia ilimitada donde un gobierno puede hacerlo todo so pretexto de que es mayoritario, en donde la tiranía de la mayoría ha desplazado a aquellas normas y principios que eran el sustrato de la sociedad civil y que determinaban los alcances de nuestra conducta y nuestras tradiciones. Con mucho olfato político Hayek advierte la degeneración de las democracias modernas gobernadas por partidos políticos que sólo responden a los intereses particulares de una minoría. Los políticos, en nombre de la “justicia social”, han hecho de la democracia un esperpento en donde los electores se emborrachan en cada instancia electoral embebidos en el elixir de las promesas de los demagogos legisladores que los han chantajeado una vez más prometiéndoles toda una serie de beneficios y prebendas cuyos costos se repartirán luego entre todos los contribuyentes.
En estas condiciones la opinión pública sólo ve beneficios visibles: lo que no ve, como diría Bastiat, son los costos invisibles del engranaje populista que construyen los políticos con el objetivo de conservar su porción cautiva del electorado. La democracia se ha pervertido en una distribución de favores donde los políticos se definen antes que nada por los intereses que protegen y no por los principios que defienden. Y esto es lo que define la falta de participación política de los ciudadanos, su anemia frente a las cuestiones cívicas ya que los habitantes de las polis están como drogados, dependientes de las dádivas del Estado y nada entusiasmados en recuperar las libertades que les han quitado. No parece exagerado decir que la superioridad del sistema estatista consiste en individualizar las ventajas diseminando los costos.
En el siglo pasado hemos asistido a ver que en el fondo de las democracias occidentales el sustrato ideológico es siempre el mismo: la confianza ciega en el Estado y en sus medios para lograr la prosperidad económica en base a la centralización estatal, la educación pública, la confiscación progresiva mediante impuestos y la redistribución social. En este largo período, que podría comenzar simbólicamente en el mismo año que Hayek publica Camino de Servidumbre, la alternancia de gobiernos determina el cambio de colores políticos pero nunca la abolición de la esclavitud.
El gran mito del siglo XX es la fundamentación del desarrollo económico según la planificación económica. La contribución de Hayek es entender que el mundo obedece a leyes que nosotros no dominamos y que la suma de iniciativas individuales es siempre preferible a la planificación voluntarista de la élite gobernante. El desarrollo económico será el resultado accidental de la coordinación no dirigida de las iniciativas individuales, el resultado de la distribución de millones de actos aislados que se organizan espontáneamente como guiados por una mano invisible que el egoísmo bien entendido. “Los hombres, al igual que las abejas de Mandeville, contribuyen con la suma de sus vicios y sus virtudes a construir un orden colectivo cuyos principios mismos ignoran. Nuestra sociedad moderna es en consecuencia el producto de nuestros actos más que de nuestras decisiones; se desarrolla según leyes que no conocemos”, escribe Guy Sorman, agregando que esas leyes no son “decretos de la Providencia” como creían los liberales clásicos sino que escapan a nuestra razón por ser demasiado complejas para dominarlas científicamente. De ahí que la importancia radical del mercado como el ámbito donde una cantidad infinita de informaciones económicas operan conjuntamente mediante ajustes instantáneos, precisamente operaciones que un planificador gubernamental jamás podría determinar de forma centralizada.
Esta forma de pensar al mercado no absuelve al socialestatismo de ser pensado como una demencia intelectual fruto de un pecado de soberbia frente a la naturaleza de las cosas. Paradójicamente, el socialestatismo crea, en nombre la “justicia social”, el tipo de sociedad más injusta en donde, por un lado, se encuentran aquellos que están sometidos a las leyes de la competencia y que deben poner cada día todos de sí para no ser dejados en el camino por competidores más emprendedores e imaginativos; por otro lado, está la nueva clase, los que viven de las palabras y los discursos, los que mediante retención de una parte del salario de los otros se justifican a sí mismo en nombre del “interés general”.
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Luis Balcarce
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