El Estado mínimo
04.03.06 @ 22:10:06. Archivado en Liberalismo, Escritos ajenos
Por Karl Popper
Yo represento el punto de vista de que en una forma de gobierno democrática lo más importante consiste en que posibilita deponer al gobierno sin derramamiento de sangre, a lo que sigue un nuevo gobierno que toma las riendas. Parece relativamente sin importancia el modo en cómo este derrocamiento se lleva a cabo –o por nuevas elecciones o por las Cámaras- en tanto que la decisión provenga de una mayoría, ya sea por medio de los votantes o sus representantes o, también, por los jueces de un Estado o algún tribunal constitucional. Nada mostró más claramente el carácter democrático de los Estados Unidos que el retiro del presidente Nixon, lo cual fue, de ipso, una destitución.
En un cambio de gobierno, este poder negativo, la amenaza del despido, es lo importante. Un poder positivo para la instalación de un gobierno o de su jefe es, proporcionalmente, un correlato poco importante. Y, en cierto grado, una falsa insistencia en una nueva instalación es peligrosa: el establecimiento del gobierno puede ser interpretado como el otorgamiento de una concesión por parte de los votantes, una legitimación en nombre del pueblo y “por voluntad del pueblo”. Pero ¿qué sabemos nosotros y qué sabe el pueblo qué faltas y hasta qué crímenes podrá cometer mañana el gobierno que ha elegido?
Podemos juzgar, en consecuencia, a un gobierno o una política, y quizá darle nuestra aprobación y volverlo a elegir. En un comienzo puede tener nuestra confianza; pero no sabemos nada, no podemos saber nada, no lo conocemos, y no podemos suponer que no vaya a hacer mal uso de nuestra confianza.
Según la relación de Tucidides, Pericles formuló estos pensamientos de la manera más sencilla: “Si bien solamente unos pocos de entre nosotros están en condiciones de proyectar o llevar a cabo una política, de cualquier modo todos estamos capacitados para juzgarla”.
Tengo para mí que esta concisa formulación es fundamental y desearía reiterarla. Considérese que la idea de un gobierno del pueblo y hasta la idea de una iniciativa por parte del pueblo son rechazadas y reemplazadas por la idea, totalmente distinta, de un juicio por el pueblo. Cito entonces a Pericles una vez más: “Si bien solamente unos pocos de entre nosotros están en condiciones de proyectar o llevar a cabo una política de cualquier modo estamos capacitados para juzgarla”.
¿Pericles o quizá, Tucidides (presumiblemente ambos tenían la misma opinión) fue quien dijo con la mayor brevedad posible por qué el pueblo no puede gobernar, aunque no existieran otras dificultades? Las ideas, sobre todo las nuevas ideas, pueden ser solamente obra de individuos, quizás aclaradas y mejoradas por la coparticipación de algunos pocos más. Y muchos pueden ver después –en especial luego, cuando han vivido las consecuencias a las que estas ideas llevaron- si fueron buenas o no. Y estos juicios, estas decisiones por “sí” o por “no”, pueden ser también realizados por una gran masa de votantes.
Una expresión como “iniciativa popular” es, por ello, equivocadamente y propagandística. La regla es que siempre se trata de una iniciativa de unos pocos, que en el mejor de los casos presentan al pueblo para una apreciación crítica. Y es por ello en tales casos importante asegurar que las medidas propuestas no excedan la competencia del electorado para juzgarlas.
Antes de dejar estas cosas, desearía advertir acerca de un peligro, que surge cuando se enseña al pueblo y a los niños que viven en un gobierno del pueblo algo que no es cierto (y que no puede ser cierto). Como pronto se dan cuenta de ello, no sólo se impacientan, sino que se sienten engañados: nada saben acerca de la tradicional confusión verbal. Esto puede tener malas consecuencias conceptuales y políticas y hasta llevar al terrorismo. En los hechos, me he encontrado con tales casos.
Libertad y límites
Según hemos visto, somos responsables hasta cierto grado respecto del gobierno, aunque no cogobernamos. Pero nuestra corresponsabilidad reclama libertad, muchas libertades; libertad de palabra, libertad de acceso a las informaciones y libertad de proporcionar informaciones, libertad de publicación y muchas otras libertades. Un “plus” de Estado lleva a la falta de libertad. Pero existe también un “plus” de libertad. Hay, lamentablemente, un abuso del poder del Estado. La libertad de palabra y la libertad de publicar pueden ser mal utilizadas. Pueden, por ejemplo, usarse tanto para dar informaciones falsas como para hacer demagogia. Y, de una manera análoga, cualquier limitación de la libertad puede ser impropiamente usada por el Estado.
Necesitamos la libertad para evitar el abuso del poder del Estado, y necesitamos al Estado para evitar el abuso de la libertad.
Este es un problema que evidentemente no puede ser totalmente resuelto jamás de un modo abstracto y principista a través de las leyes. Requiere de una corte jurídica estatal y, más que todo lo otro, de buena voluntad.
Necesitamos este tipo de comprensión, es decir, que este problema no puede ser resuelto por entero o, más precisamente, que sólo puede ser resuelto mediante una dictadura con su omnipotencia estatal, la que, por otra parte, debemos rechazar por razones morales. Debemos conformarnos con soluciones parciales y compromisos, y en nuestra afección por la libertad no debemos ser inducidos a pasar por alto los problemas concernientes a su abuso.
Algunos pensadores
Este problema fue considerado por algunos pensadores antiguos y modernos, quienes buscaban, según la aplicación de principios generales, fundar la necesidad de la fuerza del Estado y determinar sus límites.
Thomas Hobbes sostuvo que, sin Estado, todo hombre es enemigo mortal del prójimo.
(El hombre es el lobo del hombre”; “Homo homini lupus”) y que por eso requerimos un Estado lo más fuerte posible, para poder reprimir el crimen y el uso de la fuerza. Kant vió el problema de una manera completamente distinta. También creía en la necesidad del Estado y en la limitación de la libertad, pero quería reducir esta limitación a un mínimo. Pedía “una Constitución que asegurara las mayores libertades humanas según leyes que hagan que la libertad de cada uno pueda existir juntamente con la del otro”. No quería un Estado más fuerte de lo que es indispensable para asegurar que cada ciudadano tuviera tanta libertad como fuera compatible con la libertad del otro, y que no la limitara más de lo que este último podía limitar la suya propia. Kant veía la irremediable limitación de la libertad como una carga que es consecuencia necesaria de la convivencia entre los hombres.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
Luis Balcarce
autor
Contacto


